LA PERSONA DEL CURA EN LA NOVELA “EL INDIO”, DE GREGORIO LÓPEZ Y FUENTES

Indio que labras con faliga

tierras que de otro dueño son:

¿Ignoras tú que deben tuyas

ser por tu sangre y tu sudor?

¿Ignoras tú que audaz codicia,

siglos atrás te las quitó?

¿Ignoras tú que eres el amo?

-iQuién sabe, señor!

José Santos Chocano

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

1935 es una fecha histórica para las letras mexicanas: ese año fue establecido y se concedió por primera vez el Premio Nacional de Literatura. El autor a quien se otorgó el galardón fue Gregorio López y Fuerites; la obra triunfadora:  El indio.

El narrador premiado en 1935 no era un escritor novel o desconocido; contaba ya con una producción literaria respetable: El vagabundo (1922), El alma del poblacho (1924), Campamento (1931), Tierra (1932) y ¡Mi general! ( 1934 ). Con todo, ninguna de las obras habia logrado aportar a la narrativa mexicana entonces en boga un elemento nuevo y original. Con El indio, en cambio, introdujo en la Novela de la Revolución la problemática indígena, un tema esencialmente vinculado con los objetivos de la lucha armada que estalló en 1910.

“El reconocimiento de que el indio estaba separado de la scciedad fue uno de los efectos del despertar de la Revolución”, dice John S. Brushwood, y subraya el valor testimonial de la novela de Gregorio López y Fuentes: “En la literatura anterior, cuando el indio hacía su aparición, figuraba en una idealización que exaltaba las virtudes del primitivismo y le, daba al indio un número sufficiente de normas ‘blancas’ como para que el bianco lo pudiese aceptar. Esta ficción no podía mantenerse indefinidamente”.[1]

Por su parte, Antonio Magaña-Esquivel, buen conocedor de la Novela de la Revolución, dice de El indio, que “debe considerarse como uno de los primeros libros mexicanos que revelaron al extranjero lo que era México en prcceso de desarrollo y como fruto directo de la Revclución”.[2]

Ese proceso de desarrollo requería la integración de todas las clases en una ùnica sociedad nacional. Para ello era necesario partir del reconocimiento de las injusticias perpetradas largamente contra los indígenas, admitir que se les tenia marginados y promover Ias iniciativas adecuadas para su participación en los destinos del pais.

El fenómeno de una lenta, dramàtica incorporación de Ios indios en la esfera de una convivencia nacional plena, es lo que describe la novela de López y Fuentes a través de los cuadros episódicos que la componen. De ninguna manera presenta esa “incorporación” como un hecho ya consumado; antes bien, parece presagiar el fracaso del indigenismo y termina mostrando una fundada desconfianza por parte de los indios:

“…sólo saben que la gente de razón quiere atacarlos; que en la sierra y en el valle, los odios, en jaurías, se enseñan los dientes; y que el lider goza de buena situación en la ciudad”.[3]

DE QUÉ TRATA LA OBRA

La materia anecdótica de El indio es muy escasa y está distribuida en una serie: de estampas o escenas más o menos breves que presentan aspectos varios de una misma situación: la de una comunidad indígena en la época de la Revolución e inmediatamente después del conflicto.

Hay también un delgado hilo narrativo: tres exploradores llegan a la ranchería llevando consigo un mapa que señala la existencia de oro escondido por esa zona. Dominados por la codicia, atormentan a un joven indígena para que les revele el escondrijo, pero sólo obtienen que la comunidad los persiga y tome venganza de ellos. Cuando las autoridades del pueblo cercano deciden castigar a los indios, nada pueden contra ellos, que han abandonado la ranchería para refugiarse en el monte. Así termina la primera parte de la obra. La segunda da comienzo cuando un emisario de las autoridades propone el regreso de los fugitivos garantizándoles no reclamar ya ningún castigo. La verdadera causa es que se necesitan semaneros que trabajen en los trapiches y gentes que desempeñen a bajo costo faenas arduas. Esa segunda parte abraza mayor número de escenas costumbristas, que son también un intento de penetrar un poco en el ser del indio.

En la tercera: parte se alude a la instalación de los revolucionarios en el pueblo a que pertenece la ranchería. Surge un lider, aparentemente a favor de los indios; al final se revela como un manipulador más de la comunidad indígena, de la que se sirve para sus propios intereses de partido politico, Este último detalle es lo que hace afirmar a un comentarista, que El indio no es, en fin de cuentas, sino “la historia de una gran traición, la de la mentira organizada para explotar y mantener en servidumbre a los indígenas, que fueron en gran parte motor de la revolución.. Para mayor dolor, es uno de ellos mismos, el maestro indio, el que los lleva una vez más a servir como carne de cañon para los intereses de los grupos políticos de la ciudad. Y el mas duro sarcasmo cierra la novela”.[4]

Desde este punto de vista, se intensifica el carácter testimonial de la obra, que se transforma así en una denuncia de la infame traición a una de las metas de la Revoiución Mexicana, a pesar de las momentáneas esperanzas despertadas en el ánimo de los indios.

Otra nota peculiar en esta obra de López y Fuentes es que sus personajes no poseen nombre propio: se alude a cada uno de ellos por su ocupación, por su función social o por sus rasgos fisicos. Nunca por su nombre individual. Este recurso, que produce el efecto de una caracterización de grupo, es una técnica que el novelista ya había ensayado en dos libros precedentes: Campamento y ¡Mi general! En la primera de esas dos obras encontramos incluso una explicación del recurso al anonimato de los personajes para poner de relieve la presencia del pueblo, la masa popular y sus problemas como categoria social. Oímos al coronel que dice : “No hacen falta nombres. Los nombres, al menos en la Revolución, no hacen falta para nada. Sería lo mismo que intentar poner nombre a las olas de un rio, y somos algo asi como un río muy caudaloso… ¿Para qué son los nombres? No importa el nombre del general. No importa el nombre del soldado. Somos la masa que no necesita nombres ni para la hora de la paga, ni para la hora de la comida; vaya ni para la hora de la muerte…”

LA TESIS INDIGENISTA DE LÓPEZ Y FUENTES

No obstante el trasfondo amargo de El indio y su carácter de denuncia, muy marcado en la parte final de la obra, en ella encontramos también la tesis indigenista de Gregorio López y Fuentes. La percibimos desde la primera parte de la novela, en las palabras de un profesor que —en contra de las ideas del presidente municipal, que considera a los indios salvajes y dignos de ser exterminados—, opina que la causa remota e inmediata de la tradicional desconfianza de los indígenas es la explotación sistemática a que han sido sometidos, y se declara seguro de que podrán ser incorporados al progreso nacional cuando se les beneficie sinceramente sin traicionarIos en ninguna forma:

—”Mi teoría radica en eso precisamente, en reintegrarles la confianza. ¿Cómo? A fuerza de obras benéficas, pues, por fortuna, el indio es agradecido; tratàndolos de distinta manera; atrayéndolos con una protección efectiva y no con la que sólo ha tenido por mira conservarlos para sacarles el sudor, como cuidamos al caballo que nos carga; y, para ello, nada como las vías de comunicación, pero no las que van de ciudad a ciudad, por el valle, sino las que enlacen las rancherias; las carreteras enseñan el idioma, mejor que la escuela; después el maestro, pero el maestro que conozca las costumbres y el sentir del indio, no el que venga a enseñar como si enseñara a los blancos. Con ello labrarán mejor la tierra, la que ya tienen, o la que se les de” (p. 31).

En lo que sigue de la narración nos damos cuenta que las ideas del profesor no tuivieron eco, y que continuó la obra de explotación y de traición a la causa de los indígenas, tanto de parte de las autoridades civiles como de las eclesiásticas…

EL PAPEL DEL CURA

La persona del sacerdote es mencionada muy pocas veces en El indio, pero son suficientes esas pocas referencias para mostrar que López y Fuentes sitúa al cura en la fila de los explotadores. La primera vez que nos topamos con la presencia del sacerdote, lo hallamos en una de sus anuales visitas a la ranchería, casi como un elemento más de la feria que se describe en el capitulo correspondiente: “Mùsica, danza y alcohol”. Se advierte una gran disposición de los indios ante el fenómeno religioso, en contraste con un evidente abandono pastoral por parte del sacerdote. “Más que por la danza, frente a la casa se aglomeraba la multitud porque el cura había comenzado a oficiar. Sólo cada año visitaba la ranchería y eran muchos los padres que deseaban bautizar a sus hijos y muchos los jóvenes deseosos de contraer matrimonio” (p. 56).

Volvemos a encontrar al cura en la última parte de la obra, en una actitud muy inoportuna, requiriendo la construcción de un tempio cuando los indios ya han sido embaucados para trabajar en la construcción de una carretera (que, por cierto, en nada los beneficiará, pues no va a cruzar por la ranchería).

“Cuando estaban preparándose los trabajos de la carretera, surgió una grave dificultad para la ranchería, al igual que para otras de la comarca. El cura, recorría la sierra aconsejando que los naturales procedieran a levantar iglesias, pues que la pasada epidemia de viruelas habia sido precisamente por su impiedad, como un castigo.

“El cura no habló de la carretera. Era asunto que a él no le interesaba. Lo que dijo fue que los trabajos para levantar la iglesia deberian comenzar cuanto antes, porque, de aplazarse, quién sabe qué otra desgracia llovería sobre los naturales” (p. 101).

Los viejos se reúnen para discutir el problema y, presionados por un doble temor, optan por una solución extrema: la comunidad trabajará dos días para la autoridad y dos dias para… la otra autoridad. Cuatro días sin descanso y sin salario, a la semana” (p. 101).

En situaciones inhumanas, ponen manos a la obra, aunque no dejaban de preguntarse “¡còmo se le habia ocurrido al señor cura la construcción de la iglesia cuando  estaban tan atareados con la construcción de la carretera!” (p. 104).

“Pero lo mas curioso era que el señor cura, una vez que dejó tirados los hilos para la construcción, se marchó sin ocuparse mas de la obra, como si tan sólo hubiera querido distraerlos de los trabajos encomendados por la autoridad” (p. 105).

La tercera y última intervención del cura en esta novela, tiene lugar inmediatamente después de que los naturales han terminado su fatigosa participación en los trabajos de la carretera y acaban de recibir la orden de colaborar en la construcción de una escuela.

“Apenas iniciada la obra, otra disposición vino a entorpecer los trabajos y a retardar la terminación del local: el cura habia recorrido todas las rancherías de su jurisdicción, diciendo que no podía seguir tolerando que el tiempo pasara sin cubrir una deuda, una deuda sagrada contraida por él a nombre de sus fieles.

“Les había explicado que, cuando la pasada epidemia estaba en su apogeo, él hizo la promesa de que todos los supervivientes irían en peregrinación a dar gracias a un santo milagroso, al que los encomendara pidiendo el alivio. Los naturales —les dijo— ignoraban aquella plegaria dirigida por él, a la que sin duda alguna se debió que las viruelas no acabaran completamente con ellos. Se los hacia saber deseoso de que se pagara la deuda, porque de lo contrario nada difícil sería que al repetirse la epidemia el santo ya no le prestara oídos” (p. 106).

El cumplimiento de tan absurda manda ocupa todo un capítulo (“Los peregrinos”), que llega a ser grotesco por el relieve de arrogante ignorancia y notoria ambición que asume el sacerdote. Léanlo directamente los interesados. Me limito a transcribir el último párrafo, cruel en su concentrado simbolismo:

“A cambio del dinero y de los presentes entregados, los naturales recibieron reliquias que se colgaron a los cuellos quemados por un sol que apareció más allá del éxodo, culminó en los días coloniales y aún sigue quemando. Por la noche, la tribú durmió en el atrio, como un rebaño” (p. 109).

CONSIDERACIÓN FINAL

Sobre todo para quienes han leído la obra, resulta claro que son muchos los prejuicios y es muy marcado el furor anticlerical de Gregorio López y Fuentes. Tampoco hace falta insistir en los numerosos detalles que hacen manifiesta la escasez de conocimientos del autor en materia religiosa y en cuanto a la conducta pastoral de los sacerdotes. Ciertamente estos límites le roban mérito a la obra, pues aquí la figura del cura es presentada con perfiles más propios de una caricatura grotesca que de un personaje bien trazado. Con todo, es preciso admitir que aun parodias sacerdotales  como la que encontramos en El indio de López y Fuentes tienen un parcial fondamento en errores individuales que la historia ha registrado y que reclaman una total superación

Hay aquí como una voz de alarma para que el sacerdote se empeñe en vivir con ejemplaridad su misión de servicio a los hermanos, a partir de Ios más menesterosos.

Tanto en la narrativa mexicana como en la novela de otros países, las figuras eclesiásticas más admirables son de sacerdotes fervientes, muy comprometidos con el pueblo. La imagen que hoy proyecten los sacerdotes, de algún modo emergerá en las novelas que leerá mañana nuestra gente.


[1] Brushwood, J.S. México en su novela. Una nación en busca de su identidad, F.C.E., México, 1973, p. 367.

[2] Magana-Esquivel, Antonio, La novela de la revolución, Ed. Porrúa, México, 1974, p. 175.

[3] Lopez y Fuentes, Gregorio, El indio. Novela mexicana. Premio Nacional de Literatura 1935. Ed. Porrúa, México, 1972, p. 123. Otras citas textuales de la novela que se emplean en este trabajo, corresponden a esta misma edición.

[4] Castellanos, Luis Arturo, “La novela de la Revolución Mexicana”, en Cuadernos Hispanoamericanos Voi. 62, Madrid, 1905, pp. 141-142.

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Published in: on 10 junio, 2010 at 3:02  Comments (1)  

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