LOS SACERDOTES EN LA NOVELA “AL FILO DEL AGUA” DE AGUSTÍN YÁÑEZ [Segunda parte]

EL PADRE CHEMITA, O LA EXPERIENCIA TRAGICA DEL ANGELISMO

“Una religión triste, una ascética equivocada y heterodoxa que proscribe la alegría, la naturaleza tal como Dios la hizo. Una atmósfera de sexo, creada a fuerza de querer reprimirla, hasta en sus fines lícitos… ¿Dónde fue a buscar esos curas Agustín Yáñez, como el párroco o el padre Chemita, de corazón jansenista, calvinista o lo que sea, pero no católico? Y si encontró algo, hiperboliza…”

Con estas palabras, Valenzuale Rodarte[1] expresa su desacuerdo con al menos dos de los personajes de Al filo del agua: el señor cura Martínez, del que ya nos ocupamos, y el padre Chemita, de quién hablaremos en seguida.

Absolutamente novelesco, en el mal sentido de la palabra, el padre José María Islas se presenta como un caso patológico, expresión de una corriente espiritualista tan equivocada que se diría imposible… pero que se registra alguna vez, aunque no con los extremismos que vemos en el padre Chemita. Me refiero al angelismo, postura ascética deforme que menosprecia los valores naturales de la persona, y aun profesa horror al cuerpo y a los sentidos, considerando únicamente su inclinación al pecado.

Oigamos una frase cualquiera del padre Islas y nos daremos cuenta de su aberrante obsesión:

“– No es la miseria económica, ni siquiera el peligro de las ideas religiosas lo que amenaza de muerte a la vida espiritual del pueblo. Es la sensualidad creciente –y cínica ya en algunos casos– lo que debemos combatir sin cuartel…” (p. 173). Tal es la advertencia que lleva ante el señor cura, con carácter de urgente, alarmado por las ligerezas de la viuda Victoria.

¿Quién es este padre Chemita tan angustiado por los pecados que se pueden cometer contra el sexto y noveno mandamientos? Agustín Yáñez lo describe detalladamente en el capítulo once de su novela. Desde su mismo título (“El Padre Director”), ese capítulo está dedicado al padre José María Islas, ministro de la parroquia y director de la Asociación de las Hijas de María Inmaculada. Notamos inmediatamente que este último cargo es el que le confiere esa “poderosa influencia que lo hace respetable y temible aun a sus malquerientes” (p. 217).

Su personalidad exterior contrasta con su poder de influencia: su figura estilizada y seca muestra en la cara las señales de una permanente tansión interior: párpados y labios que tiemblan, quijadas que se mueven nerviosamente, exaltamiento de una vena a mitad de la frente… Su voz chillona es de escaso volumen y no hay en su rostro asomo de cordialidad. En suma, una figura deplorable. Sin embargo, sus devotas le reconocen encantos sobrehumanos: califican la santidad del “Padre Director” como indiscutible y le atribuyen, con desenfreno de la fantasía, mil y un profigios que luego divulgan por el pueblo. Credulidad o escepticismo frente a tales visiones, todo contribuye a que aumente la fama del padre Chemita… y a que se acreciente también su oculta soberbia, pues ésta es, en el fondo, la culpa del padre Islas.

No destella en este sacerdote el fulgor de la caridad; lo que en él impera es la rigidez de la exigencia. Sus estados de misantropía espiritualista llegan a ser alarmantes aun para el párroco.

“A excepción del párroco, apenas si saluda a sus compañeros de ministerio y extrema distancia con el ‘tolerante’ y ‘modernista’ padre Reyes, y con el padre Rosas, más atento éste a sus negocios que a la salvación de las almas” (pp. 228-229).

Por ningún motivo recibe dádivas, ni en dinero ni en alimentos, y sus compras son tan miserables que apenas se puede creer que con ello vivan él y las dos tías (viejecitas y sordas) que le hacen la casa… Esta frugalidad impresiona la fantasía popular, y más todavía su obsesión contra todo lo sexual. La postura del padre Islas a este respecto es tan radical que alcanza extremos de ridiculez. Es notoria, por ejemplo, su poca simpatía por la figura de San José, que considera estorbosa junto al halo radiante de la Inmaculada. Le molesta la tradición de las “Posadas” y del “Nacimiento”, y evita tocar temas como el del noviazgo y el del matrimonio.

El señor cura ve las consecuencias que provoca la tirantez del padre Chemita, pero no es capaz de analizarlas objetivamente, porque también en él influye la equivocada mentalidad de ese sacerdote al que tiene por virtuosísimo; se limita a tildarlo de escrupuloso y se consuela pensando: “después de todo, el escrúpulo acrisola la vida parroquial y es un perpetuo toque de alarma, que hasta ahora nos ha sido útil: ¡con que no agoste la virtud de la esperanza!” (p. 218).

Demasiado tarde el señor cura reconocerá en toda su gravedad las consecuencias del clima impuesto por su colaborador en la guía de las almas. En el mismo padre Islas se mostrarán los fatales resultados de una falsa ascética. Acababa de consumir el cáliz y todavía no daba muestras de extender la mano para que le sirvieran las abluciones, cuando prorrumpió en alaridos espantosos, cayó entre convulsiones y fue imposible sujetarlo; se mordía la lengua, se llenó la cara de espumarajos, se abotagó y sus gemidos parecían cosa del otro mundo, pavorosos, mientras las manos estremecidas y fuertes trataban de hacer daño; muchos fieles corrieron, otros al acercarse no pudieron resistir el espectáculo de la lengua retorcida, de los ojos en agonía, del espumarajo, de los gritos inauditos…” (pp. 343-344).

Tras el ataque, vino la parálisis y como el enfermo se negaba a salir del pueblo, fue necesario que la Mitra se lo mandara, ofreciendo pagar los gastos de su curación en Guadalajara.

“Pocos vecinos fueron a despedirse. Faltaron muchas Hijas de María. El ataque había matado la fe popular en la santidad del padre director. No se recataron miradas de satisfacción por la salida del enfermo. Mas el grupo adicto guardó fidelidad. Treinta mujeres enlutadas que plañían fueron a pie junto a la parihuela, cruzaron el río, caminaron media hora, echáronse al suelo para recibir la postrera bendición y regresaron llorosas. La pública indiferencia las irritaba” (p. 360).

Esta pública indiferencia no era más que el reflejo de una intuición colectiva que con mucha anterioridad había dado su fallo al calificar así al padre Chemita: “presbítero solitario que a cada paso siente amagos de un demonio tal vez ya dentro de él y contra el cual se retuerce y no se harta de clamar” (p. 234).

EL PADRE REYES, O EL SENTIDO DEL MINISTERIO

Vicario en Zapotlán el Grande, el padre Abundio Reyes despertó  pronto la suspicacia y después aversión de su primer cura, quien lo consideró revolucionario e imprudente e hizo que lo removieran de su lado. “Con dedicatoria especial” llegó, pues, a las órdenes del padre Martínez, el párroco de nuestra novela. Hay que decir que éste lo recibió con benevolencia y supo tratarlo con suficiente tacto, aun en contra de sus propias tendencias rigoristas. El padre Reyes, por su parte, sin dejar que su primera experiencia lo hundiera en la pasividad, procuró usar en adelante mayor cautela y sensatez. Esto, unido a su natural don de gentes, le ganó la simpatía de casi todo el pueblo, incluido su nuevo párroco; tanto es así que, cuando se pretendió trasladarlo a Lagos, el señor cura y varios vecinos fueron hasta Guadalajara para obtener que se renovara la orden.

La fama de “alocado” que tiene el padre Abundio, la viene arrastrando desde sus años de seminarista. Es una fama gratuita. Lo único cierto es que posee bríos juveniles y madera de líder. En realidad es conciliador y muy humano. Sus palabras son eficaces, lo mismo cuando se trata de mover a los indiferentes, como en aquellas ocasiones en que se requiere templar excesos. Por ejemplo, ante las extravagancias que acostumbra hacer Luis Gonzaga Pérez cada Semana Santa, el padre Abundio interviene “para que la imaginación del muchacho no se desmande” (p. 83). A este mismo ex-seminarista, le advierte con franqueza: “tu eres un católico a lo Chateaubriand; de la religión te gusta lo externo, que halague los sentidos. Apuesto que aspirabas al sacerdocio para lucir los ornamentos, para que te besaran la mano, etc. Hiciste bien destripando” (p. 119).

Estas palabras ponen de manifiesto que el padre Abundio busca lo esencial de las cosas y no se conforma con las apariencias ni se deja engañar por ellas. Al mismo tiempo, procura tener los pies apoyados en la realidad en que vive; es, por lo tanto, el menos propenso a creer en los infundios que tan fácilmente se propagan en los ambientes populares.

Un jueves santo, cuando circula la falsa alarma de que el Gobierno ha enviado tropas para impedir que haya en el pueblo manifestaciones religiosas, es él quien sale al encuentro de las imaginarias tropas, acompañandose sólo por una comisión de cuatro vecinos; más que un acto de valentía, fue una prueba de sensatez inspirada por la íntima convicción de que aquellas voces no podrían ser ciertas. En otra ocasión, cuando el pueblo se está dejando llevar por el pánico ante la supuesta aparición del comenta Halley, calma los ánimos azorados demostándoles a las gentes que aquello no es sino el lucero de la tarde. Después del parricidio cometido por Damián, acompaña al criminal hasta dejarlo en Teocaltiche; de ese modo logra evitar un linchamiento por parte del pueblo. Más tarde, cuando la indignación popular se levanta contra María, porque ésta ha defendido al asesino, obtiene que la población se recoja temprano en sus respectivas casas.

En contraste con la actitud general que mira con malos ojos a los braceros que regresan del Norte, el padre Reyes se aproxima a ellos, les manifiesta confianza y escucha con atención sus observaciones acerca del atraso, injusticia y cerrazón en que está viviendo el pueblo. Un amplio análisis de esto lo escuchamos de boca de uno de los “norteños” (pp. 152-154) y es suficiente para explicar la resolución del padre Reyes de organizar a los repatriados y comenzar con ellos una tarea de reforma social que juzga indispensable. Circunstancias adversas echan por tierra sus intentos de formar una liga religioso-social entre los norteños; pero él no desmaya y pronto vuelve a la carga planteándole al señor cura la urgencia de una organización sobre bases económicas, “por ejemplo, una caja refaccionaria pra agricultores y aun para artesanos, una cooperativa de producción y consumo, un seguro de vida” (p. 172). Ha comprendido que la usura y la explotación constituyen el mayor mal social de la comarca, y se ha convencido también de que el sacerdote está obligado a cooperar, con su experiencia y autoridad moral, en las reformas sociales exigidas por los tiempos.

Pero estas convicciones y esta participación no apartan al padre Reyes de sus tareas estrictamente religiosas; antes  bien, conociendo el rigorismo a que propenden el señor cura y el padre Islas, procura neutralizar los efectos de esa rigidez poniendo en su propio ministerio una nota de alegría, frescura y renovación. Es la nota que distingue su trabajo en la obra de catequesis infantil y en la animación de los jóvenes, con quienes organiza el coro parroquial, y ya tiene planes para “aerear un poco el alma de las mujeres” (p. 219). En breve, sabe que el ministerio es un servicio y que este servicio nace del amor y tiene que ser, por lo tanto, jubiloso y liberador: “¡Qué diera por desatar en risas la tristeza del poblado y romper las costumbres del aislamiento y proponer a la religiosidad un ritmo alegre!” (p. 219).

Con la figura del padre Reyes, Agustín Yáñez adelantó una imagen del sacerdote que hoy se considera la más genuina, a partir sobre todo del impulso renovador dado a la Iglesia con el Concilio Vaticano II:

  • La imagen del sacerdote que es anuncio y praxis de liberación, cuyo principio y fin es Cristo Resucitado.
  • La imagen del sacerdote que devuelve a la existencia humana el sentido de la esperanza.
  • La imagen del sacerdote que es, primordialmente, administrador de la Gracia, mas no por eso insensible a las realidades humanas; antes bien, promotor de una liberación integral de la persona.

OTRAS FIGURAS SACERDOTALES EN LA NOVELA

Hay otras figuras sacerdotales en la novela de Yáñez, pero son muy secundarias en la trama y desarrollo de Al filo del agua. Haremos, no obstante, una rápida mención de las mismas. Veamos, por ejemplo, cómo nos presenta el juicio del señor cura Martínez acerca de algunos de sus propios colaboradores.

Han terminado los Ejercicios de Encierro narrados en el tercer capítulo de la novela. Ha caído la noche, pero ésta no rinde con su cansancio al señor cura, “quien después de cenar vuelve al confesionario, termina con los demandantes, reza la última parte del oficio y del rosario, viene a su cuarto, se postra, se disciplina…” (p. 69). Comienza entonces una interminable plegaria, impetrando gracias por esta o aquella intención, por tales y cuales personas, por sus fieles en general, por las mujeres, por los adolescentes, por los niños. Por sus ministros, “para que se conserven puros y celosos: el Padre Reyes (con los peligros de su juventud y carácter), el Padre Vidriales (con sus arrebatos), el Padre Meza (con sus rutinas), el Padre Rosas (con su poca diligencia), el Padre Ortega (con su timidez). La propia flaqueza e ineptitud es el morivo final de la meditación y ruegos del párroco” (p. 69). Estas ideas que el padre Martínez se ha hecho de sus vicarios parecen tener fundamento en la realidad, según lo que leemos en varios episodios menores de la novela.

Del padre Rosas, sabemos que –a juicio del padre Islas– vive “más atento a sus negocios que a la salvación de las almas”. Es claro que el famoso “Padre Director” no le tiene ninguna estima; él, por su parte, tiene al padre Islas como principal objeto de sus bromas: le ha puesto el apodo de “San Chemita, virgen y mártir” y le atribuye todo género de extravagancias para poderse reír a sus costillas.

El conformista padre Meza y el envidioso Vidriales son personas detestables; como casi todos los mediocres, son murmuradores permanentes (léanse las páginas 154-156). Del padre Ortega sólo conocemos el calificativo de tímido que le da el señor cura.

Hemos querido terminar nuestro recorrido por Al filo del agua con la mención de algunas figuras secundarias, para poner en evidencia la variedad de matices con que Yáñez maneja la figura del sacerdote. Bien sabe el narrador jalisciense que, por excelso que sea el don del sacerdocio ministerial, está sujeto a la condición humana y se ve supeditado al mayor o menor grado de fidelidad con que lo vive cada uno de los ministros.


[1] Alberto Valenzuela Rodarte: Historia de la Literatura en México e Hispanoamérica, Ed. Jus, México 1967, p. 257.

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Published in: on 7 junio, 2010 at 3:01  Comments (1)  

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One CommentDeja un comentario

  1. me parece muy bueno este trabajo, ya que habla muy bien de autor que analizó cuidadosamente la novela “Al filo del agua”, esta novela es muy buena ya que en ella podemos analizarla desde varias perpectivas. ademas un analisis como este del papel que juega el padre o los padres en el pueblo son importantes ya que se dejan influenciar los habitantes del pueblo por el cura o tal vez sea por ignorancia de la sociedad. espero tan bien leer mas de estos temas en esta página. felicidades al autor por este pequeño análisis.


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