LOS SACERDOTES EN LA NOVELA “AL FILO DEL AGUA”, DE AGUSTÍN YÁÑEZ [Primera parte]

ACTO PREPARATORIO

La lectura de esta novela equivale a sumergirse deliberadamente en una atmósfera de opresión, en un ambiente regido por el peso de tradiciones sociales y religiosas que muestran apariencia de estaticismo, debajo de la cual proliferan las úlceras de frutos marchitos que se van volviendo siempre menos clandestinos, en demanda de cambios y aires de renovación.

Los episodios de Al filo del agua[1] suceden entre la cuaresma de 1909 y el mes de noviembre del siguiente año, fecha en que estalló la Revolución Mexicana. El pueblo cuya radiografía espiritual se nos da a conocer es un lugar anónimo del Estado de Jalisco, “un luegar del Arzobispado”, donde se vive bajo “el antiguo régimen”, según indica una nota introductoria escrita por el propio Yáñez.

Ese “antiguo régimen” a que alude el novelista jalisciense tiene a los sacerdotes como árbitros principales. La religiosidad tradicional es el elemento de mayor influjo en las costrumbres, ya sea para bien, ya sean para mal, y esto último es lo que más acentúa la novela, a partir del “Acto Preparatorio” con que da comienzo.

Las doce páginas del “Acto Preparatorio” están preñadas de alusiones religiosas, todas ellas sombrías, revelando que la vida del pueblo trascurre sin brillo ni alegría como en un permanente oficio de tinieblas. Solemnidad para los entierros; vergonzoso apresuramiento para los matrimonios: celebrados a oscuras, en las primeras horas de la madrugada. El miedo y los deseos reprimidos ocupan el sitio de la libertad y el júbilo. Pueblo de mujeres enlutadas: palidez en los rostros, oscuridad en los vestidos. Pueblo de templadas voces, de anhelos amordazados. Pueblo de campanas que rigen con severa precisión la monotonía colectiva y reservan sus mejores acordes para tocar a duelo. Pueblo hermético, temeroso, alienado.

“La voz narrativa comienza mostrando al lector el vivir de la comarca, bajo una visión panorámica del conujunto, y la hace sentir desde su apariencia externa. Es la base fundamental desde la cual contemplamos la parte ambiental, pero esa base no se percibe, en un comienzo, al mismo nivel del pueblo; la visión es panorámica. Lentamente Yáñez se enfrenta hacia una gradación descendente hasta llegar al nivel pueblerino”.[2]

Frases y rasgos del “Acto Preparatorio” se repetirán a lo largo de los 16 capítulos de la novela, confirmando el carácter de obertura que la crítica reconoce en esa peculiar modalidad que escogió el escritor para introducirnos en su relato-análisis.

Al calificar como “relato-análisis” esta novela de Yagustín Yáñez, no pretendo empañar los méritos del narrador, sino señalar una de sus características, tal vez la más valiosa. Acertadamente comenta Joseph Sommers: “Yáñez es el primer mexicano que aplica los principios freudianos a la novela. Él introdujo el monólogo interior, incorporó los sueños a la fibra de la narración, trató más plenamente las motivaciones sexuales, examinó el papel del subconsciente y exploró la represión, la expresión, el simoblismo y la sublimación. En cada uno de sus personajes importantes, el entrecruzamiento del mundo consciente y subconsciente determina la significación última dentro de la novela”.[3]

EL PADRE MARTÍNEZ, O EL FRACASO DEL PATERNALISMO

Se ha dicho que el ambiente mismo del pueblo es el personaje principal de Al filo del agua. Sí lo es, como protagonista colectivo. Pero, si pensamos en individualidades concretas, el papel más importante lo cumple el presbítero Dionisio María Martínez, cura del pueblo. Es el primer responsable de aquel ambiente. Su culpa mayor es un paternalismo sacerdotal de tipo rigorista. La íntima convicción de haber recibido en sus manos los destinos eternos de sus feligreses, lo ha vuelto suspicaz y exigente, obsesionado por la idea de ahuyentar cualquier peligro espiritual y de borrar todo pecado. Es un pastor de almas que vive a la defensiva de su grey, con la espada de la intransigencia desenvainada; riguroso consigo mismo y con los demás. Un cura que practica el maquiavelismo ascético: el fin justifica los medios y, si el objetivo es la salvaguardia de la virtud, no importa si pasa por encima de la libertad individual, si proscribe las alegrías y ve con malos ojos las legítimas satisfacciones de la existencia humana…

“El confesionario es el centro de sus activiades, el punto desde donde dirige la vida –las vidas– de la comarca” (p. 42). Recurre también a actitudes de investigador (“Hoy he comenzado a trabajar en el descubirmiento de esas novelas” p. 70). Toda alteración del orden establecido, la ve como una amenaza contra sus fieles, a los que vigila con la suspicacia de un papá celoso. Acostumbra cada noche dar una vuelta por el poblado, y aun en medio de la postración física, “no hace sino preguntar qué pasa en el pueblo, quiénes llegan, quiénes salen, quiénes están enfermos, quiénes alborotan, quiénes dejan de comulgar” (p. 62). De buena gana pondría una muralla alrededor del pueblo, su pueblo, el campo de su exclusiva competencia. “¿Qué forasteros vendrán este año a sembrar inquietudes durante los días santos? – el señor cura se derrumba en esta preocupación, sobre la que desfila el recuerdo de otros años y los trabajos que le cuesta –en meses– podar la cizaña de unos días” (p. 84).

En sus largas horas dedicadas al ejercicio de la piedad individual no abundan los minutos de auténtica meditación, y esto hace más explicable que, a pesar de su indiscutible rectitud de intenciones, el anciano cura no haya comprendido verdades tan radicales como las siguientes:

A – El paternalismo es crueldad

Eso puede afirmarse de todo paternalismo ya sea que se manifieste como tiranía afectiva ya sea que se revele como vigilancia extremada. Y don Dionisio María Martínez es cruel, acaso sin saberlo, en contra de su voluntad.

Es cruel con la colectividad, a la cual veda las manifestaciones esponsáneas del regocijo popular, manteniendo la idea de que son profanidades y motivos de disipación. No quiere ni que el pueblo participe en la peregrinación de la Arquidiócesis a la Villa, y así, año tras año, se guarda la circular sin mencionar siquiera el argumento. Hasta el adorno de los “Monumentos” del Jueves Santo le despierta sospechas, haciéndolo cavilar: “Paganismo de la sensualidad que busca el adorno de los altares” (p. 105).

Es cruel con los individuos, mayormente con las personas a él más allegadas, como se percibe en su dureza con Gabriel y con sus propias sobrinas María y Marta. Los tres fueron recibidos en el curato desde que eran pequeños. Crecieron al amparo del sacerdote, casi como hijos suyo. Pero él nunca les manifestó más cariño que vigilancia. Jamás permitió que Gabriel familiarizara limpiamente con Marta y María, y cuando una intrusa –Victoria– despertó en el muchacho la sed de ternura, el sacerdote reaccionó con acritud privándolo de su oficio de campanero. A sus dos sobrinas, nunca les permitió salir del pueblo ni les dejó libertad para entablar amistades; puras prohibiciones y obstáculos. Su mayor acto de crueldad con relación a sus allegados consiste en su silencio cuando Gabriel le manifiesta, por carta, que es María y no Victoria a quien ama realmente; en vano solicita la mediación del cura, que se mantiene terco en su silencio y nada comunica a su sobrina. Esta omisión culpable ocasionará la desesperada ruina de Gabriel y, más tarde, la escandalosa fuga de María, que se adhiere a un bando revolucionario. Este nefasto celo de don Dionisio tiene parcial explicación en sus propias experiencias infantiles; el narrador advierte: “Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal ortandad –siempre se sintió niño junto a su madre– …” (p. 71).

Es cruel con su propia persona. Obsesionado por la idea de la omnipresencia de la culpa, el Padre Martínez se considera a sí mismo como sujeto y objeto de expiación. A su régimen de vida, de suyo agobiante, añade la diaria pentencia de flagelaciones despiadadas y el empleo del cilicio. Coherente con su propio rigorismo, evita todo lo que considera debilidad o peligro, sin permitir siquiera que afloren sus más legítimos sentimientos. “La violencia con que trata de disimular el cariño que les tiene (a sus sobrinas) es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ella el anciano?” (p. 73). Esta violencia contra sí mismo es producto de una mentalidad maniquea que exalta lo espiritual y reprime lo que atañe al cuerpo. Por eso las más agudas preocupaciones pastorales del Padre Martínez se refieren a los pecados carnales que pueden comenterse en el pueblo, y así se constata que en los Ejercicios de Encierro que organiza anualmente, “la especialidad del señor cura es la execración del vicio lujurioso, para que cada uno de los ejercitantes mire su retrato y miseria; irresistible también es la manera con que predica sobre las penas del infierno, ayudándose con azufre y brea, cuyo hedor llena la capilla esa noche” (p. 65).

B – El paternalismo nace del orgullo y la desconfianza

El propio orgullo y la desconfianza en los demás son las raíces profundas del paternalismo, tanto del que asume las formas de un control rigorista (lo más habitual en Dion Dionisio), como del que se manifiesta con apariencias de blandura.

Hay en este párroco un trasfondo de soberbia, no disuelto ni por sus flagelaciones ni por su constante reconocimiento de flaqueza; un sutil orgullo porque se sabe al centro de la vida del pueblo, capaz de influir en los destinos individuales, llamado a intentarlo con todos los medios… “Algunas veces quisiera don Dionisio saber el fin de éste y el otro, quisiera conocer por anticipado el desenlace de conflictos que lo preocupan, la resolución de pasiones, la fortuna de virtudes: precipitar el rodado de las canincas. Instantáneamente abjura de esta temeridad, contra la Providencia; le toca sólo a él influir en el ejercicio del albedrío” (p. 163).

Su mayor satisfacción es convencer a los reacios y duros, y es en tales casos cuando utiliza el recurso de la blandura y el sentimiento. Al parricida Damián Limón lo visita en la cárcel, en busca de su conquista espiritual. El preso no le da oídos; al contrario, lo acusa de ser el culpable del aire irrespirable que hay en el pueblo. El sacerdote continúa su asedio:

“–¿Cómo piensas eso? Yo quiero ser ahora tu padre; lo quise ser contra tu voluntad, por designio de Dios, y si hay alguien que sienta lo ocurrido, ten por seguro que si se puediera, yo cambiaría las cosas” (p. 272).

La intentona fracasa y la conciencia de inutilidad sume al cura en la postración interior: “Pobre de ti, pastor lleno de flaquezas, pobre de ti; las ovejas que se te confiaron van descarriadas; los lobos aúllan por todas partes; una solo que se te pierda –¡cuántas ya se te habrán perdido!–  ¿qué cuentas vas a darle al Señor” (p. 272). Paradójicamente, hasta este soliloquio de su derrota es un testimonio de su oculta soberbia.

C – El paternalismo es autodestructor

El aprente estaticismo denunciado desde el “Acto Preparatorio” como distintivo del pueblo es, en realidad, una frágil e inconsistente capa que va resquebrajándose, desmoronándose ante la sacudida con que se anuncian los tiempos nuevos. También el régimen pastoral mantenido por don Dionisio reclama urgentemente aires de renovación. Desde el primer tercio de la obra, el novelista expresa tal urgencia, en una interesante práfrasis de los “Improperios” del Viernes Santo, en boca del exaltado Luis Gonzaga Pérez. A la retórica pregunta: “Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te contristé?”, sigue un elenco interminable de los pecados del pueblo, y la advertencia: “Pueblo mío, yo venceré tu obstinación, yo venceré la obstinación de tu cura y tu ceguera” (p. 117).

El caso del mencionado Pérez, ex-seminariste que acada por volverse loco, constituye uno de los remordimentos del señor cura. Se perfila en su ánimo “el escrúpulo de juzgar hasta dónde le cabe culpa en lo acaecido a Luis Gonzaga, bien sea por extremado celo, bien por negligencia en aconsejarlo, bien por ignorancia del método con que debió dirigirlo rectamente; porque de una cosa está seguro: la vesania del joven estalló a causa de una mala dirección espiritual, que rompió los diques de la cordura” (p. 334).

El Padre Dionisio es víctima de su proprio paternalismo rigorista. Al mismo tiempo que lo atormenta la constante preocupación por su peublo, su espíritu se va llanando de remordimientos por las trágicas consecuencias de su método pastoral. El capítulo décimo es fundamental a este respecto. En él se describe con maestría la explosión de esos remordimientos; en una terrible pesadillo, el cura contempla a Gabriel dominado por el desenfreno sexual, y a sus sobrinas mancilladas; tanto ellas como el muchacho, apostrofan al cura echándole la culpa. Gabriel: “Usted tiene la culpa, señor cura. Primero, porque nunca me ha querido revelar quién es mi madre. Padezco una sed implacable de ternura, y de ternura femenina. Después, usted ha impedido astutamente que yo me acerque con tranquila confianza a María y a Marta, como un hermano que se entrega a los limpios afectos. Finalmente, usted tiene la culpa por haberme quitado el único cariño que poseía: mis campanas, en las que cifraba y con las que compensaba mi sed inmensa” (p. 210-211). Y ellas: “Usted tiene la culpa, usted que nos dejó solas, distraído por sus trabajos y preocupaciones. Quiso ignorar que éramos mujeres y, como mujeres, flacas, dispuestas a caer, encerradas en la oscuridad, ansiosas de luz, torturadas de deseos” (p. 212).

La infernal pesadilla asume carácter de realidad al final de la obra: Gabriel se pierde, y María –la sobrina predilecta– huye del curato y escapa con las tropas revolucionarias. Es el golpe mortal para el sacerdote; las cuerdas sensibles del viejo cura se rompen: “A ninguno pudo defender. No pudo defender a Luis Gonzaga, ni a Mercedes Toledo, ni a Micaela Rodríguez, ni a Rito Becerra, ni al Padre Islas, ni a la viuda de Lucas, ni a don Timoteo, ni a Damián. ¡Miserable pastor que se ha dejado robar las ovejas! ¡Miserable pastor que ha dejado rodar las canicas y no ha podido enderezarles el camino! Año con año se frustran más y más vocaciones de jóvenes que habrían de trabajar la viña del Señor. Con más horrendo escándalo ha ido a la perdición, creciente número de doncellas. Aquello que más deseó, aquello por lo que más trabajó, es lo primero que arrastra la furia adversa. Muchas veces lo halagó pensar que trabajaba bien: Dios castiga su soberbia con derrota espantosa, hiriéndole la más vulnerable afección. Por siempre será ludibrio de sus fieles: ni a la oveja que traía contra el pecho pudo salvar, antes la perdío con mayor escarnio” (p. 385).

Y SIN EMBARGO…

El anciano sacerdote, a pesar de su derrota, no obstante sus radicales errores, posee cualidades que no debemos callar. Fundamentalmente, es un hombre de rectas intenciones. Joseph Sommers no duda en calificarlo como mártir. “En efecto Yáñez ve la autenticidad del catolicismo de su personaje con compasión, inclusive cuando penetra en la fragilidad de sus soportes sicológicos. A medida que la novela sigue su curso, don Dionisio aparece como un mártir genuino, buscando con cada fibra de su ser lograr lo imposible, cambiar el movimiento de la naturaleza y de la historia humana. Al final, queda roto”.[4]

Esa fundamental rectitud de intenciones lo hace comprensivo con el Padre Reyes, su innovador vicario, y al final –tal vez demasiado tarde– partidario incondicional de un nuevo régimen pastoral. En cambio, con relación al neurótico Padre Islas, promotor del más extremado angelismo, al principio es condescendiente e incluso lo tiene como su confesor: después reconoce los fatales errores de ese colega.

Cuando se declara irreversible la locura de Luis Gonzaga Pérez, el angustiado párroco se plantea decididamente “la conveniencia de templar el rigor en la guía de almas, limitar la jurisdicción del Padre Islas, hacer que participe más el Padre Reyes en el gobierno de la parroquia y ponga en práctica sus ideas innovadoras. El anciando ha venido rindiéndose a la evidencia de que hay un cambio al que no escapará su feligresía; es casi una sensación, como la del viento caliente y terroso que anuncia la Cuaresma, como el olor de humo en el tiempo de cosechas…” (p. 335).

También en orden al trato riguroso que les ha dado a sus sobrinas, se despieta en él una tardía voluntad de cambio. Cuando muere la hija primogénita de Justino Pelayo, se recrudece en el sacerdote un sentido de culpa con respecto a sus sobrinas, sobre todo con respecto a la más querida e incomprendida de ellas. Tras el entierro de la pequeña, corre al curato “sin otra idea que buscar a María, encontrarla y arrancarle una sonrisa, una de aquellas deliciosas sonrisas de niña, olvidadas tanto tiempo. Pero María no está en el curato cuando él llega” (p. 347).

¡Llegar demasiado tarde! Otro aspecto de la tragedia de don Dionisio. Llegar a destiempo, tardíamente, a la comprensión de su equivocado rigorismo: “su estéril celo por la pureza, su casa de ejercicios espirituales, los largos años inútiles de severidad contraproducente. ¡Si hubiera dejado que la ternura se derramara!” (p. 385).

En un postrer esfuerzo por impedir que el fracaso de su método arrolle también el sentido de su sacerdocio, esconde a todos el rostro de su amargura. “No. Nadie metería su sadismo en la llega del ejecutado” (p. 384). Se refugia en su habitación, “como un hombre que trae puñales clavados y se esfuerza en vencer el vértigo, en acallar los alaridos de la carne, la rebeldía del corazón” (p. 384).

Noche de postración y flagelo. Noche de evidencias desconcertantes: “él mismo ¿no ha predicado que las calamidades deben aceptarse como azotes de la justicia divina? ¿Por qué no ha de ser la revolución el instrumento de que se sirve la Providencia para realizar el ideal de justicia y pureza, inútilmente perseguido por este decrépito cura?” (p. 386).

Al romper alba, entra en la sacristía y se reviste los ornamentos. Con aparente calma igual que todos los días, desafiando así la mortificante curiosidad de sus fieles, comienza la celebrazión de la misa:

Introibo ad altare Dei…

Ad Deum qui leatificat juventutem meam…

“A Dios que alegra mi juventud”, repite las palabras del ayudante, mientras una ola de amargura invade su garganta de anciano.


[1] Agustín Yañez terminó de escribir Al filo del agua el 24 de febrero de 1945. Dos años después se hizo la primera edición de su novela, que se sigue considerando como la mejor de sus obras, y una de las más valiosas expresiones de la novelística mexicana. La referencia de páginas, en el presente trabajo, corresponde a la octava edición, Editorial Porrúa, México, 1968.

[2] Arango L., Manuel Antonio: “Aspectos sexuales y sociológicos en el ‘Acto Preparatorio’, en la novela Al filo del agua, de Agustín Yáñez”, Cuadernos Americanos XXXVI, 1977, No. 6, p. 174.

[3] Sommers, Joseph: Yáñez, Rulfo, Fuentes: la novela mexicana moderna. Monte Ávila Editores, C.A., Caracas, Venezuela, 1969, pp. 75-76.

[4] Sommers, op. cit., p. 74.

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Published in: on 4 junio, 2010 at 2:58  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Quisiera tomar contacto con la persona que escribe este artículo. Soy sobrino del Señor Cura José Reyna y me intersa retomar algunos conceptos que me tocaron saber directamente por el protagonista de la novela.

  2. Excellent e novels,nos descubre el yo intimo de Yanez

  3. Un Bella y nostalgica novels del Mexico provincial de principios del silo XX

  4. Sin duda la mejor novela de su tiempo


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