A SALVO EN EL “AGUA ENVENENADA”, DE FERNANDO BENÍTEZ

Fernando Benítez, siempre tan preocupado por escrutar la realidad mexicana, traza en El agua envenenada[1] la versión novelesca de un hecho acontencido en 1959: la rebelión de un pueblo contra las arbitrariedades de un cacique.

El escenario de los acontecimientos es Ciudad Hidalgo, poblado importante del Estado de Michoacán; en la novela aparece con su antigua denominación de Tajimaroa. Los nombres de las personas que tuvieron parte en los hechos, en algunos casos están ligeramente camuflados (por ejemplo, don Aquiles de la Peña se transforma en Ulises Roca); en otros casos los personajes llevan el nombre de las figuras en que se inspiran. Y hay también personajes totalmente ficticios, como es natural en una novela aun cuando se basa en hechos reales.

La estructura de la obra es lineal, no dividida en capítulos, sino en pequeños cuadros o secciones, 53 en total. La narración es ágil e intensa, con un marcado crescendo a partir sobre todo de la sección 34, cuando comienza a difundirse el rumor de un envenenamiento del agua por parte del cacique.

Tres son los protagonistas principales de la novela:

Ante todo un personaje colectivo: el pueblo mismo de Tajimaroa, que se deja arrastrar por el infundio y desahoga con violencia su exasperada condición de oprimido. Nos encontramos aquí con una moderna interpretación de Fuenteovejuna.

Otro protagonista es el ya mencionado Ulises Roca, el aplastante señor de la comarca, que impone su voluntad mediante la inicua política de las tres “pes”: “plata para los amigos, palo para los descontentos, plomo para los enemigos”. Derribado finalmente, paga con su sangre la deuda contraída por sus propias atrocidades.

Y es también protagonista el señor cura de Tajimaroa, en quien descubrimos el dramático conflicto del sacerdote que debe salvaguardar los derechos naturales del hombre sin traicionar los principios del Evangelio. En boca de este sacerdote pone Benítez la narración. Las cuatro escenas con que comienza la obra nos lo presentan después de los hechos, llamado por su Arzobispo para que dé cuenta de tales sucesos: si ha tenido o no parte en el azuzamiento del pueblo; si ha obrado con valentía y prudencia para impedir el derramamiento de sangre; y, en fin, si tiene algo que exponer en su propio descargo, puesto que el pueblo se queja de él, como se quejan los familiares de las víctimas, y aun las autoridades civiles…

¿QUÉ SUCEDIÓ EN TAXIMAROA?

De la sección quinta hasta la decimosexta, la novela nos ofrece una relación supuestamente autobiográfica en la que el sacerdote narra las experiencias de su vida hasta la fecha de su nombramiento como cura de Tajimaroa. Esta relación nos revela un carácter fuerte, fraguado desde la infancia por la vicisitudes de un México en perenne agitación, un México creyente pero ignorante; ansioso de libertad y de progreso, pero maniatado por la injusticia y la superstición.

“Cierto, son dóciles, incluso excesivamente dóciles. Aceptan trabajos y dolores con un desdén pasivo y casi estoico que los hace invulnerables. Sin embargo, destrás de esa corteza, de esa resignación con que aceptan su destino, de esos ojos cargados de enigmas, se esconde una sensibilidad enfermiza, un sentimiento mágico de la vida y un fondo de rebeldía capaz de estallar en un segundo con violencia inaudita.

“Creen ciegamente en la eficacia de los amuletos, en las profecías, en los tesoros ocultos, en los milagros y en las apariciones sobrenaturales, y yo me pregunto a menudo con angustia si no recae en nosotros la responsabilidad de fomentar estas supersticiones” (pp. 43-44).

Este sacerdote cosciente de la obligación de la Iglesia ante los problemas de la ignorancia y la superstición, llega a Tajimaroa para encontrarse con otro gran escollo contra el progreso del pueblo: la fuerza del caciquismo, representada allí por don Ulises. Sus primeros contactos con èl y las confidencias de los feligreses lo llevan pronto a la conclusión: “En donde hay un cura rural hay siempre un cacique y el dilema es éste: o se le acepta o se le combate, o se es conformista o se es un cristiano verdadero” (p. 85).

Sobre esta última línea sitúa Benítez una implícita acusación contra el cura, al que hace confesar: “Sabía ya lo que debía saber acerca de don Ulises. No corrí a enfrentármele. No defendí a las ovejas acosadas que Su Ilustrísima me había confiado al nombrarme cura de Tajimaroa” (p. 57). Veremo que no se reduce a ello la dimensión conflictiva que el novelista confiere a su personaje. Anticipándonos un poco, podemos mencionar en seguida la valerosa intervención de este sacerdote en el intento de apaciguar los ánimos e impedir un absurdo derramamiento de sangre. No aprueba la conducta del cacique, pero tampoco está de acuerdo con la enconada violencia que se depierta en el pueblo. Los remordimientos que expresa al decir que no fue capaz de enfrentársele al cacique, se refieren más que nada al grado de su propia firmeza y determinación, puesto que en realidad sí hay un momento en que se enfrenta al cacique: cuando lo visita para hacerle saber que el descontento del pueblo no es infundado, y que a él, don Ulises, más le valdría modificar su política o retirarse de Tajimaroa. En aquella ocasión no obtuvo del cacique sino graves recriminaciones contra la Iglesia, y la interrupción del diálogo declarándose irreconciliable:

“–¿Es que nunca llegaremos a entendernos?

“–Resulta difícil. Su reino, en todo caso, no es de este mundo. El mío está aquí, en este pueblo, y sé la manera de gobernarlo” (pp.- 95-96).

El primer golpe contra la arbitraria autoridad de don Ulises lo constituye el triunfo de la Asociación Estudiantil de Tajimaroa, al frente de la cual está Manuel Espino, uno de los personajes más definidos de la novela. Los jóvenes obtienen que el pueblo pueda escoger a sus propias autoridades.

Un segndo golpe contra el cacique es la venganza que los jóvenes toman contra Avelino, el principal entre los matones de don Ulises. El ex-comandante de la policía es rapado por los muchachos, arrojado en la fuente pública y amarrado en un  árbol con un infame cartel en el cuello: “Por traidor a Tajimaroa”. Este grotesco episodio marca el comienzo de la tragedia. Alguien comenta, al caer Avelino en la fuente: “¡El agua ha sido envenenada!” El rumor se difunde, primero vago, luego invasor e inquietante, al fin incontenible y preciso: el cacique ha resuelto aniquilar al pueblo envenenándolo.

“Sé muy bien lo que va a preguntarme…, y me adelanto a responderle: don Ulises no envenenó el agua…Don Ulises debe ser visto como un pequeño criminal, como un delilncuente sin imaginación, como un mediocre en el bien y en el mal a quien su mediocridad le vedaba la grandeza necesaria para decretar la condenación en masa de quince mil seres humanos” (p. 122). Pero, ¿quién puede detener un rumor desatado? ¿Quien puede frenar las voces que atañen a lo más querido y ponen en entredicho el bien más indispensable para un pueblo en tiempo de secas? “Para esta gente, Monseñor, el agua es preciosa…Todavía hace dos años debían ir por ella a la fuente pública…La guardan, empleando cuidados exquisitos, en los sitios más frescos de sus casas y cuando beben, cierran los ojos, echan la cabeza hacia atrás, y la paladean gota a gota, porque relacionan el placer de calmar la sed al dolor del hombro dejado por el palo con que la acarrean de la fuente” (p. 117).

Dos casos de personas con supuestos síntomas de envenenamiento eliminan cualquier duda en las mentes del pueblo, y se enciende la mecha: todos hacia la casa de don Ulises, ¡a exterminar al enemigo!

Es en este punto –sección 38 – donde comienza la intervención del cura. El y sus vicarios actúan con ejemplar valentía y, aunque no logran impedir la muerte de don Ulises, quedan a salvo los familiares del cacique, como también los hombres de su confianza (a excepción de Avelino, que muere víctima de un atroz linchamiento).

En las seis o más horas de asedio a la casa de don Ulises (con todo lo que eso significó de exaltación, gritos de injuria, bombas molotov, pedradas, disparos, etc.), la obra del cura fue la de un desesperado arbitraje: aunque incomprendido y aun agredido por ambas partes, obtuvo que no se llevara a cabo la espeluznante matazón en que aquello hubiera terminado.

Solidaridad de los vicarios

Digna de nota es la actuación de los tres vicarios según aparecen en la obra: se advierte en ellos un loable espíritu de solidaridad con el cura y una conducta juvenil y valiente. Suárez, Villaverde y Miranda son los apellidos con que se les presenta.

Especial interés suscita la figura del padre Suárez, al que la novela atribuye algo de aquel arrojo que fue característico en San Pedro, el vicario de Cristo.

Es el padre Suárez el primero en solicitar la intervención del señor cura en el lugar de los dramáticos sucesos. Otra muestra de su carácter emprendedor y generoso es la decisión con que atraviesa las llamas del incendio para poner a salvo la bicicleta de un muchacho. Pero no se piense en un héroe ajeno a las comunes flaquezas: cuando percibe el riesgo que corre quedándose en medio de la refiega, titubea y pide al señor cura: “–Déjeme regresar al curato. No debo exponerme. Yo sostengo a mi madre y a mis hermanos, y si les faltara…” (p. 41). Temor muy humano y comprensible, mas no definitivo: en efecto, cuando este vicario reaparece, lo vemos enfrentándose a los asediadores que pretenden acabar también con la familia del cacique:

“Inesperadamente, el padre Suárez se interpuso, y empleando una energía de la que yo no lo hubiera creído capaz, hizo retroceder a los atacantes” (p. 165).

“Un joven gritó:

“Don Ulises nos acusaba de ser un pueblo de gallinas. Ha llegado la hora de demostrar lo contrario, de terminar con ese nido de víboras.

“–Ven si te atreves –estalló el padre Suárez dirigiéndose al joven–, pelea tú solo.

“–Quítate la sotana –respóndió el joven dando un paso adelante– y pelea como los hombres.

“El padre se quitó la sotana, y antes que yo pudiera impedírselo, derribó al joven de un seco golpe en la quijada.

“Sus ideas acerca de los sacerdotes deben haberse modificado. El padre Suárez, en lugar de ofrecer ambas mejillas, ponía a su enemigo fuera de combate con un golpe que hubiera enorgullecido a su maestro de gimnasia en el seminario, y ante mi sorpresa, el empleo de la violencia los apaciguó, lejos de enardecerlos” (P. 166). En la siguiente página recogemos otro rasgo de esta simpática figura sacerdotal:

“–Es necesario mantenernos firmes –le dijo al padre Suárez que había vuelto a ponerse la sotana–. Los soldados pedidos a Zitácuaro no tardarán en llegar y habrá concluído esta pesadilla.

“–Sólo me preocupa que usted me perdone.

“–¿Perdonarlo? ¿De qué debo perdonarlo?

“–Lo abandoné a usted en la hora del peligro.

“–No hablemos más de eso  –le dije ocultando la emoción…” (p. 167).

Y al final de la obra, cuando el señor cura es llamado por el Procurador del Estado, será el padre Suárez el que proponga con vehemencia:

“–No, señor cura…, usted no debe ir solo. Ha llegado la hora de las represalias y no sería remoto que lo acusaran de haber incitado a los feligreses. He oído algunos rumores en ese sentido” (p. 171).

Exigencias de Benítez respecto al sacerdote

Volvamos a la persona del señor cura. Repasando los hechos de su conducta según los plantea El agua envenenada, se tendería a decir que la figura del párroco queda en bastante buena luz; que no se habla mal de él ni se le hace objeto de críticas acerbas. Sin embargo, ya hemos visto que el señor cura de esta novela se muestra insatisfecho de su propio compartamiento: su espíritu se ve ensombrecido por la duda y el remordimiento, precisamente en aquellos momentos en que debiera ser más luminosa la satisfacción de quien ha cumplido con su deber. ¿Es que Fernando Benítez pretende decir que el cura de su novela falló en su misión como sacerdote? Sí y no, como trataré de explicar.

Cuando Ulises Roca cae muerto en el umbral de su casa, centenares de hombres se aproximan al cadáver dispuestos a vejarlo. El señor cura interviene con energía: “¡No toquen a ese hombre, ya está juzgado por Dios!”

“Por qué lancé ese grito? –se pregunta el personaje de Benítez– ¿Por qué defendía a don Ulises muerto y no lo defendí cuando aún era tiempo de salvarle la vida? ¿No era el odio, la cólera reprimida contra el cacique, un deseo inconsciente de venganza lo que me paralizó reduciéndome a la impotencia? Había sido un juguete en manos de la muchedumbre, un hombre indeciso, acobardado, y de golpe recobraba la voluntad y me erguía dispuesto a luchar por un despojo, por los restos de un hombre que abatió la violencia contra la cual creí luchar aunque en realidad formaba parte de ella” (p. 148).

Queda así planteada una nota de ambigüedad en la dimensión interior del sacerdote.

En la última sección de la novela son aún más intensas –y en cierto sentido contradictorias con varios datos de la obra– las recriminaciones que el señor cura hace contra sí mismo; lo vemos salir del Ayuntamiento (a donde ha sido llamado a declarar), detenerse en el jardín y reclinarse en el tronco de un árbol. Son las dos de la mañana y aún no parecen del todo terminados los dolorosos sucesos de un día febril. Mientras sus ojos vagan en la sombra, su mente se llena de recuerdos: entonces se contempla a sí mismo recién ordenado sacerdote, llegando al sitio de su primera destinación como vicario, premetiéndose con resolución: “Mi deber es salvar al mundo, y si no lo salvo, ésa es mi culpa”. ¿Qué ha sido de tales propósitos?

“No quedaba ya nada de ese ardiente deseo de lucha. La tierra de México, la tierra abrumada bajo el peso de la miseria y de las injusticias, nuestra tierra que para ser salvada reclama el sacrificio de los héroes, me había destruído, porque fui un santo a medias, un héroe a medias, un pobre ser que no tuvo fuerzas para vencer esa corriente hecha de ira, de esperanzas frustradas y de limos sangrientos en que se resolvió la lucha armada, la persecución religiosa y la reforma agraria. El cacicazgo había significato mi última oportunidad y la perdí con las otras. En vez de acaudillar a los jóvenes y de sufrir las consecuencias de la rebelión, la había fomentado sin riesgo, al amparo de mi claustro. Manuel, el héroe, estaba muerto y el procurador elegía, viéndose las uñas manicuradas, a las víctimas que habrían de cargar las culpas de todos nosotros” (p. 177).

¿Qué significa todo esto?  ¿El fracaso de su ministerio, o más todavía, el fracaso del sacerdocio mismo?

Respondo negativamente. Si esta novela de Benítez encierra un juicio acerca del sacerdocio, no es por cierto una idea de menosprecio e inutilidad, sino, en todo caso, un concepto de exigencia profunda y radical. Esa exigencia a la que no puede sustraerse ningún sacerdote; exigencia de integridad y heroísmo, de claridad y firmeza, por encima de mediocridades y posturas intermedias, a costa de impopularidad y sacrificio.

¿Y cuál fue la opinión del efectivo señor cura de Tajimaroa?

Hasta aquí nos hemos mantenido dentro de los límites del planteamiento novelesco. Mas no olvidemos que El agua envenenada se basa en hecho reales. La figura del párroco que allí aparece también se inspira en un personale real.

Entrevistado por mí, este sacerdote –padre José Reyna Muñoz–[2] me proporcionó una relación objetiva de los hechos acontecidos en Ciudad Hidalgo (antes Tajimaroa) el año de 1959. Dicha relación me permite afirmar que los hechos no sufrieron una modificación sustancial al pasar de la realidad a la novela. En cuanto a las pautas que la novela da para la interpretación de tales hechos, el asunto es distinto.

En primer lugar, es completamente ficticio que este sacerdote haya tenido motivos para pasar por una crisis de remordimientos después de su actuación en los acontecimiento de 1959. Por el contrario, en él fue muy clara y sin complicaciones la convicción de haber cumplido con su deber sacerdotal, de acuerdo con las circunstancias:  Mire, mi vida la he pasado contento, porque he tratado de cumplir con mi deber. En aquella ocasión, aquí algunos se enojaron conmigo porque no los dejé que mataran a todos. Otros decían que yo había sido el que movió el levantamiento. Pero, ya se sabe, nunca se puede quedar bien con todos. Uno no tiene más que cumplir con su obligación ante Dios. Unos lo entenderán, otros lo tomarán a mal…

–¿Fernando Benítez lo entrevistó antes de escribir su novela?

Sí, vino aquí y se entrevistó conmigo. Le platiqué todo, tal como se lo he narrado a usted.

–¿Es verdad lo que aparece al principio de la novela: que usted fue llamado por su Arzobispo para que diera una explicación sobre su conducta en los hechos del 59?

No, eso de que me haya llamado el Señor Arzobispo es pura ficción. Jamás me preguntó nada ni me ordenó que fuera para un diálogo o algo así. Ahora, en cuanto a lo que dice la novela de mi infancia y de otros períodos de mi vida, sé que Benítez anduvo preguntando aquí y allá. Con eso se imaginó mi infancia y mi juventud, a su manera…Por eso esa novela casi no la conozco: apenas le vi algunas tonteras, la dejé…

–Así que no la ha leído toda…

No, a pesar de que siempre he tenido ejemplares, pues me los pedían constantemente.

–¿Qué hubo detrás de la muerte de don Aquiles?

Eso todo mundo lo sabe. Las cosa comenzaron a manejarse desde arriba. Ciertamente don Aquiles ponía y quitaba autoridades a su antojo, y eso, claro está que les fastidiaba a algunos que no hallaban cómo quitárselo de encima. Lo del envenenamiento del agua no fue sino un pretexto… Aquel día estaba yo atendiendo a una señora que me trataba un asunto de matrimonio y llegó un fulano al curato para decir que no tomáramos agua porque estaba envenenada. Yo entonces envié rápidamente a que vieran quién era, pero ya el muchacho iba saliendo a la carrera, para allá, por donde iba una camioneta anunciando lo mismo. Yo lo que quería era pescar a aquel fulano y preguntarle de dónde había sacado aquello…Y no pasó mucho tiempo cuando me llega uno de los vicarios y me dice: “Señor cura, ya se prendió la mecha” “¿Cuál mecha?”, le dije yo. “¿No oye los balazos? Están incendiando la casa de don Aquiles; ha habido balazos y puede ser que haya heridos”.

No es verdad que el padre Reyna haya tenido alguna relación, siquiera indirecta, con los manejos que condujeron al pueblo hasta la muerte de don Aquiles. Tampoco es verdad que haya titubeado ante la posibilidad de salvarle la vida, una vez que se desató la violencia: Dios lo sabe, y es la verdad, que yo nunca tuve participación en esos levantamientos. Y, vuelvo a decir, creo que con la ayuda de Dios y un poco de esfuerzo que puse, libré del asesinato a las gentes de don Aquiles. Y hubiera podido librarlo también a él, si me hubiera hecho caso y seguido mis indicaciones…

Ya sabemos que estos esfuerzos del padre Reyna no fueron bien interpretados por todos. Eso no se puede evitar. Los que mueven las cosas tienen a veces sólo una mira política. Los sacerdotes debemos tener además un pensamiento religioso. ¿Quién me puede decir que hago yo mal defendiendo incluso al más criminal? Dios es el único autor de la vida, su único dueño, y no tenemos derecho a quitársela a nadie…, ni a tomarnos venganza con nuestra propia mano…

Lo que acabo de apuntar basta para poner en claro que el padre Reyna no podía tampoco estar de acuerdo con las arbitrariedades de don Aquiles, arbitrariedades que llegaron al extremo de cortar vidas. Pero tampoco juzgó jamás que el camino para resolver la situación fuera el de la violencia; en cambio, creyó siempre que el único camino acertado está comprendido en el Evangelio.

Siempre he sido enemigo de los levantamientos…Si antes de Cristo el Señor parece aprobar los ejércitos, y hasta se le llama ‘Señor de los ejércitos’, eso sería por las circunstancias de los tiempos antiguos; pero con Cristo nos viene la enseñanza del amor, del diálogo, de la búsqueda de la paz. Es muy distinto, aunque a veces a uno le crujan las tripas…, pues uno es humano. Pero no hay que darle rienda suelta a la naturaleza. También la Gracia tiene sus derechos…

Todo prueba que en los hechos del 59 los agitadores se valieron mucho de esos instintos de la naturaleza; que aprovecharon como principal recurso la tendencia del pueblo a la exaltación y al fanatismo. Un episodio muy significativo (también parafraseado en la novela) fue el momento en que Aquiles chico se vio herido.

Parece ser que se le arrojó violentamente y se le hizo caer, y éste cayó como atarantado y se dio con la cabeza en la banqueta, bañado en sangre. Corrí hacia él y tomé un sombrero que estaba por allí tirado y se lo puse debajo de la cabeza. El, todo atarantado, hacía esfuerzos como de querer tomar la pistola, pero ya no la traía. Y yo le dije al oído: “Aquiles, hazte el tonto, para que no te pase nada. A ver… Y le empecé a decir el acto de arrepentimiento, y hasta saqué un crucifijo y se lo puse en la mano. Le dije: “Mira, encomiéndate a Dios y no te pasará nada”; al momento reaccionó y se veía mejor. Y yo lo seguí exhortando, como corresponde a nuestra obligación sacerdotal. Cogí el santo Cristo y le dije: “Aquiles, pídele a Dios que te perdone, pero tú no dejes de perdonarlos a ellos”. Y cuando le recé el ‘Yo pecador’ y el ‘Señor mío, Jesucristo’, fuerte, en voz alta, entonces me di cuenta que me rodeaban los fulanos que andaban con palos y navajas, rezando juntos conmigo, todos hincados y con las manos cruzadas. Eso me causó mucha lástima, pues vi muy retratado lo que es la ignorancia religiosa…

–¿Le parece que la instrucción religiosa del pueblo ha mejorado desde entonces?

Mire, en eso veo yo muchos factores. En primer lugar, existe hoy día una especie de manifestación de liberación: todo mundo quisiera sacudir leyes, lo mismo humanas que divinas. Por otro lado, perdura la dificultad que han creado las estructuras mismas; la ignorancia religiosa persiste en grado notable, y además se ve mucha decidia, quizá entre los mismos sacerdotes…Añádale a eso otras causas, como puede ser la misma dificultad que hoy se registra en la formación de los sacerdotes, y el hecho de que tenemos ciertamente nuestros defectos…La Iglesia está compuesta de humanos. Ahora que, le diré, eso de la ignorancia religiosa es un mal de todo México. Que sea nuestro catolicismo superficial, es un hecho; que haya apatía, también. He conocido a gentes que se glorían, por ejemplo, de haber pertenecido a la A.C.J.M. del tiempo de la persecución, y de haber ayudado en otra forma a los sacerdotes. Les digo: “Bueno, señores, si se consideraban tan fervientes católicos, ¿por qué entonces no educaron a sus hijos en un cristianismo profundo, a base de la Palabra de Dios, a base de la caridad?” Sí, hay mucho qué hacer en esta tarea, y Dios nos ayude a progresar más y más…

–Señor cura, ¿han cesado ya las recriminaciones contra usted?

–Sí, ya todo ha pasado. Muchos me están agradecidos y así me lo han expresado. Claro, de vez en cuando me llega alguna voz en contra, ya sea porque interpretan mal las cosas o, en fin, porque –como dice la Escritura– el número de los tontos es infinito…Nada menos hace no mucho tiempo una revista –Impacto– sacó cosas contra mí, diciendo que yo era el nuevo Aquiles, que había resucitado Aquiles…Se me acusaba incluso de haberme robado la campana mayor que pesa cerca de una tonelada, y de habérmela llevado para mi tierra. ¿Usted cree? Ni que fuera de azúcar…Ya sé más o menos quién mandó esa falsa noticia o ese artículo…En cuanto a los acontecimientos del 59, ¿por qué nunca han logrado hacerme algún escándalo ni nada semejante? Sencillamente porque no hay bases para ello. Si las hubiera, ya lo hubieran hecho…


[1] La primera edición de El agua envenenada se hizo en 1961, dos años después de los acontecimientos. Las referencias de página de este artículo corresponden a la cuarta reimpresión, Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[2] Entrevistado el 7 de enero de 1978, en su despacho parroquial, en Ciudad Hidalgo, Michoacán.

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Published in: on 1 junio, 2010 at 2:56  Comments (4)  

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4 comentariosDeja un comentario

  1. Soy sobrino del Señor Cura Jose Reyna Muñoz, personaje principal de la Novela “El agua envenenada” y observo muchos nubarrones y carencias de información sobre los datos aportados. Me gustaría aclarar dichas situaciones.

  2. […] A SALVO EN EL “AGUA ENVENENADA”, DE FERNANDO BENÍTEZ junio, 2010 4 […]

  3. Añade tu comentario aquí…

  4. bueno y los antagonistas quien son?


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