EL “PATER WHISKY” DE “EL PODER Y LA GLORIA”

Como caso único, incluyo en esta serie una obra no mexicana, pero que por su tema y fuentes de inspiración entra con absoluto derecho en esta galería de sacerdotes creados por la literatura.

El poder y la gloria de Graham Greene está ambientada en Tabasco, en los terribles años treintas, cuando gobernaba en ese Estado el que fuera calificado como el  “más fanático de los desfanatizadores”: Tomás Garrido Canabal. Disolver desde sus raíces todo sentimiento religioso fue uno de los objetivos que buscó con más ahínco ese gobernante a quien no le importaba ni la violencia cruel, ni la arbitrariedad, ni el ridículo, si con ello favorecía sus fines de bolchevique a la mexicana.

El novelista inglés de El poder y la gloria estuvo en México en la primavera de 1938; en su recorrido por Tabasco se percató directamente de la situación creada en ese Estado sureño por obra de Garrido Canabal. Un año después apareció uno de los libros de viaje de Graham Green: The Lawless Roads (“Caminos sin ley”). Estas anotaciones del novelista llevan un subtítulo esclarecedor: A Mexican Journey; son esenciales para quien desee investigar la génesis de la novela que aquí tratamos. En la tercera edición de aquellas memorias de su viaje a México, Graham Greene advierte a sus lectores: “Los interesados podrán encontrar en la página 129 y siguientes la fuente de mi historia El poder y la gloria”. Esa fuente parece condensada en el párrafo donde Greene consigna: “En Tabasco, todos los sacerdotes estaban perseguidos o fueron fusilados, menos uno, que durante diez años vivió en el bosque o en las marismas, saliendo sólo por la noche; sus pocas cartas –me dijeron– revelan un sentido pavoroso de impotencia; vivir en peligro constante y, sin embargo, poder hacer tan poco; casi no parecía valer la pena sufrir tanto horror”.

El informante a que alude el narrador fue el Dr. Fitzpatrick, emigrado irlandés establecido en Tabasco; por él conoció Greene otras figuras de las que tomaría algunos rasgos para elaborar los personajes de su novela. Tuvo conocimiento, por ejemplo, de un sacerdote que había caído en el vicio de la bebida: “lo que en Irlanda llaman un ‘Whisky Priest’”, le informó el Dr. Fitzpatrick. Y ya veremos que el protagonista de El poder y la gloria es un sacerdote víctima de la persecución y víctima también de su afición a la bebida. Otra figura real de que tuvo conocimiento Greene fue la de un tal Padre Rey, “que vivía con una mujer y con su hija”. También este sacerdote contribuyó a la creación del personaje central, que tiene una hija; al mismo tiempo sirvió como fuente de inspiración para otra figura de la novela: el Padre José, que aparece como el único sacerdote que, sometiéndose a las leyes persecutorias del Estado, tomó mujer y quedó inscrito como pensionado del Gobierno; Graham Greene no le atribuye en su novela paternidad física alguna.

Lo anterior puede llevar a suponer que Graham Greene conoció, entre los sacerdotes mexicanos, sólo figuras problemáticas. No fue así. En The lawless Roads hace mención de buen número de eclesiásticos conocidos personalmente o por directa referencia y que dejaron en su memoria una imagen muy luminosa y digna. Entre las figuras que cita se cuenta el celebérrimo Padre Pro. Recuerda también a un sacerdote de Orizaba con quien tuvo ocasión de confesarse, recibiendo de él una profunda sensación de paz y de bondad. A otro sacerdote con quien se entrevistó en San Luis Potosí, lo menciona como ejemplar en la enseñanza; la misma cualidad admira en un padre al que califica como “el encarcelado feliz” porque, además de sus dotes para la enseñanza, era una persona de excelente buen humor, que platicaba con mucha gracia las peripecias de su encarcelamiento durante la persecución. De un sacerdote más –a cuya Misa participó en Las Casas– habla con auténtica veneración recordando su rostro desfigurado por las torturas que había sufrido… Los ejemplos podrían continuar, confirmando la admiración de Graham Greene por los sacerdotes mexicanos.

¿Por qué, entonces marcó a sus personajes sacerdotales de El poder y la gloria con el sello de la culpa? Respondo indirectamente señalado dos de los méritos de Graham Greene en esta novela: 1. El de romper con la tradicional idealización del sacerdote, poniendo de relieve que, aun en los ministros más indignos, prevalece el carácter sacramental que los hace instrumentos de la Gracia. 2. El de ofrecer una versión moderna y viva de la perenne lucha entre la luz y las tinieblas, conflicto que no ha de plantearse sólo como el enfrentamiento de dos bandos, debiéndose reconocer que cada individuo en particular constituye, el campo donde traban batalla el bien y el mal, la Gracia y el pecado.

LA COMPLEJA PERSONALIDAD DEL “PATER WHISKY”

El ambiente en que se desarrollan los hechos de El Poder y la Gloria nos es presentado desde la primera página de la novela: calor, polvo, abandono, muerte; los zopilotes como símbolo de una presencia que acecha; la sensación de que nada pasa y todo puede suceder de un momento a otro. Es el tiempo de “secas”, cuando el sol es calcinante y su reverbero en la tierra resulta enceguecedor.

Con la habilidad del novelista experimentado, Graham Greene comienza su narración introduciendo de imediato a su personaje principal, pero sin revelar su identidad. Lo hace aparecer como un misterioso forastero que mira con interés hacia el barco que ha llegado a Villahermosa y que zarpará con destino a Veracruz.

Una conversación ocasional que entabla con Mr. Tench (dentista inglés radicado en Tabasco), proporciona nuevos datos sobre la compleja personalidad del “forastero”: es un hombre instruido –estudió algunos años en los Estados Unidos–, y revela una fina sensibilidad humana, a pesar de su manifesta afición por la bebida. Cuando un muchacho interrumpe la conversación pidiendo los servicios del médico, pues su madre está en agonía, Mr. Tench explica que nada puede hacer, ya que no es más que un dentista. El hombre forastero se presta a ese servicio, a sabiendas de que perderá el barco en que se disponía a partir. Como sabemos, no era médico sino sacerdote. Una enferma a quien tal vez no le servían ya los recursos médicos, necesitaba ciertamente los auxilios espirituales…

Es así como el protagonista de El Poder y la Gloria pierde la ocasión de abandonar el Estado donde las leyes persecutorias lo han mantenido en constante huída.

El resto de la novela completa el retrato del personaje: no era un ministro ejemplar, sino pecador. El orgullo de ser el único sacerdote que se había quedado en Tabasco lo había puesto en la pendiente de una progresiva decadencia. La propia soledad lo había llevado al alcoholismo; la embriaguez había dado al traste con su continencia y, una noche de angustia y desequilibrio, había cometido una grave falta. El resultado de aquella culpa era una niña, que el novelista nos presenta como la imagen misma del pecado: saturada de malicia incipiente pronta para estallar. “El mundo ya se alojaba en su corazón como el germen de la podredumbre en una fruta” (p. 108).

EL ACOSO IMPLACABLE

Por encima de cualquier otra nota distintiva, el protagonista de El Poder y la Gloria tiene la de ser un perseguido, un hombre doblemente acosado: por sus enemigos, que traman su muerte, y por Dios, que le habla desde el fondo de la conciencia recordándole su vocación sacerdotal y la magnitud de sus faltas. Ganar la frontera con Chiapas y encontrar a otro sacerdote para poderse confesar, se vuelve en él una obsesión aun mayor que el afán angustioso con que evita los pasos de sus sabuesos. Y acontece que apenas ha dejado atrás los límites de Tabasco, cuando le hacen creer que un moribundo reclama sus auxiios espirituales. Está seguro de que, volviéndose atrás, caerá en manos de sus perseguidores: hay una trampa de por medio. Lo sabe bien y, sin embargo, la conciencia de su deber sacerdotal se impone. La estratagema funciona, y el sacerdote, aprendido por los esbirros, muere fusilado.

He mencionado dos actos de suprema caridad por parte de este anónimo sacerdote. No son los únicos que cumple, pero bastan para demostrar que, tras las apariencias de la mediocridad y de la culpa, ardía en su persona la llama de un genuino celo sacerdotal; el fuego de amor que, aunque parecía sofocado por la degradación moral, se mantenía vivo gracias al esfuerzo que él hacía por no desesperar complemantamente y seguir apuntando hacia las fuentes de la misericordia; su fidelidad a pesar de todo; su arrepentimiento tenaz; la postración y el dolor físicos; el abandono, la humillación y la renuncia a todo consuelo…

CUATRO ENSEÑANZAS DEL “PATER WHISKY”

1. La soberbia, semilla de corrupción. En sus horas de soledad –tan abundantes por su condición de perseguido–, el “Pater Whisky” revisaba los procesos de su propia decadencia, reconociendo que el origen de su personal desastre había sido el orgullo: “Incluso sus intentos de fuga habían sido tibios a causa de su orgullo, el pecado por el cual cayeron los ángeles. Cuando se quedó como único cura en el Estado, su orgullo fue tanto mayor, creía ser un héroe porque trasportaba a Dios con riesgo de la vida; algún día sería recompensado… Rezó en la penumbra: ‘¡Oh Dios, perdóname! Soy un hombre orgulloso, lujurioso y voraz. He amado con exceso la autoridad’” (p. 126). Cuando así se expresa, ha vencido ya el pecado de que se acusa. Ya está del otro lado, merecedor de perdón porque ha recuperado la humildad.

2. La rutina, más grave que la culpa. Otra consideración del “Pater Whisky” se refiere a las nefastas consecuencias de la rutina, al reisgo de la costumbre que todo lo desvirtúa y vuelve insípido. “Dios puede personar la cobardía y la pasión, ¿pero era posible perdonar la devoción maquinal?” (p. 215). El protagonista de El Poder y la Gloria sabe, porque lo ha experimentado, cuán débil es la resistencia humana, tan fácil para alvidar. Sí, aun las realidades más excelsas, como la oración o el ofrecimiento de la Misa, pueden transformarse en un hábito, en una formalidad vacía de significado.

3. Lo que importa es amar. En las últimas horas de su vida, próximo al fusilamento, el “Pater Whisky” extrae de su amargura las más definitivas conclusiones. Recuerda a la pequeña Brígida, su podre hijita: sin gracia, ni protección, ni encanto que abogaran por ella. Siente un arrebatado amor hacia la niña y reza: “¡Oh Dios! Ayúdala. Condéname a mí: lo merezco; pero que ella disfrute de la vida eterna”. “Este era el amor que debió sentir por todas las almas del mundo: todo el temor y el ansia de salvar concentrados injustamente sobre una solo niña. Se puso a llorar como si la viese ahogarse lentamente desde la orilla, sin poder ayudarla porque se le hubiera olvidado el nadar. Pensó: ‘Esto es lo que siempre debí sentir por todos’” (p. 266). De esta autoacusación –tal vez excesiva – de haber amado poco, surge su convicción de haber sido inútil: “no he hecho nada por nadie”: y la tristeza de haber desperdiciado la oportunidad más valiosa de todo creyente: santificarse. “Sentía una desilusión inmensa por tener que ir a Dios con las manos vacías, ya que no había hecho nada en absoluto. En aquel momento le parecía que hubiera sido muy fácil ser santo. No hubiera hecho falta más que un poco de dominio sobre sí mismo y un poco de valor. Sentíase como quien ha perdido la felicidad por llegar unos segundos tarde al lugar de la cita. Ahora comprendía que al final sólo cuenta una cosa: ser santo” (p. 269).

4. Dios, el Amor indestructible. Francois Mauriac, otro escritor católico, hace esta luminosa observación: “La importancia de Greene para la generación de Sartre y de Camus se deriva de que, a la profesión existencialista del absurdo universal, opone el misterio del Amor infinito”. El mundo que parece abandonado por Dios, está habitado por Él; el aparente fracaso de lo sacro, escarnecido por la mediocridad de sus ministros, oculta a los ojos de los incrédulos el verdadero triunfo de Dios, único a quien corresponde el poder poder y la gloria. En la importante discusión del cura con el teniente que lo apresa, aquél proclama con acierto y vigor la indestructible fuerza de la Gracia redentora, la imborrable imagen de Dios que está en todos los hombres y que ningún régimen ateo logrará disolver. Más aún: hasta para impulsar las revoluciones ateas es preciso que estén en la vanguardia hombres buenos, idealistas; pero eso no basta para transformar a los demás hombres; pronto se filtrarán en las filas directivas de esa revolución individuos codiciosos y malos, y todo deberá comenzar de nuevo. La obra de Dios sigue otros caminos y, aun cuando todos sus minstros fueran malos, el triunfo divino prevalecería y, a través de servidores indignos, Dios seguiría dándose a los hombres. Sin embargo, el “Pater Whisky” hace justicia a la Iglesia y declara: “no debe usted pensar que todos sean como yo” (p. 245).

A PROPÓSITO DEL TENIENTE

El militar que dirige la persecución contra el “Pater Whisky” y que al final lo apresa y ordena su fusilamiento, merecería un estudio aparte. En cierto sentido, encarna la profecía de Cristo: “Tiempo llegará en que quienes os den muerte, creerán ofrecele a Dios un acto de alabanza” (Jn 16, 2). En realidad, el teniente se declara ateo, pero no cabe dudar de la rectitud de sus actos. Es un convencido, está seguro de que cumple con una labor de purificación social persiguiendo al último sacerdote que ejerce sus ministerio en Tabasco. ¿Qué fue de la educación cristiana que este militar había recibido en su infancia y adolescencia? Quedó desplazada por un adoctrinamiento laico mucho más sólido y consistente que la escasa materia religiosa que pudo recibir en la primera etapa de su vida. El fracaso a que está destinada toda catequesis insuficiente tiene en este militar una demostración viva, un ejemplo que lleva a pensar también en otras cuestiones de la incredulidad reinante en el mundo. Por ejemplo, el antitestimonio de los ministros –también alegado por el teniente–, las incoherencias de los creyentes, el limitado compromiso social de muchos practicantes, etc.

¿Y EL PADRE JOSÉ?

No vale la pena dedicarle muchas líneas a esta figura, pues no es fundamental en la novela, aunque sí la más despreciable; por algo Graham Greene la somete a burlas y rechiflas por parte de los niños. Con todo, cabe anotar que, aun en esta caricatura de hombre y de ministro del Señor, nada logra cancelar el carácter indeleble del sacerdocio. Hasta podría afirmarse que el tema más relevante de El poder y la gloria consiste precisamente en el reconocimiento de la grandeza que tiene el sacerdocio, a pesar de la miseria y bajeza de las criaturas en que se encarna.

UNA OBRA INQUIETANTE

A muchos ha escandalizado, desde su aparición en 1940, esta novela de Graham Green. Los más han superado el escollo, reconociendo en El poder y la gloria una de aquellas narraciones que no pueden dejar indiferentes porque circula por sus páginas una corriente de pensamiento vivo y profundo. “Desde el punto de vista de la fe –afirma Charles Moeller– es el libro más grande de Greene”[1]. No es una casualidad que así sea, ya que nuestro autor, convertido al catolicísmo en 1926, antes y después de esa resolución tranformadora, ahondó en la teología católica y, por supuesto, también en la teología del sacerdocio.


[1] Literatura del Siglo XX y cristianismo. Tomo I, pág. 380.

Nota. Las referencias de página de El poder y la gloria corresponden a la edición hecha por Luis Caralt Editor, S. A. Barcelona, 1976. Traducción del inglés: Guillermo Villalonga.

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Published in: on 29 mayo, 2010 at 2:32  Dejar un comentario  

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