EL CURA RURAL DE JOSÉ REVUELTAS EN LA NOVELA “EL LUTO HUMANO”

SIN UN MOMENTO DE VICTORIA

“Entonces, de rodillas, el agua tumultuosa arriba de la cintura, y sin que se lo propusiera, la resignada frase cristiana vínole a los labios:

–“Todo está consumado…

“No era un capitán de navío el que se abandonaba a la muerte, de rodillas sobre la cubierta sin tiempo. Era un pecador humano, antiheroico, transido por el mal, derrotado para siempre, caída la cabeza hasta lo más profundo del desconsuelo y de la pena.

“¿A dónde, cómo, por qué caminos demoníacos su gran equívoco? Ya por delante no había nada qué vivir. Apenas algunos minutos u horas de desesperada angustia, vacíos e inútiles. Porque ocurría que, próximo a la muerte, se le revelaba la esterilidad monstruosa de su existencia sin sentido. Todo su pasado era una error triste donde no hubo un solo momento de victoria” (pp. 99-100).

Con estas aplastantes palabras anuncia José Revueltas la muerte del cura, uno de los personajes fundamentales de su novela El Luto Humano. Y más que anunciar la muerte de un individuo, proclama la inutilidad absoluta, la suprema derrota y la necesaria desaparición del sacerdocio católico. Es el comunista quien escribe, y lo hace coherentemente con su ideología y con sus propias perspectivas historico-filosóficas. Por eso es importante que analicemos el papel y significado que otorga José Revueltas al cura de su novela. Lo llamaremos así, simplemente “el cura”, porque el escritor se refiere a él con esa denominación genérica, sin darle nombre ni apellido, como si se hubiera propuesto acentuar la dimensión simbólica que le confiere.

¿Quién es ese sacerdote y cuál el significado de su figura? ¿Cómo ha llegado hasta el punto pavoroso en que lo encontramos? Para comprenderlo, necesitamos partir de una somera visión de la novela en lo que constituye su contendo anecdótico, su estructura formal y el tono dominante en la narración.

POCAS COSAS, PERO TERRIBLES

Tremenda y dolorosa como su propio nombre, El Luto Humano es una novela donde suceden pocas cosas, pero tan terribles que de ellas emana una como atmósfera densa, oscura, irrespirable, donde la muerte es el único personaje omnipresente, con su secuela de sufrimiento, ruina y desesperanza.

La muerte de una niña –Chonita– es la circunstancia por la que se ven juntos siete protagonistas de la novela: Ursulo y Cecilia (papás del “angelito”), Jerónimo y Marcela, Calixto y su mujer, y el sacerdote cuyo nombre no conocemos. Lluvias torrenciales han hecho que el río desborde su cauce anegando las tierras, y las aguas penetran en la miserable casita aislada donde está tendido el cadáver de la pequeña. En la más negra oscuridad, el grupo se dispone a huir en busca de salvación. La Calixta enloquece y es la primera en perecer. Los demás comienzan su angustioso éxodo llevándose el cuerpo de Chonita, y cargando también a Jerónimo, que durante el velorio se ha emborrachado perdidamente; será la siguiente víctima; luego sucumbirá el sacerdote. Los cuatro sobrevivientes continuarán su marcha torpe y desesperada, prolungando así la propia agonía, arrastrándose hacia una muerte absurda, desprovisa de toda solemnidad. Exhaustos y al borde de la locura, tras infinitos pasos en medio de ls aguas, vuelven a toparse con los muros de la casa de donde habían partido. Llenos de horror al certificarlo, aún les quedan fuerzas para trepar hasta la azotea, donde soportan varios días en espera de una muerte que al fin se les revela en la presencia atroz de los zopilotes. La conclusión resulta espeluznante: “Ellos (los zopilotes) parecieron meditar por un instante, pero luego, sin vacilación alguna, arrojáronse encima de sus víctimas” (p. 299).

El desarrollo circular de la novela abraza otra serie de episodios dramáticos, expuestos a través de visiones retrospectivas que nos permiten enterarnos de cuanto ha sucedido en esa región durante los años anteriores.

LA DESESPERANZA DE REVUELTAS

El procedimiento técnico empleado por Revueltas no es nuevo en la literatura al aparecer su novela; ya lo había empleado, por ejemplo, el norteamericano William Faulkner en Mientras yo agonizo. Tampoco hay novedad en la temática de El Luto Humano que, aunque se publica en 1943, bien puede sitarse dentro de lo que llamamos convencionalmente “novela de la Revolución”. La novedad de El Luto Humano es otra. Hay que buscarla en el afán consciente y constante de Revueltas de dar a los acontecimeintos narrados nuevas claves de significación. “El propósito evidente de Revueltas –escribe Jorge Ruffinelli– consiste en superar, dento de la propia novela, la significación que se desprende usualmente de los hechos: de ahí el conjunto de desplazamiento –símbolos, metáforas, imágenes– dispuestos con la función de construir un nivel denso de sentido”[1].

Ese nuevo sentido que Revueltas da a los episodios que narra es la aplicación de su propia filosofía de luchador desesperanzado y cultor de la desesperanza. Es bien sabido que el extremismo y rigor de su personal ideología le provocó choques radicales incluso con el Partido Comunista, a pesar de que había comenzado a militar en él desde los 14 años.

“Aparte de su materialismo fatalista y estático –observa James East Irby– la filosofía del autor se define por su concepción agónica y desesperanzada del mundo, según la cual el hombre sólo alcanza su verdadera calidad humana a través del dolor y la soledad, el reconocimiento de la ausencia de verdades absolutas y de una razón de vivir, y la responsabilidad en lo invidual, por todas las culpas de todos los hombres. De ahí la prefencia de Revueltas por los bajos fondos, por las criaturas de la miseria, por los ‘ofendidos y humillados’ de que hablara Dostoievski, por la vida del oscuro campesino y del anónimo habitante citadino, sumergidos en la pobreza, condenados a una lenta descomposición moral y física o una muerte repentina y violenta”[2].

La afirmación anterior pudiera tomarse como una apreciación arbitraria, si no lo dijera, casi con las mismas palabras, el propio Revueltas:

“El hombre se martiriza buscando verdades absolutas. Pero lo importante no es que tales verdades no existan, sino que exista esa propensión del hombre a buscarlas. ¿Qué significa esa propensión? Que el Hombre necesita una asidero para defenderse del Infinito. Cuando descubre esas falsas verdades absolutas que son el Amor, la Justicia, la Libertad, etc…, respira descansadamente y con el placer de un cerdo que ha terminado de hozar en el lodo. ¿Por qué?, porque ya tiene una esperanza y una razón de vida; porque ha dejado de ser un hombre verdadero. El hombre debe vivir sin esperanza. Debe saber vivir sin esperanza alguna, de ninguna especie. Eduquémonos para esa vida totalmente desesperanzada”[3].

He querido aludir a esta filosofía de la desesperanza –radicalmente opuesta al cristianismo–, porque así será más fácil entender el tratamiento aniquilador y cruel que José Revueltas le da a su personaje sacerdotal.

INCAPAZ DE SALVARLOS

No obstante que Chonita ya esta muerta, Cecilia obliga a su marido a que vaya en busca del sacerdote, el cual vive lejos, al otro lado del río. Ursulo llega primero a la casa de Adán, su rival, y obtiene que éste lo acompañe, olvidando por el momento sus rencores.

“–Venimos por usted” –fue Adán el que habló cuando se encontraron frente al cura. El sacerdote sintió el impulso de negarse, le parecía absurdo acompañarlos. “Iba a oponer ya su objeción: ‘Perdónenme hijos míos…’, pero la sencillez abrumadora de aquellos hombres salidos de la noche impedía cualquier esfuerzo” (pp. 27-28). Decidió que era preciso ir con ellos: si sus propios pies le hacían recordar los de Cristo –clavados sin remedio– allí estaban también, como un símbolo más, los de Adán, humildes y los de Ursulo. Ya en camino con ellos, el padre recordaría que Jesús fue herido también en las manos. “Y de las manos sale el trabajo, la dura azada, el varonil martillo” (p. 34). Al recibir de aquellos hombres un trago de mezcal, pensó en el vinagre que bebió Cristo antes de su muerte: “Porque el hombre tiene sed junto a la muerte. Y podía explicarse entonces, con una claridad iluminada, que estos dos seres y los centenares y millares que poblaban la tierra contradictoria de México, juntos a sus muertos, silenciosamente, amorosamente, bebieran siempre su alcohol bárbaro e impuro, sus botellas de penas” (p. 34). El país entero, ¿qué era sino un país de muertos caminando, hondo país en busca del ancla, del sostén secreto? (cfr. p. 31). El, el sacerdote, así lo sentía, experimentando su inutilidad ante aquella muerte sin esperanza. “Su iglesia estaba ahí caminando con aquellos hombres. Su iglesia viva, sin ubicación, junto a la muerte mexicana que iba y venía, tierna, sangrienta, trágica” (p. 37).

Agobiado por una culpa misteriosa que luego se nos revelará, el sacerdote penetró en la casa de Ursulo, y allí, junto a Chonita, percibió más intensa que nunca la sensación de su incapacidad. “Dábanle pena aquellas pobres gentes reunidas por la fe. Pobres gentes que creían en la pobre capacidad de él para salvarlos” (p. 59).

Minutos más tarde, ante la inminencia del éxodo (el agua había invadido la casa), Marcela se dirigió al sacerdote: “ –¿Cómo salvarnos?”, y él no pudo proferir más que un vago e inconsistente consuelo. “Ella me hablaba –pensó luego– de cómo slavarnos, y yo no he podido contestar nada” (pp. 6-67).

Emprendido ya el éxodo, “algo quiso decir el cura, porque volviendo el rostro por última vez, abrió los labios y con voz trémula, transido por el llanto, intentó alguna palabra, pero un gesto colérico de Ursulo lo contuvo. Temblaba el cura y sus pequeños ojos eran de infinito desconsuelo” (p. 81).

Hacia el final de la novela comprenderemos los motivos profundos de aquel gesto indignado de Ursulo.

El capítulo sexto (son nueve en total), nos da cuenta de la muerte del cura. Una descripción que al mismo tiempo va reviviendo episodios del pasado, descrifrándolos, intensificándolos. De ese modo nos enteramos de lo que ha sido la vida del sacerdote, siempre entre la duda y el anhelo, la entrega y el desengaño, la audacia y la cobardia, sedimentándose cada vez más, en el fondo de su espíritu, la convicción del fracaso, la evidencia de su inutilidad.

“Palpándose el pecho, hasta su mano llegaba la sequedad del alma. Alma amurallada con círculos infinitos, del uno al mil, del mil al millón, sin luz dentro, con tinieblas atroces qeu no dejaban ver, que no dejaban respirar. Era terrible darse cuenta de la derrota, y la satánica inteligencia repetía ahí la verdad indudable: corazón amurallado, sin luz, que transcurrió por la vida inútilmente, estérilmente, como sobre un desierto, no dejando huellas, ni rama, ni sombra, ni abrigo” (p. 100).

En la cadena de sus recuerdos, algunos se le presentaban con demoledora intensidad. Aquella primera duda, por ejemplo, allá en Santo Domingo de Oaxaca, “uno de los templos más vivos de la tierra”. Era todavía seminarista la vez que, mientras subía las escaleras que dan al coro, escuchó lo que parecía un canto en doloroso falsete. “Al dirigir su vista hacia las naves distinguió, allá abajo, a un hombre arrodillado junto al reclinatorio, los brazos en cruz. De aquel hombre partía la voz desafinada y monorrítmica, triste como el silbar de una flauta de barro. Pero no era un canto. El hombe lloraba de rodillas, los brazos en cruz, con su pantalón de manta y la deshecha cobija. Lloraba en su lengua zapoteca lágrimas viejísimas. ‘Patroncito’, decía en español, y después las voces de su pueblo” (pp. 103-104). Después de tanto tiempo, una voz con lenguaje común le traducía al sacerdote las palabras zapotecas que entonces no había comprendido: “Patroncito, hay muchas lágrimas. Sólo lágrimas, patroncito. Mi gente se enferma y muere. Llora mi mujer. Lloran mis hijos. Yo estoy llorando para que tú me veas” (p. 104). No las había comprendido aquella vez, pero desde entonces llevaba consigo la que había sido su primera duda: “‘Lo amarás sobre todas las cosas’. ¿Y por qué caminos? ¿Con qué herramientas de amor, si el amor era un sentimiento vedado para el hombre” (pp. 104-105).

Otros recuerdos denunciaban la flaqueza de su carne, como el de aquella noche en que sucumbió a medias ante la seducción de una mujer que lo había llamado con el pretexto de los sacramentos. Tras esa media caída, sucumbió de lleno con Eduarda, la prostituta del pueblo, a pesar de que ella sólo le había ofrecido abrigo contra la lluvia, y aun se había cuidado de no inquietarlo: “Yo aguardaré aquí afuera para no tentarlo…”, le había dicho.

Más demoledor era el repaso, en su memoria de moribundo, de los episodios sangrientos que se registran durante la guerra cristera. Reviviéndolos ahora, sentía ahogarse por la certificacion de su soberbia e indiferencia. “Quieren crucificar otra vez a Jesús”, le había dicho a las gentes de su pueblo, y alguien le contó más tarde la historia de un pobre campesino, ignorante y desharrapdo (ni huaraches tenía) a quien los federales mataron porque andaba en la lucha. “Por qué ha de ser –había respondido el infeliz cuando lo interrogaron– si quieren matar a Diosito…” (p. 117). Episodios así aumentaban ahora la congoja del sacerdote, que recordaba con pena cómo entonces las mujeres “le besaban la mano otorgándole una dignidad ilegítima de jefe armado, de jefe sangriento, mientras los campesinos morían” (p. 116).

El recuerdo más atroz, el más cercano, ya no pudo concretarse en su memoria, pues la petrificación de la muerte se aproximaba al corazón.

“Era preciso gritar una palabra expiatoria, la misma que antes intentase gritar junto a Ursulo y sus compañeros.

–“¡Adán! –pensó decir entonces.

“Pero se recostó blandamente para desaparecer en el agua” (p. 121).

¿Cuál es esa culpa tremenda que no nos ha sido revelada? Lo sabemos al final del capítulo octavo, cuando ya sólo quedan cuatro sobrevivientes y están en la azotea de la casa de Ursulo. Desde allí descubrieron, flotando sobre las aguas, el cadáver de Adán. “Abrió los ojos desmesuradamente… Ahora recordaba al cura asestando la bestial puñalada y escondiendo después los ojos en la noche” (p. 168).

Es el episodio más sobrecargado de tinta, definitivamente grotesco, aunque el último capítulo de la obra, donde están las claves interpretativas, le proporciona una cierta lógica terrible dentro del significado total que Revueltas le da a su novela. entonces comprendemos que se trata de una cobarde venganza por cuanto ha hecho Adán contra los cristeros durante el conflicto religioso.

NATIVIDAD, EL HOMBRE NUEVO

El último capítulo de El Luto Humano representa, como número de páginas, una tercera parte de toda la obra. Es desproporcionado, y produce en los lectores la impresión de que, en realidad, la novela se divide en dos grandes secciones: la primera (ocho capítulos), donde se narran los acontecimientos más cercanos en el tiempo, y la segunda (un único pero largo capítulo), que refiere sucesos pretéritos. Esos hechos pasados, sin embargo, no pueden desvincularse de cuanto se narra en los primeros capítulos, porque dan las claves principales para la interpretación total de la novela.

Los acontecimientos de la última parte de la obra giran alrededor de una huelga organizada por un grupo de inspiración comunista, entre los campesinos de un Sistema de Riego. Nos encontraríamos, por lo tanto, en el período inmediatamente posterior a la Revolución, cuando “el Gobierno central, preocupado vivamente de imprimir a la Revolución Agraria un sentido moderno y avanzado, había establecido en el país diversas unidades de riego, en tierras expropiadas al latifundismo” (p. 207).

Hay en la novela un explícito enjuiciamiento del modo como se llevó a cabo la Revolución Mexicana y a las circunstancias por las que se malograron muchos de los anhelados frutos de la misma. “La destrucción erige su voluntad y adelante no hay nada, pues la ceguera lo ocupa todo y hay un insensato placer en que el sembrado se convierta en pavesas y la semilla se calcine. La Revolución era eso: muerte y sangre. Sangre y muerte estériles: lujo de no luchar por nada sino a lo más porque las puertas subterráneas del alma se abriesen de par en par dejando salir, con un alarido infinito, descorazonador, amargo, la tremenda soledad de bestia que el hombre lleva consigo” (p. 245).

Pero acontece que el animador de la huegla mencionada –una tal Natividad – tiene fe en otra lucha. “¿Qué nueva Revolución eran sus palabras, su forma de situar las cosas, su amor?” (pp. 245-246). Obviamente, la revolución comunista.

“–Queremos, no la felicidad de un sólo niño, sino la felicidad y la salud de todos los niños del mundo…” (p. 249). Esta proclamación de Natividad no coincide con la filosofía de Revueltas; de hecho, no es más que un grito de euforia. En el pasaje donde se registran esas palabras, la narración continúa así:

“El entusiasmo no deja oír sus últimas palabras. Ha dicho una barbaridad. La huelga pretende, tan sólo, un aumento de salarios y la reducción de la jornada. Después de la huelga los niños pobres continuarán siendo enfermos y tristes y pobres. ¡Pero qué fuerza y qué extraordinaria y prodigiosa insensatez! Sus palabras son inmaculadas y puras, y la verdad que encierran no puede ser más grande. Son los pasos. Ahí está la bandera roja que pronto, con el sol y el aire, perderá color volviéndose tan humilde y desagarrada como los hombres que cobija” (pp. 249-250).

Natividad muere asesinado. Pero su figura permanece viva como símbolo del hombre nuevo postulado por Revueltas. El nombre de Natividad alude al nacimiento, a un nuevo comienzo.

Adán, el asesino, el hombre bárbaro e impenetrable, es símbolo de un pasado destinado a desaparecer por completo.

De Cecilia, el novelista dice expresamente que simboliza la tierra de México; por eso el verdadero amor de Cecilia había sido Natividad.

En cuanto al cura, queda al margen de toda significación que no sea el sentido de una institución sin sentido. La fe sobrenatural no tiene cabida en la mentalidad de Revueltas, y su personaje sacerdotal tampoco es un verdadero creyente. En la valoración que hace el novelista, la Iglesia misma es ya un pasado, la memoria de una aspiración que no llegó a prosperar, y el espectro de una persistencia terca y absurda: “El pueblecito tuvo sus altas y sus bajas, hasta la baja final, cuando ya no había remedio y emigraron todos, huyendo, en busca de otra tierra, y solamente el cura silencioso, hermético, quedó en la iglesia, muriéndose de hambre, abandonado por su grey” (p. 264).

La crítica que hace Revueltas del proceso de evangelización en México es directa y despiadada:

“Hiciéronlo mal los españoles cuando destruyeron, para construir oros católicos, los tempos gentiles. Aquello no constituía realmente el acabar con una religión para que se implantase otra, sino el acabar con toda religión, con todo sentido de religión. La Colonia Española, muy rápidamente hecha a las trapacerías –tal vez a partir del ejemplo establecido por Cristóbal Colón, casuístico y chapucero–, pudo engañar con facilidad relativa a los altos dignatarios de la Iglesia, tanto en Roma como en la Península, mediante informes desmesurados a propósito de la ‘conversión’ de infieles. A los juristas teológicos de la Colonia importábales más el canon que los espíritus y si la letra era respetada, bien podían los índigenas continuar indólatras en el fondo” (pp. 272-273).

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Nota: Las referencias de página de El Luto Humano corresponden a la primera edición hecha por la Editorial Novaro, S.A., México, 1967.


[1] Jorge Ruffinelli: José Revueltas. Ficción, política y verdad. Universidad Veracruzana, Xalapa, Ver., México 1977, p. 58.

[2] James East Irby: La influencia de William Faulkner en cuatro narradores hispano-americanos (Tesis Escuela de Verano), U.N.A.M., México, 1977, p. 114.

[3] “Libretas de apuntes” de José Revueltas, citadas por Jorge Ruffinelli, op. cit., pp. 74-75.

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Published in: on 26 mayo, 2010 at 2:16  Dejar un comentario  

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