LOS SACERDOTES EN “LA FERIA” DE JUAN JOSÉ ARREOLA

Doblemente justifica su nombre la pintoresca novela en la que Arreola trazó el retrato de su pueblo natal. En primer lugar, porque el hilo conductor de la obra son los preparativos y realización de la feria de Zapotlán (Jalisco), en honor del santo patrono. Y también porque la técnica empleada en la novela –a base de pequeños cuadros– ofrece a los lectores la sensación de encontrarse en medio de una gran feria por la que circulan los más variados tipos humanos y se registran las más inesperadas situaciones.

Protagonista de La Feria es el pueblo mismo, con sus distintos personajes. Un papel importante lo desempeña el señor Cura; al lado de él –o en contra– hay otras figuras sacerdotales que también son determinantes en el desarrollo de la novela.

UN LÍDER EN CRISIS

No cabe dudar del empeño sincero con que este señor Cura procura cumplir con su ministerio. Las dudas pueden plantearse respecto a la eficacia de sus medidas pastorales. Muchos indicios dejan entrever que se trata de un líder en crisis, por no decir que en franca decadencia. Sus actitudes son reflejo de la inseguridad interior. Tomemos como ejemplo su actitud en el confesonario:

Es evidente su infructuoso afán por mantener un cierto control de las conciencias: ¿Dijiste todos tus pecados?” “¿Cada cuando te confiesas?” “Bueno. Desde ahora vas a confesarte cada ocho días. ¿Me entiendes? Ve a rezarle ahora un rosario a la Virgen…” (p. 13). A un penitente que tenía dudas sobre el significado de una palabra, lo interroga: “¿Dónde la oíste? ¿Por qué no has venido a confesarte?” (p. 126).

Más interesante es observar sus reacciones cuando los penitentes se acusan de pecados contra la pureza. La insistencia con que indaga preguntando detalles es obsesiva, no exenta de cierto interior solazamiento, por más que concluya con un gesto de alarma.

“–Me acuso Padre de que aprendí una canción.

“–¿Cómo dice?

“–Me da vergüenza…

“–¿En dónde te la enseñaron?

“–Los de la imprenta.

“–¿Cómo dice?

“–Soy como la baraja… Y luego una mala palabra

“–¿Cuál?

“–Caraja…

“–¿Qué sigue?

“–‘Como que te puse una mano en la frente, tú me decías –no seas imprudente…’

“–¿Y luego?

“–Otra vez ‘soy como la baraja…’

“–¿Y luego?

“–Otra vez ‘soy como la baraja…’

“–Sí, pero ¿después?

“–‘Como que te puse una mano en el pecho, tú me decías por ái vas derecho…’

“–¡Válgame Dios!” (p. 38-39).

Como en este ejemplo, hay otra decena de pasajes en que encontramos al señor Cura confesando, y su actitud es la misma: con insistencia morbosa pregunta detalles y al final muestra su desaprobación, acaso con aspavientos. En un caso en que se trata de una adivinanza sucia, él indaga: “Dímela” “¿Qué más?” ““–¿Quién te la enseñó?” (p. 16). Al penitente que confiesa haber compuesto un versito malicioso, lo interroga: “–¿Cómo dice?” (p. 42). Y al que se acusa de haber escrito un cuento indecente le pregunta con mucho interés: “¿De qué se trata?” (p. 142). Por el enfoque irónico con que están narrados esos episodios las circunstancias resultan a veces chuscas, como en aquel pasaje en que uno de los fieles se acusa de haber leído dos libros pornográficos:

“–¿Son de tu papá?

“–No. Estaban en unas cosas de un tío que se murió.

“–Ah… Tráemelos mañana mismo a la sacristia. Vas a rezar cinco rosarios de penitencia” (p. 58).

Dejando aparte lo que esos pasajes nos revelan del mundo interior del señor Cura, también son pruebas de una actitud pastoral malsana, condicionada por una evidente subversión de valores. El Zapotlán que describe Arreola es el clásico pueblo grande donde la corrupción prospera a pesar de la aparente religiosidad o tal vez a causa de la misma en cuanto que todo es apariencia, formalismo social y tradición sin compromisos vitales. Una religiosidad cuyo culto supremo es una feria y cuya moral vacía oscila alrededor de un solo mandamiento, el sexto.

Buen número de los fieles de Zapotlán, según aparecen en la novela, practican un cristianismo absurdo, sin relación con la caridad y la justicia social; vinculando el propio anhelo de salvación eterna al falso poder de unas cuantas prácticas pseudorreligiosas, al proyecto de arrepentimiento final y a una interesada beneficiencia a favor de la Iglesia. Aquel licenciado cuya muerte es mencionada en La Feria, se había echado el compromiso de los gastos principales para la fiesta del santo patrono; pero explotaba a sus deudores, y a las gentes que trabajaban con él les pagaba lo que quería (cfr. p. 47). El galán desenfrenado que sembraba niños “haciéndoles el favor a las que se dejaban”, es un cínico que aun le reza a Dios y trata de justificarse: “yo cumplí mi palabra y doy a la iglesia todo lo que puedo, a los pobres no, porque a lo mejor son unos sinvergüenzas…” (p. 86).

Tipos así son los que pueden hallarse en una sociedad que, no obstante los buenos inicios de su cristianismo (cuando el franciscano Fray Juan de Padilla, con la ropa hecha garras, catequizaba y promovía el progreso), no contó después con un clero abnegado e inteligente, sino superficial y conformista. Tal es la dura constatación del señor Cura de Zapotlán, que solía subir al cerro para mirar desde lo alto la tiera de promisión que Juan de Padilla había contemplado con ojos apostólicos y que ahora él veía transformada en un río de estulticia e iniquidad: “Juan de Padilla te prometió, Señor, las almas de sus moradores. Venía con el hábito raído y con las sandalias deshechas, y bendijo desde aquí la tierra virgen, antes de sembrarla con Tu palabra. Yo soy ahora el aparcero, y mira Señor lo que te entrego. Cada año un puñado de almas podridas, como un montón de mazorcas popoyotas…” (p. 15).

UN ACERCAMIENTO A LA LUZ

Un episodio casual hace que el señor Cura se aproxime a la luz de la verdad. Desde la primera página de La Feria se nos da a conocer un problema que existe en Zapotlán: la injusticia cometida contra los índigenas tlayacanques, a quienes se les ha despojado de sus tierras, pisoteándoles sus derechos incuestionables y bien documentados. Empobrecidos por el despojo sufrido desde los tiempos de la colonia, viven sin voz ni voto, perdiendo los paupérrimos bienes que les quedan en inútiles pleitos judiciales, padeciendo el menosprecio con que los miran las llamadas “gentes de razón”.

El episodio a que quiero referirme es narrado por uno de los tlayacanques:

“–…Déjeme que me acuerde… sí, fue un año de mucha seca. Desesperados ya de que no lloviera, sacamos al Santo Patrono sin permiso de las autoridades. Ya saben, nosotros siempre hemos sido muy creyentes… Un coronel que era Jefe de Plaza nos llamó la atención porque estaba prohibido sacar al Santo. Pero nos dio a entender que podíamos hacerlo si pagábamos una multa, cada que quisiéramos. Fuimos con el señor Cura para que nos aconsejara, y entonces a él se le ocurrió que a nombre de nosotros le reclamáramos al Gobierno la casa del curato. Se había quedado con ella desde en tiempo de los cristeros, y primero fue cuartel y luego oficina de los agraristas. Antiguamente, antes que de la iglesia esa casa del curato fue de nosotros. Y así nos fuimos a decirlo a México con los papeles en la mano, porque todas las casas y capillas que teníamos, también nos las quitaron. Las vendió el municipio como si fueran suyas. Y un señor allá en México nos atendió muy bien. No nos devolvió el curato, pero viéndonos indios nos preguntó que si teníamos tierras. Le dijimos que no, que nos las habían quitado, y cómo y cuándo. Entonces él nos dijo: ‘Píquenle por allí’. Y nos dijo que el gobierno estaba haciendo justicia. Dejamos lo del curato por la paz y resucitamos el pleito de 1909. Ya ven ustedes, la ocurrencia fue del señor Cura, pero yo creo que fue más bien de Señor San José” (pp. 31-32).

Está visto que fue una mera casualidad lo que puso al señor Cura en contacto con los tlayacanques; más aún, es claro que él buscaba sus intereses. Pero esa casualidad lo llevó a una saludable  modificación de su postura: aún cuando el asunto del curato no se resolvió, él siguió apoyando la causa de los indígenas; se puso de parte de ellos, comenzó a darles ánimos y obtuvo que también otras personas influyentes se pusieran a favor de los tlayacanques.

La novela termina sin garantias de triunfo para la causa de los indígenas; antes bien, todo hace suponer que una vez más quedarán sumidos en la desilusión y en el despojo. La colaboración del Señor Cura ha sido ineficaz y tardía; sin embargo, su figura de sacerdote ha recuperado parte de su genuina dimensión  de servidor y aliado de los más indefensos. Como veremos en seguida, pagará en carne propia el precio de su repentina toma de conciencia.

LA CALUMNIADA COMPAÑÍA DE JESÚS

Los tradicionales prejuicios contra la Compañía de Jesús hacen su aparición en La Feria dando lugar a una figura que es, indudablemente, la más desagradable de la obra: un padre jesuita por cuya acción intrigante es removido de Zapotlán el anciano señor Cura. La Compañía de Jesús, tantas veces agredida, a lo largo de la historia, recibe una estocada más por parte de Arreola; escotada venenosa, con el filo de la ironía. Leamos este párrafo:

“–Estábamos fritos, o como decía mi abuelo, peidos de la caifasa. Ya tenemos dos alcancías para llenar en este año. Estoy de acuerdo con la primera, que es un puerquito de barro que nos trajo el Jefe de Manzana: ‘Llénenlo aunque sea de puros centavos de cobre, es para la Función de Señor San José’. Pero ahora nos mandaron los jesuitas una cajita de madera que es para la reconstrucción del Seminario nuevo: ‘…de donde habrán de salir los sacerdotes que tanta falta nos hacen y que son el cuerpo vivo de la Iglesia…’ Yo le dije a mi mujer que no más le echara dinero al puerquito, al fin que es para la feria y todos la vamos a disfrutar. En la cajita de madera les voy a poner un recado a los jesuitas diciéndoles que se la llenen los ricos, al fin que ellos son los que más bien se llevan con el cuerpo vivo de la Iglesia…” (pp. 72-73).

¿Cuáles son los manejes del jesuita para provocar el retiro del señor Cura? No podía ser más breve y eficaz la forma como Arreola nos informa de esto: se limita a intercalar, como otros tantos fragmentos de la novela, unas pocas cartas que el religioso dirige presumiblemente a sus superiores, con una acusación cada vez más precisa contra el señor Cura, a quien acaban por tachar de locura senil, recomendando se provea secretamente para que lo retiren de Zapotlán. El estilo de esas cartas destila hipocresía y maldad refinada, dejando entrever el móvil de la envidia y el interés, fundamentalmente con el temor de que se altere un orden constituido. El lector puede certificarlo en las páginas 149-150; 155-156 y 169-171.

LO QUE SE QUEDA EN EL TINTERO

Es inevitable que se quede en el tintero una buena parte del material que ameritaría comentario. Concluyo con una somera relación de ese material, pues la simple enumeración de algunos detalles ayuda a que se comprenda mejor lo que este libro –o mejor dicho su autor– reprueba de los eclesiásticos: los abusos que se comenten al amparo de la profesión clerical (cfr. p. 29); lo pomposo de las ceremonias religiosas, en escandaloso contraste con la condición de los pobres (cfr. pp. 188 y 192); la postura política más en la defensa de los bienes materiales que de la libertad religiosa (cfr. p. 25); la oscura administración de las limosnas, origen de prejuicios (cfr. p. 172); el trato privilegiado para con los creyentes ricos (cfr. pp. 49, 52 y 197); el temor de lastimar la sensibilidad de los influyentes o adinerados (cfr. p. 190). Y todo lo que se deriva de los detalles enumerados; insensibilidad ante el deber de la justicia social; conservación de una religiosidad aparente sin una tarea de cristianización integral; conformismo; interés material; desunión e ignorancia.

Este profuso elenco podría llevar a la conclusión de que aquí a los sacerdotes “les va como en feria”, según una frase muy popular. La verdad es que no todo son vituperios para la profesión sacerdotal. Los detalles elogiosos también son abundantes, y todo deja entender que hay por parte de Arreola una sustancial estima de la genuina misión del sacerdote. De quien mucho se espera, mucho se critica.

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Nota: Las citas empleadas en este capítulo están tomadas de: Arreola, Juan José: La feria, F.C.E., México, 1975.

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Published in: on 20 mayo, 2010 at 2:10  Dejar un comentario  

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