FIGURAS SACERDOTALES EN “HÉCTOR”, NOVELA DE JORGE GRAM

“Cuando hayas sentido y amado lo que este libro pretende hacerte amar y sentir, levanta tus ojos y mira a tu alrededor… Examina el Oriente y el Ocaso: escudriña el Mediodía y el Septentrión…

“Y doquiera descubras que un pueblo o una raza, o una casta o una tribu, agoniza en el tormento, vuela hacia allí y revela a las víctimas el dogma sagrado de las resistencias heroicas”.

Con estos dos párrafos firmados en Amsterdam el año de 1928, presenta Jorge Gram su más conocida novela, Héctor, un válido intento de epopeya moderna basada en los sucesos históricos que calificamos como “resistencia cristera”.

Tres notas positivas se pueden adjudicar a esta novela: su valentía pues encara sin reticencias la responsabilidad de quienes, con su clerofobia y furor persecutorio provocaron la resistencia armada de muchísimos católicos, y el consecuente derramamiento de sangre; su veracidad porque el autor traspone en términos novelísticos, episodios que fueron una palpitante realidad en el período de la lucha cristera, de 1926 a 1929; su agradable estilo, un tanto tradicional, es cierto, pero no por ello menos apreciable. La novela, por otra parte, no carece de unidad y fuerza narrativa. El héroe protagonista, Héctor, está trazado con líneas vigorosas. No alcanza literariamente hablando, la dimensión de los personajes-mito, pero si llega a encarnar con eficacia el símbolo de las “resistencias heroicas”. Héctor es representante de una juventud virtuosa y creyente capaz de poner sus bríos al servicio de una causa elevada y justa. Idéntico testimonio es ofrecido por la simpática Consuelito Madrigal, la heroína.

Tres figuras sacerdotales que participan en los acontecimientos narrados en la novela, son muy distintas una de otra y revelan diferentes posturas frente a los hechos.

La ciudad de Zacatecas sirve como escenario principal de la acción, que a lo largo de las páginas va intensificándose como toda materia épica, ampliando sus horizontes.

Y vayamos al grano con un somero comentario sobre la actitud de los tres sacerdotes que sobresalen en la obra. En el padre Martín vamos a ver la imagen de un sacerdote que, a pesar de su fidelidad en el ministerio, se muestra cobarde y aburguesado, contrario a la Liga de Defensa Religiosa, exclusivamente por una interesada prudencia humana que acabará por ser su ruina. En el padre Andrés Posada, cura de Paracho, veremos representada la tesis pacifista: partidario hasta el final de una actitud paciente ante la violenta agresión a la libertad religiosa, a la hora de su martirio modifica su propia visión de las cosas y se declara culpable de no haber apoyado la legitimidad de una defensa armada; en este viraje se perfila ya la tesis que el autor desarrolla abiertamente y que encontraremos encarnada en el instruido y animoso padre Gabriel Arce.

I. EL PADRE MARTÍN

La primera vez que Jorge Gram habla de él, nos presenta la figura de un “sacerdote corpulento, revestido de amplia sotana, con roquete de finísima labor, en la cabeza un bonete con vivos rojos…” (p. 3). Estos trazos genéricos los vemos completados y matizados conforme advertimos su actuación y escuchamos sus palabras. En el capítulo XIV (de título muy atinado: “Merengue”), hallamos al sacerdote en frívola tertulia en la casa de un rico: Soberón. A la pregunta de doña Leonor, que le pide su opinión sobre la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, el padre Martín responde con palabras que lo retratan certeramente:

“–Pues, hombre…; le diré a usted, esos señores son muy buenos, yo los quiero mucho; pero no me parece el sistema. Todas esas cosas no hacen sino exasperar más al Gobierno y dificultar más la situación. Cayendo y levantando, así la vamos pasando; esa es nuestra condición, no hay que soñar con otro género de vida, somos mexicanos, no tenemos compostura. A mí me han pedido mi apoyo e influencia estos señores de la Liga. Yo, naturalmente que les digo que estoy con ellos, enteramente a sus órdenes. Cómo los iba a desconsolar, pobrecillos, y más cuando los quiero tanto; pero, ¡qué voy a meterme en esos enredos!… Eso sería comprometer nuestras asociaciones, que son lo poco que nos ha quedado” (p. 90).

Como vemos, es un sacerdote conformista y convenenciero, pusilánime y diplomático. “Hombre de amplia vida social –leemos–, canónigo desde sus mocedades, visitador nacional de las Conferencias de san Vicente de Paúl y camarero secreto del tiempo de León XIII. Hombre, pues, respetado por medio mundo, estimado por las gentes devotas y adorado por las familias ricas que nadan entre dos aguas en los graves momentos históricos” (p. 87).

Un sacerdote como éste, que no ve mucha distancia entre ministerio y vida de sociedad, es normal que se oponga a cualquier movimiento que signifique peligro para su postura cómoda y su aparente prestigio entre las familias adineradas. El fervor con que defiende los intereses del rico Soberón, se vuelve acritud y desprecio para el movimiento cristero cuando Héctor solicita de él una intervención, una palabra de apoyo.

“–… Usted debe ser quien nos recomiende y nos apoye con los católicos ricos. Eso es lo que pedimos de usted” (p. 147).

La respuesta del padre Martín es, primero diplomática: “Necesito pensar mucho lo que he de responder…” (p. 147); luego agresiva: “¡Ustedes lo que están haciendo es que nos están acabando de zambutir en la camisa de once varas en que nos han metido los obispos!” (p. 148); después cortante: “Mire usted, joven: es inútil que discutamos. Disentimos desde los mismos principios. Yo siempre he sido amigo de la paz” (p. 149); y por último explosiva: “…si usted se obstina en seguir, entonces tendrá que estrellarse conmigo… Y, óigalo, tendrá usted dos grandes enemigos a quienes combatir. Esos dos enemigos serán… ¡Calles y el padre Martín!” (p. 152).

La entrevista había tenido lugar en la casa del sacerdote, “en una amplia sala, despacho a la vez que recibidor, con grandes sillones forrados de seda raída, consolas externas cubiertas de baratijas y de santos con nichos de vidrio”; el eclesiástico había hecho su aparición llevando un atuendo claramente burgués: “envuelto en un balandrán gris, cubierta la cabeza con una especie de gorro frigio y arrastrando unas babuchas rojas bordadas de oro viejo” (p. 145).

Pronto habría de dolerse de su mezquina conducta. La ocasión llegó cuando el coronel Pedro Téllez, por mal nombre Pelotes, recibió la orden de organizar una manifestación de apoyo al presidente Calles.

Con borrachos, vagos y militares disfrazados de civiles, se las arreglo Pelotes para cumplir con la orden, y hasta discursos hubo, y tambora y platillos. En la euforia de aquella pantomima, el borracho Fanfarrias arengó a la infame comitiva instándola al saqueo: “¡Muchachos, atásquense ahora que hay lodo…!

“Y sin más ni más, a lo ciego, a lo bruto, como un río que sale de madre, se echaron sobre la casa del padre Martín, subiendo la escalera en medio del más horrendo estrépito…” (p. 187).

El desventurado canónigo, más digno de lástima que nunca, hizo un intento desesperado de comunicarse telefónicamente con el general Ortúzar: “¡Dígale que soy su amigo el padre Martín, que pido auxilio, porque me están asaltando…!”

La voz de un oficial trasmitió la respuesta:

“–Dice el general que vaya el padre Martín a tiznar a su madre, que él no tiene ningún amigo cura…” (p. 188).

Apenas tuvo tiempo de sacar de la cómoda una gruesa cartera con valores y, “sin encomendarse ni a Dios ni al diablo”, temblando de rabia, de pavor y de vergüenza, se dio a la fuga. Brincando de azotea en azotea, magullando su cuerpo, raspándose todo, por fin se vio en la calle. Estaba seguro de encontrar refugio en la casa de su amiguísimo Soberón. Pero la criada de aquella mansión rica “se conformó con darle, por el ojo de la llave, este recado sencillo:

“–¡Que dice la señora que no le puede abrir, porque se compromete!” (p. 189).

Dos muchachos pobres, miembros de la Liga, encontraron al padre Martín sollozando, en el colmo del desengaño, sentado en la orilla de una banqueta. “Lo animaron, lo consolaron y le invitaron a guarecerse en la casa de ellos. El padre Martín no aceptó. Sólo permitió que lo acompañaran al Hotel Francia, en donde se instaló aquella noche, en la cual tomó la resolución de ‘abandonar la infeliz tierra y botarse para los Estados Unidos’. Y al siguiente día, a la hora cruda de la madrugada, sin volver los ojos a su barrio como los fugitivos de Pentápolis, con todo y sus babuchas de oro viejo, tomó el camino de la estación, sin más equipaje que su fado de billetes y valores” (p. 189-190).

II. EL PADRE ANDRÉS POSADA

“Fácil para reír como para regañar, conservaba en todas sus lunas un fulgurante corazón de oro, única riqueza de que no se despojaba, a pesar de su inaudito desprendimiento” (p. 61).

Tal era el padre Andrés Posada, cura de Paracho, Michoacán. Al igual que el padre Martín, se declaraba pacifista, pero sus motivos eran muy distintos. “¿Miedoso? ¡Qué esperanza! –decía de él su compadre Tomás Anzures–. Se lo echo de gallo a cualquier generalito de éstos; pero es un santo y nomás nos dice que hay que perdonar, y perdonar siempre…” (p. 63).

Ya se ve que no es cobardía sino caridad lo que mueve a este sacerdote pobre y abnegado a preferir una radical interpretación del Evangelio, donde suena muy claro aquello de “devolver bien por mal” o de “abofeteados, presentar la otra mejilla”. Pero a Jorge Gram le interesa que su novela sea, además de testimonio histórico, apología de la resistencia armada, entendida como legítima defensa y justificada por la razón y la Revelación. Por eso, antes de narrarnos el injusto apresamiento del padre Andrés, nos presenta al sacerdote sacudido por la duda, aguijoneado por el filial reproche que le hace su compadre Anzures, y finalmente deslumbrado por la claridad que encuentra en un pasaje bíblico: capítulo III del primer Libro de los Macabeos, versículos 58-60.

Acababa de cerrar la Biblia, y se disponía a dormir cuando llegaron los esbirros para hacerlo prisionero. La página que él mismo había señalado con un cartoncito, completó el elenco de cargos que se hicieron en su contra. Recluido en un cuartucho, adivinando que iba a ser inmolado, el padre Andrés comenzó a repasar los recuerdos de su propia existencia, “vida de satisfacciones purísimas, tronchada en un momento por la hoja fría del odio sacrílego. El Cura sintió un nudo en la garganta. Sus recuerdos más vivos eran de aquella tarde, cuando su compadre don Tomás Anzures, también llorando le exponía la vergonzante pasividad de los buenos ante la ignominia presente. Las palabras del ranchero resonaron de nuevo en sus oídos con una distinción y exactitud extraña. Resonaron todas, una a una, con sus diversos matices, con su creciente intensidad. Y el Cura recordó también con humildad su propia respuesta… Y después… ¡aquel libro!, la Biblia, ¡la Sagrada Escritura!, que repetía casi textualmente las palabras generosas y valientes del humilde ranchero, a las cuales él, el párroco, se había obstinado en contradecir…” (p. 119).

Horas después, a las dos de la madrugada, el padre Andrés era conducido por un grupo de militares hacia las orillas del pueblo. Con él se llevaron también a dos rancheros por el único “crimen” de haberse mostrado compasivos con el sacerdote.

A mitad de su propio viacrucis el padre Andrés rezó con fervor: “¡Dios mío! Por aquella omisión, te ofrendo mi vida. Recíbela y perdóname” (p. 121).

Fue el primero en ser fusilado. En seguida cayeron también los dos campesinos. Y, a no mucha distancia de ese lugar fueron recogidos después los cadáveres de dos ancianas, hermanas del sacerdote, que se habían atrevido a seguir los pasos de los esbirros para saber qué le hacían al padre Andrés. Fueron cinco víctimas las de aquella dolorosa madrugada: “Dos mujeres: la inocencia y la debilidad; dos campesinos: la pobreza y el trabajo; un sacerdote: el amor” (p. 123).

El sacrificio no fue inútil. A don Tomás Anzures le urgía una respuesta del sacerdote mártir, una autorización a defender con las armas los pisoteados derechos de los católicos.

“Y el cadáver habló”, escribe el novelista. Habló por medio de aquellas palabras bíblicas que tanto habían impresionado al padre Andrés y que el capitán había subrayado con lápiz rojo para usarlas como prueba de delito. Una muchacha que logró recoger aquella Biblia, presentó al pueblo el pasaje subrayado.

“–El sermón, el sermón del señor cura –fue el rumor que se extendió alrededor de los cadáveres” (p. 123).

Con voz pausada y solemne, la joven fue leyendo el texto de Macabeos I, 3, 58-60:

“Tomad las armas y tened buen ánimo.

“Y estad prevenidos para mañana, a fin de pelear contra estas gentes, que se han puesto de acuerdo contra nosotros para aniquilarnos y echar por tierra nuestra santa religión.

“Porque más nos vale morir en el combate que presenciar el exterminio de nuestra nación y del santuario. ¡Y venga lo que el cielo quiera!”.

III. EL PADRE GABRIEL ARCE

Hijo de un matrimonio de cómicos trashumantes, el joven Gabriel creció acostumbrado a las duras luchas de la vida, muy agudo de inteligencia y con un óptimo sentido del humor.

En 1916 aquel matrimonio llegó al pueblo de Paracho, dando funciones de prestidigitación y cantando en tablados populares.

Gabriel se puso cuanto antes a disposición del párroco, por todo el tiempo que sus padres permanecieran en la región.

Mucho impresionó al señor cura la virtud del joven, y más el conocer su firme propósito de hacerse sacerdote.

Eran los tiempos aciagos de la revolución carrancista, cuando no eran raras las violentas expulsiones de los planteles eclesiásticos, y ver a los desventurados seminaristas correr por las calles con un pupitre en la cabeza…

Por estas razones y por la necesidad de ayudar a sus padres, Gabriel era seminarista nómada. Su empeño y su piedad eran extraordinarios, pero las circunstancias en que vivía no eran las indicadas para garantizarle una formación sólida y completa. El padre Andrés Posada decidió entonces tomar a su cargo el sacerdocio de ese muchacho tan lleno de voluntad y de fe.

Fue así como Gabriel Arce pudo viajar hasta Roma y continuar sus estudios en el Colegio Pío Latino.

Cuando volvemos a encontrarlo en México, ya es sacerdote, y por cierto, con las dos eses, de santo y de sabio. Así lo reconocen las gentes entre las cuales desempeña su ministerio, en plena atmosfera de persecución religiosa.

Para Héctor, el héroe de la novela, el encuentro con el padre Gabriel es determinante. Si algo le quedaba de titubeos antes de levantarse en armas, tales dudas se desvanecen tras la primera entrevista que tiene con el sacerdote. Todo el capítulo XXIV está dedicado a reproducir esa plática, fundamental para la comprensión de la obra, porque en ella está condensada la tesis de Jorge Gram. Esa tesis la vemos planteada y representada por el padre Arce, de cuya boca recogemos, a manera de ejemplo, algunas frases:

“Recurso pacífico no queda ninguno, absolutamente ninguno. Y como los ciudadanos católicos no están obligados a tender sus cuellos bajo la cuchilla, y el cuello de sus esposas y de sus hijos, y el de la sociedad, y el de la Iglesia, y el de la patria, por eso, yo, como sacerdote, como moralista, y como sociólogo, afirmo y sostengo, sin dubitación ninguna, frente a todos los sacerdotes y moralistas y sociólogos del mundo entero, que en las presentes circunstancias los católicos mejicanos tienen el derecho plenísimo de recurrir a las armas” (p. 175).

“El deber se presenta ante nosotros adusto, implacable. En Mejico, en las presentes circunstancias, está demostrado, no queda sino un recurso: las armas. Por eso yo sostengo que en la hora presente, no sólo es un derecho, sino que es un deber. Y un deber impuesto a todos, absolutamente a todos… ¡hasta a los sacerdotes!” (p. 176).

“Pero entendámonos. Yo no digo que el sacerdote, ni siquiera que todos y cada uno de los fieles cristianos, deban precisamente coger el fusil y lanzarse a la guerra. Pero sí digo que todos, absolutamente todos, hasta los sacerdotes, debemos solidarizarnos con el movimiento armado, y cooperar con él generosamente, intensamente, cada quien en su puesto” (p. 176).

Leídos estos párrafos, ya no son necesarias muchas palabras para explicar que Héctor y el padre Gabriel llegan a identificarse plenamente, como amigos y como solidarios en la misma causa. El uno, entregado de lleno a la lucha armada; el otro, sosteniéndolo con una intensa propaganda. “La labor del padre Gabriel fue fecunda. Con palabras bien cortadas y bien tronadas, como martillazos, había sumido a los prudentes y fortificado a los valerosos; había desvanecido prejuicios, y sin melindres ni remilgos, había puesto a Héctor en la cúspide de la buena opinión ante propios y extraños” (p. 229).

Por esa simpatía y solidaridad, Héctor y Consuelito eligen al padre Gabriel para recibir de sus manos la bendición nupcial. Para tal efecto, el sacerdote accede a trasladarse a Zacatecas.

Mientras se está desarrollando la ceremonia, en el más sugestivo clima de catacumbas, una denuncia llega a oídos del general Ortúzar: “En el número siete de la calle del Pocito está en estos momentos el cabecilla Héctor Martínez de los Ríos. Se está casando ahorita mismo con Consuelo Madrigal, y los está casando el famoso padre Arce, el cura más revolucionario de toda la República” (p. 233).

Siguen escenas de vivo dramatismo. La fervorosa continuación de la Misa, mientras ha comenzado ya el cateo. La inteligente fuga de Héctor, dejando a los militares con un palmo de narices. El valor de Juanillo, el muchacho herido en la refriega. La fe y el amor de Consuelito. La entereza del padre Gabriel…

Aun puesto en la cárcel y sentenciado a muerte, el sacerdote no pierde su confianza y buen humor.

“–¡Buenas noticias, gentes! –dijo el padre Gabriel, arrancando de cuajo el humor negro.

–¿Cuáles son? –preguntaron a coro muchas voces.

–¡Qué nos van a ahorcar!” (p. 240).

Pero el cielo protege a los audaces, parece querernos decir Jorge Gram. El hecho es que el animoso padre Gabriel, y sus compañeros de prisión, dos de los cuales debían ser colgados junto con él, fueron liberados por los cristeros –Héctor a la cabeza– en el episodio más emocionante de la novela: la captura del tren que llevaba toneladas de parque para los militares, y en cuyos vagones habían subido a los prisioneros.

Final glorioso de la obra, casi feliz, si no escucháramos en el último capítulo, “Post Scriptum”, las consideraciones de Héctor, mezcla de esperanza y desengaño.

“El triunfo no ha llegado todavía… Hay un egoísmo criminal que nos está sangrando más que los fusiles de Calles; hay una indecisión torpe que nos arranca de las manos el laurel de la victoria. Los ricos no han cumplido con el deber de la caridad. Prefieren dar dinero a Calles para que nos mate a nosotros. Los católicos americanos se niegan a tendernos la mano, porque temen comprometer sus intereses y su tranquilidad, y el Gobierno americano nos quita nuestras armas y nuestro dinero para robustecer a quien pretende aniquilar. Hay en el mundo trescientos millones de católicos que no sabe lo que sufren los mejicanos…… Y, a pesar de todo, hay que luchar para dar ejemplo a nuestros hermanos, para aleccionar a otros pueblos, para predicar el dogma de las resistencias heroicas a nuestros hermanos del mundo entero, para prepararlos a todos para el momento de la prueba que vendrá… Nuestra misión no se reduce a liberar a Mejico, sino a fortalecer a toda América Latina y a enaltecer a los católicos del mundo todo. En todas las naciones del mundo somos los mayores en número y los menores en fuerza…” (p. 275-276).

EL AUTOR

Jorge Gram es un pseudónimo. El verdadero nombre del autor es David G. Ramírez, canónigo duranguense.

Secretario de su Arzobispo, Jorge Gram se hizo también eco fiel de su Prelado cuando éste declaró lícita la defensa armada de los católicos, una vez agotados todos los medios pacíficos.

La guerra sintética y Jahel son otras dos obras de Jorge Gram. Pertenecen igualmente a la categoría de la “novela cristera”.

Aparte de novelista, el autor de Héctor se distinguió como poeta y orador.

Se hizo célebre un folleto suyo que circuló por todo el mundo: La cuestión de México. Una ley inhumana y un pueblo víctima. Publicó también una colección de sus conferencias, sermones, discursos y artículos, en todos los cuales se manifiesta su cultura, su elocuencia y su especial sensibilidad ante los problemas de la patria.

El padre Ramírez, alias Jorge Gram, falleció en 1950.

______________________________________________________________

Nota: Para las citas, empleo La octava edición de Héctor, Editorial Jus, México, 1975.

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Published in: on 13 mayo, 2010 at 2:04  Comments (6)  

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6 comentariosDeja un comentario

  1. A quién corresponda:
    Soy un sacerdote católico, me interesa la vida y la obra de Jorge Gram; qué bueno que existan personas que se lo lean y difundan su mensaje. Yo eston haciendo un trabajo sobre él. Si tienen más material sobre este escritor le agradecería que me lo comunicaran.
    In sinu Matris.

  2. Al Editor y Lectores.
    En mis inicios dentro del Seminario de los Misioneros del Sagrado Corazón; Como lector, me tocó en suerte “Héctor, Novela Histórico Cristera” para la hora de comida. y de ahí se me ocurrió solicitar mas material semejante. Ya que era el lector oficial. Posteriormente he tratado de conseguir este y los demás libros del autor, pues las generaciones actuales no deben desconocer las luchas de sus antecesores y estar preparados para lo que viene.

  3. Hector esa novela que forjo mi catolicismo mexicano, mi padre me heredo lo mejor de el……….el gusto por esta lectura…………..

  4. lo mas hermoso que eh leiiiiiiiiiido QUIERO UN HECTOR!

    • Te recomiendo visitar la página http://www.jorgegram.com , donde encontrarás más información sobre “Hector”.

  5. TENIA ESE LIBRO EN MI BIBLIOTECA JUVENIL PERO ALGUIEN LO TMOMO PRESTADO Y SE OLVIDO DE DEVOLVERLO TIENES MAS DE 34 AÑOS ESO, QUISIERA ENCONTRALO PARA DARSELO A MIS HIJAS,¿ ALGUIEN PODRIA DECIRME DONDE LO ENCUENTRO?


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