EL “HERMANO CURA” IDEADO POR ALTAMIRANO

De los escritos de Ignacio Manuel Altamirano, La Navidad en las montañas es uno de los más comentados, por lo general con elogio, porque a la excelencia de su prosa poética aúna el mérito de la brevedad. En unas pocas decenas de páginas desarrolla un hermoso idilio rústico, un exquisito cuadro de costumbres mexicanas y una original novela de tesis.

La Navidad en las montañas fue publicada por primera vez en 1871, en plena época de la Reforma, dato que es oportuno señalar para que mejor comprendamos las intenciones del autor al escribir este relato.  Por otra parte, es bien sabido que el maestro Altamirano no era partidario de que una narración fuera simple pasatiempo. Atribuía a la novela una importante función como medio económico y eficaz para difundir en la sociedad ideas nuevas e iniciativas transformadoras. “La novela de hoy –escribió– suele ocultar la biblia de un nuevo apóstol o el programa de un audaz revolucionario”.

ARGUMENTO DEL RELATO

Es la tarde del 24 de diciembre. Un capitán y un soldado que lo acompaña cabalgan por las montañas, hacia una meta que el narrador no precisa. Les  han dicho que al término de esa jornada podrán pasar la noche en un pueblecito de montañeses pobres pero hospitalarios. A medio camino alcanzan a otras dos cabalgaduras, montadas, respectivamente, por el cura del pueblo y su sacristán, quienes regresan de auxiliar a un enfermo y se dirigen al poblado para celebrar la Nochebuena. El encuentro del capitán liberal con el cura del pueblo es una verdadera revelación para el primero, que descubre en las convicciones y en los hechos de ese sacerdote la clave de lo que podría ser la más segura y progresista reforma para México. El cura, en efecto, es una persona bienhechora que, aplicando toda su inteligencia y su voluntad de servicio, ha logrado transformar al pueblo en todos los sentidos: moral y económico, intelectual y religioso. Un sacerdote que todo lo ha hecho con el máximo desinterés, renunciando incluso a cualquier emolumento o trato de distinción. Todo esto lo constata el capitán cuando llegan al pueblo. Allí tiene lugar la más emotiva y pintoresca celebración de la Nochebuena, acontecimiento que cobra mayor fuerza al culminar, esa Noche de Navidad, el idilio de Pablo y Carmen, dos muchachos que se aman intensamente pero que habían sido separados por una serie de circunstancias para ellos dramáticas. Todo el día 25, el capitán y su acompañante lo pasan como huéspedes del virtuoso sacerdote, y dejan el pueblo hasta el día 26, llevándose en sus corazones una sensación de suave frescura y de renovada vitalidad.

EL PROTAGONISTA

Aunque Altamirano pone la narración en primera persona y en boca del capitán, el verdadera protagonista de La Navidad en las montañas es el sacerdote.

Los datos más interesantes los recogemos de su conversación con el militar, mientras cabalgan rumbo al pueblo.

Gracias a esas confidencias, a las reflexiones del capitán y a las escenas que presenciamos cuando la pequeña comitiva llega al poblado, podemos elencar los rasgos más característicos de esta figura que, desde los tiempos de la Reforma, un escritor liberal nos propone como modelo de cura convencido.

1 – Espíritu evangélico

Desde que aparece en el relato el sacerdote en cuestión, advertimos sus modales corteses y la esmerada educación que demuestra haber recibido. Captamos, sobre todo, que la fuente de energía de su ministerio es el genuino espíritu evangélico.

También llama la atención, en otro sentido, que el escritor nos presente a un sacerdote español. Es de suponerse que Altamirano, indígena puro, escogió como protagonista a un hispano para poner más en evidencia que la dignidad de un sacerdote consiste en su amor y en su celo pastoral, y no en razones de nacionalidad o título. Por otra parte, recordemos que el relato fue escrito en la época de la Reforma, cuando en México la proporción de clero peninsular era todavía muy alta, y muy notorios los obstáculos que este clero ponía a las nuevas estructuras que la organización nacional requería.

2 – Tenor de vida modesto

Este servidor del pueblo es un hombre que vive con mucha modestia. Pobre en el mejor sentido de la palabra. Sin caer en extravagancias, manifiesta pobreza en su tenor de vida; su casa es modesta; su vestir es modesto, y hasta los ornamentos de su capilla son modestos, sin por eso dejar de ser bellos.

El narrador le atribuye a este sacerdote unos 36 años; lo señala como de complexión recia, “más por el ejercicio que por la alimentación”; descubre que su frente está surcada por precoces arrugas y se da cuenta de que en su semblante persiste un dejo de noble melancolía por encima de su sonrisa afable y de la tranquilidad de su acento “hecho para conmover y para convencer”. Sobre este últilmo rasgo, el narraador hace una advertencia: “Quizá yo me engaño en esto, y mi preocupación haya sido la que puso para mis ojos, en la frente y en la mirada del cura, esa nube de melancolía de que acabo de hablar” (p. 105).

Sin proponérselo, el escritor guerrerense plantea indirectamente uno de los más íntimos pero reales problemas del sacerdote comprometido: la soledad. “La energía moral –seguimos leyendo en la reflexión que hace el capitán– por victoriosa que salga de sus luchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de los hombres, siempre queda herida de esa enfermedad que se llama la tristeza; enfermedad que no siempre conocemos porque no nos es dado contemplar a veces a los grandes caracteres en sus momentos de soledad, cuando dejan descubierta el alma en las sombras del misterio. El cura era indudablemente uno de esos personajes raros en el mundo” (p. 105).

Y sin embargo, esa compostura digna no hace que el protagonista sea un orgulloso distante, sino todo lo contrario. La seriedad de su conducta y la coherencia con sus propias enseñanzas, le ganan la plena confianza y adhesión de sus feligreses. Complacido de esta constatación, el capitán comenta consigo mismo: “Cansado estaba yo de encontrarme por ahí en los diversos pueblos que había recorrido con las tropas o solo, con párrocos alegres y vividores, de esos que se llaman a sí mismos campechanos, que habían creído halagarme, en mi calidad de soldado y de hombre de mundo, haciéndome participar de las dulzuras y placeres de una vida profana, alegre y libertina” (p. 100).

3 – Servicio al hombre completo

“Yo comprendo así mi cristiana misión –le oímos a este sacerdote–: debo procurar el bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como resultado preciso; el Evangelio no sólo es la Buena Nueva desde el sentido de la conciencia religiosa y moral, sino también desde el púnto de vista del bienestar social (p. 103).

Por eso vemos que, ampliando el sentido de su ministerio pastoral, no sólo se ocupa del bien espiritual de sus feligreses, sino que trabaja asidua e inteligentemente para proporcionarles mejoras en todos los sentidos. Así que es para ellos, a la vez, cura, maestro, médico, consejero y animador. Les ha enseñado nuevos cultivos; ha introducido mejores formas de convivencia y de economía; ha establecido escuelas para niños y adultos; ha promovido artesanías; ha puesto un molino, etc.

4 – Ministerio gratuito

Es una de los ragos más interesants que encontramos en este cura de aldea. Como en otro tiempo San Pablo, este ministro reconoce: “vivo feliz cuanto puede serlo un hombre en medio de gentes que me aman como a un hermano”, y añade: “tengo la conciencia de no serles gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura, sino como cultivador y artesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a ellas con lo que me producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no reconociese el favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con donativos de semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean frecuentes ni costosos, para no causarles con ello un gravamen que justamente he querido evitar suprimiendo las obvenciones parroquiales, usadas generalmente”.

“–¿De manera –le pregunta el capitán– que usted no recibe dinero por bautizos, casamientos, misas y entierros?

“–No, señor –responde–; no recibo nada, como va usted a saberlo de boca de los mismo habitantes. Yo tengo mis ideas, que ciertamente no son las generales, pero que practico religiosamente. Yo tengo para mí que hay algo de simonía en estas exigencias pecuniarias, y si conozco que un sacerdote que se consagra a la cura de almas debe vivir de algo, considero también que puede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar que la generosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creo que lo quiso Jesucristo, y así vivió él. ¿Por qué, pues, sus apóstoles no habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy felices de poder decir que son tan ricos como él?” (p. 98).

Ahondar en este punto nos llevaría demasiado tiempo y espacio. Aun sin pretender que la opinión de Altamirano sea compartida plenamente, es indiscutible la validez de su idea, mejor dicho de su ideal que, si no se puede llevar a cabo íntegramente, es por lo menos una eficaz invitación a reconsiderar todo lo referente al espinoso campo de los emolumentos parroquiales; y digo espinoso, por ser uno de los más expuestos a críticas y malentendidos aun por parte de los fieles. Ellos comprenden que es necesario un sostén económico para algunos organismos apostólicos, y también reconocen como de justicia recompensar al sacerdote por su ministerio, pero suelen sentirse muy molestos cuando perciben en esto cualquier abuso, formalidad excesiva o simplemente falta de cordialidad.

5 – Convivencia fraterna

“Los chicos, luego que vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y después corrieron al centro del pueblecillo gritando:

“–¡El hermano cura!, ¡el hermano cura!

“–¡El hermano cura! –repetí yo con extrañeza–, ¡qué raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?

“–No, señor –me respondió el sacerdote-, antes le llamaban aquí, como en todas partes, el ‘señor cura’, pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he rogado a todos que me llamen el ‘hermano cura’; esto me da mayor placer” (p. 103).

Líneas más adelante, el capitán comenta: “De paso noté que esta gente no mostraba hacia el cura esa bajeza servil que una costumbre idólatra ha establecido en casi todos los pueblos” (p. 140).

Con estos pasajes y otros colaterales, Altamirano trató de sugerir, no precisamente un cambio en la denominación del párroco, sino más que todo en su actitud. Como a otros reformistas, le resuiltaba demasiado evidente que el clero había conquistado una posición social de previlegio y que eso entorpecía la misión de servicio evangélico propia del sacerdote.

El cura de Altamirano está lejos de condescender a supuestos privilegios. Más bien se empeña en traducir toda su vida en términos de servicio. Desde el principio del relato, lo  escuchamos decir que, antes de pasar al clero diocesano, había sido profeso de una antigua orden religiosa, pero que se había desanimado al constatar que “habían acabado ya los bellos tiempos en que el convento era el plantel de heroicos misioneros que, a riesgo de su vida, se lanzaban a regiones remotas a llevar con la palabra cristiana la luz de la civilización, y en que el fraile era, no el sacerdote ocioso que veía transcurrir alegremente sus días en las comodidades de una vida sedentaria y regalada, sino el apóstol laborioso que iba a la misión lejara a ceñirse la corona de las victorias evangélicas, reduciendo al cristianismo a los pueblos salvajes, o la del martirio en cumplimiento de los proceptos de Jesús” (p. 97).

El párrafo anterior encierra uno de los alegatos más esgrimidos por los liberales reformistas. Un alegato que no carecía de fundamento en el México de hace poco más de un siglo, pero que resultaba injusto cuando se hacía de manera tan radical, esto es negando en modo absoluto la encomiable labor espiritual y social que nunca dejaron de cumplir en México las antiguar órdenes religiosas, ni siquiera en los momentos menos brillantes de la historia eclesiástica nacional.

6 – Religiosidad purificada

Hacia el final del relato, el narrador la emprende contra el grave obstáculo que la civilización encuentra en la idolatría; y con este término clifica los excesos que se registran en el culto de los santos, cuando las devociones particulares toman el lugar de los antiguos ídolos y monopolizan todo el sentir religioso. “Pueblos hay –comenta el capitán– en los que las doctrinas evangélicas son absolutameante desconocidas, porque allí no se adora más que san Nicolás, san Antonio, san Pedro o san Bartolomé, y estos santos eclipsan con su divinidad aun a la misma personalidad de Jesús” (p. 109).

Como primeros culpables de esto, señala a los mismos sacerdotes que, ya sea por ignorancia, ya sea por negligencia o por interés, no llevan a cabo una labor de instrucción adecuada. Los términos que utiliza el maestro Altamirano a través de sus personajes no difieren de los que hoy encontramos en textos conciliares o redactados a la luz de la renovación conciliar.

El cura de nuestra novela ha trabajado en este sentido. De manera un tanto radical, es verdad, pero con principios bastante más sanos que los del clero criticado en el mismo relato.

Cuando el capitán entra en la capilla, la observa con atención y más tarde dice: “Yo me sorprendí mucho de no encontrar en esta iglesia de pueblo lo que había visto en todas las demás de su especie, y aun en las de las ciudades populosas y cultas, a saber: esa aglomeración  de altares de malísimo gusto, sobrecargados de ídolos, casi siempre deformes, que una piedad ignorante adora con el nombre de santos y cuyo culto no es, en verdad, el menor de los obstáculos para la práctica del verdadero cristianismo” (p. 109).

El cura de La Navidad en las montañas se adelante, por así decirlo, a la renovación litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II. Hay cierto exceso en su postura reformista respecto al culto de los santos, pero no vemos en él  un menosprecio de los valores religiosos populares; antes bien, se muestra preocupado por salvaguardar las expresiones de religiosidad espontánea y bien fundada; lo notamos en su afán por fomentar y conservar villancicos navideños sustanciosos, y en su aflicción porque esos valores no tienen  continuadores. Dice, por ejemplo: “pero no hay quien se consagre a esta hermosa poesía popular, tan sencilla como bella, y además sería preciso que el pueblo la aceptara gustoso, para que se pudiera generalizar y perpetuar” (p. 108). Expresiones como ésta en nada contrastan con la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii nuntiandi (“Para anuniar el Evangelio”).

Los frutos de su labor como sacerdote se ponen de manifiesto en ocasión de la fiesta navideña que da título al relato. El mismo cura advierte: “Aquí no hay desórdenes a propósito de la gran fiesta cristiana y de la misa. Nos alegramos como verdaderos cristianos”. Y así se constata en la descripción que Altamirano hace de la mencionada Nochebuena:

Al escuchar entonces el grave tañido de la campana, que sonaba lento y acompasado, indicando la oración, todos los ruidos cesaron; todo aquellos corazones en que rebosaban la felicidad y la ternura, se elevaron a Dios con un voto unánime de gratitud, por lo beneficios que se había dignado otorgar a aquel pueblo tan inocente como humilde.

“Todos oraban en silencio: el cura prefería esto por ser más conforme con el espíritu de sinceridad que debe caracterizar el verdadero culto, y dejaba que cada cual dirigiese al cielo la plegaria que su fe y sus sentimientos le dictasen, aunque sus labios no repitieses ese guirigay, muchas veces incomprensible, que los devocionarios enseñan; como si la oración, es decir, la sublime comunicación del espíritu humano con el Creador del Universo, pudiese sujetarse a fórmulas” (p. 124).

LA TESIS

Dije desde el principio que en La Navidad en las montañas se concentraba también una novelita de tesis. Esto es lo que se quiere demostrar: en la lucha por el progreso del País, la labor más importante es la que se espera del sacerdote, tarea cuyo cumplimiento exige preparación,  fidelidad y compromiso.

La tesis no es nueva ni descabellada. Y no es la primera vez que aparece en nuestra literatura nacional. Diez años antes que apareciera el relato de Altamirano, Nicolás Pizarro había publicado su novela El monedero, donde también se tiene como protagonista un sacerdote que con sus ideas y actitudes renovadoras logra el progreso de la colectividad. La diferencia entre ambas narraciones  la señala atinadamente María del Carmen Millán: “El pensamiento de Pizarro es cierntífico, analítico, práctico y violento. El de Altamirano, poético, idealista, sintético y conciliador. Tanto uno como el otro buscan lo que el país anhela como fin más alto: la consolidación económica y la unidad social y política del pueblo mexicano”.

Terminemos con dos párrafos de La Navidad en las montañas, oportunos porque resumen bien la tesis de

Altamirano:

“Pero en la iglesia de aquel pueblecillo afortunado, y en presencia de aquel cura virtuoso y esclarecido, comprendí de súbito que lo que yo había creído difícil, largo y peligroso, no era sino fácil, breve y seguro, siempre que un clero ilustrado y que comprendiese los verdaderos intereses cristianos, viniese en ayuda del gobernante.

“He aquí a un sacerdote que había realizado en tres años lo que la autoridad civil sola no podrá realizar en medio siglo pacíficamente” (p. 110).

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Nota: Para las citas, empleo, como más accesible, la edición de Porrúa, 1966: Ignacio M. Altamirano, El Zarco y La Navidad en las montañas.

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Published in: on 7 mayo, 2010 at 1:18  Dejar un comentario  

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