EL PADRE MATÍAS EN CANEK

DE EMILIO ABREU GÓMEZ

Canek1, es la historia de un indio maya: es la historia de un héroe que emerje de la injusticia del pasado y se hace presente en la injusticia de hoy, con la razón  y la esperanza. Es la historia de rebeldía y de amor. El niño Guy recibe la herencia del hombre antiguo; pero muere; y Exa, la misteriosa niña que amaneció un día entre los cerdos, y que recibio de Guy los colores del espectro del sol, de la luz, desaparece; el Padre Matías es echado del templo por los comerciantes, porque el Padre Matías tenía permiso del P. Matías para hacer la caridad cristiana. el desposeído pierde así la expectativa de salvar a los suyos por la ternura y el amor. Quedan el dolor y la fuerza, tamizados por la sabiduría, que son la base de un pensamiento viril, enérgico, que culmina en la acción heroica” (Henrique González Casanova).

En toda la obra solamente cinco veces se habla del Padre Matías2; bastan esas cinco menciones para que advirtamos que la vida del sacerdote corre pareja con la del protagonista, Jacinto Canek, de quien es gran amigo.

Lo mismo que el indio maya, el Padre Matías posee un alma de poeta. De poeta trágico, pues así se lo imponen las circunstancias de opresión y desamparo en que se encuentran los indígenas de su parroquia.

“El Padre Matías decía misa por las tardes. Además todas sus misas eran con sermón. En los sermones no hablaba de la doctrina ni de los milagros; prefería explicar cosas relativas a la injusticia de los hombres. La iglesia donde oficiaba se llenaba de gente; es decir, de indios. Los ricos se quedaban en casa murmurando” (p. 32). Es lo primero que se nos dice de este sacerdote; lo suficiente para que veamos en él la figura de un revolucionario. Su conducta puede ser discutible si se quiere, pero resulta mas explicable si se toman en cuenta las circunstancias en que desempeña su ministerio. Además, tiene el mérito de ser coherente con lo que enseña. Las limosnas que recibe, las reparte entre los indios, siguiendo así sus convicciones más íntimas: “el Padre Matías le dio permiso al Padre Matías para hacer la caridad del mejor modo posible” (p. 32).

La segunda vez que se le menciona queda perfectamente trazada su imagen de sacerdote reaccionario y comprometido con los pobres:

“El Padre Matías conoce la maldad de los hombres y la dulzura de los animales. De su religión no ha hecho un oficio, sino una alegría. En Cisteil, donde vive, viste sayal franciscano y calza sandalias de cuero. Está al tanto de lo que acontece: regaña a los malos y bendice a los buenos. Algunas veces, sin revelar su secreto, desliza palabras que ha oído de Canek” (p. 114).

El error del Padre Matías consiste en su partidarismo radical. A los indios los protege y defiende como a ovejas que necesitan del pastor, no interesándole si son buenos o malos; en cambio, a los blancos los señala indistintamente como lobos, y no hace el menor esfuerzo para buscar su conversión. Así se expresa: “Un pastor no distingue a las ovejas buenas de las malas. Por eso no pregunta a nadie cómo son sus ovejas, antes de lanzarse contra el lobo. Así hay que defender a los indios buenos y malos contra los blancos: lobos de estas tierras” (p.114).

Esta actitud radical acabará siendo contraproducente, ya que en nada beneficiará a los pobres indios y él mismo pagará en carne propia su arrojo reaccionario:

“Aún no era el alba cuando repicaron en la iglesia de Cisteil. El Padre Matías se incorporó sorprendido, se calzó las alpargatas, se ciñó la sotana y salió a la calle para ver qué era aquello. Cuando llegó a la iglesia, se encontró con un nuevo párroco posesionado del lugar. El sacristán sonreía. El nuevo párroco, rollizo, de acento cerrado, explicó que el señor Obispo ya no quería tolerar los desórdenes de la iglesia del Cisteil. El sacristán sonreía. Quebrado por el canto de los gallos se oía el repique de las campanas. El Padre Matías huyó a Sibac y Canek lloró su ausencia”(pp. 120-121).

Este pasaje encierra una denuncia contra los que prefieren una iglesia sin problemas, acomodada al amparo de los ricos, benevolente con los opresores; una iglesia de párrocos rollizos, conformistas, interesados. El Padre Matías no era de esa categoría; él era de la estirpe a que habían pertenecido los primeros misioneros evangelizadores de Yucatán, esos cuyos nombres mencionaba Canek con veneración:

“Luis de Villalpando, Juan de Albalate, Ángel Maldonado, Lorenzo de Bienvenida, Melchor de Benavente y Juan de Herrera fueron los hombres buenos de San Francisco que llegaron a estas tierras, en épocas remotas, para predicar el bien y desterrar el mal. Lucharon, no contra los indios que los recibieron con alma cándida y les dieron posada en su corazón y en su choza, sino contra el blanco que era duro de entraña y sordo de espíritu. Digamos los nombres de esos hombres buenos, como se dice una oración” (p. 95).

En contraste con esa iglesia de los primeros evangelizadores de Yucatán, la novela señala y condena otra iglesia en que la jerarquía y el poder opresor parecen darse la mano. Un ejemplo de ello es el pasaje en que se narra la visita del señor Obispo a la hacienda donde vive Canek. Para mejor ubicarnos, tengamos presente que toda la novela se desarrolla en la época en que dominan los grandes hacendados:

“En su gira pastoral el Obispo se dignó visitar la hacienda donde vive Canek. El Obispo entró en la hacienda rodeado de tanto incienso y de tantas oraciones que casi se hizo invisible. Los indios recibieron ropa nueva para lucir en las ceremonias. Un capataz cuidó de que no la estroperan. En cuanto se fue el Obispo, los indios devolvieron esa ropa. Otro capataz la dobló y la guardó en los arcones. El amo era devoto y económico” (p. 119).

Varios símbolos que aparecen en las páginas de Canek tienen el mismo significado de condena de este bochornoso contubernio que se da cuando los pastores de la Iglesia consienten o por lo menos no denuncian a los opresores del pueblo:

“Los indios de Sayil apedrearon los bandos en que se anunciaba que el tributo personal sería aumentado. El alguacil salió herido y un indio aporreado. En represalia, mientras los tenientes de la hacienda exigían el nuevo tributo, el Regidor de Justicia y Alcabalas mandó instalar un garrote. Lo mandó instalar sobre un tablado en el atrio de la iglesia. Deshicieron un altar para construirlo. El pueblo comentó, medroso, la amenaza. Sin embargo, cuando amaneció había en el cadalso dos animales muertos: en el garrote una paloma y en la rueda del verdugo, una gallina” (pp 128-129).

Tan de la mano se ven marchar los poderes eclesiásticos y los poderes civiles que se les llega a confundir en alguna ocasión:

“Con cohetes y repiques se anuncia la llegada del Alcalde del pueblo. Los indios cuelgan banderolas de color por los caminos. Ellos no saben cómo se llama el Alcalde. Desde la víspera las mujeres andan en trajines de cocina, condimentando guisos, dulces y ensaladas para el Alcalde. Ellas creen que el Alcalde pertenece a la iglesia” (pp. 116-117).

Aunque parezca irreverente, el libro está inspirado en la religiosidad más auténtica; por eso denuncia acremente la corrupción de la verdadera fe; con especial vehemencia condena la hipocresía y el interés mezquino. La rebelión de Canek se apoya en razonamientos irrebatibles:

“Por qué nos enseñan a querer a un dios que permite que los blancos nos peguen y nos maten? Por qué hemos de cantar de rodillas un canto de contricción que no sentimos? No lo digamos más porque, aun diciéndolo con los labios, cometemos falta en nuestro espíritu” (pp. 86-87).

No era así la religión fomentada por el sacerdote amigo de Canek. Pero el Padre Matías había sido despojado de su parroquia y había huido hasta un lejano pueblo, Sibac. Hasta allá fueron a refugiarse los indios sublevados cuando la persecución se tornó insoportable. El Padre Matías los defendió con valentía.

“En la paramera soledad de Sibac no hay piedras para levantar una trinchera. En el horizonte rojo se adivina la presencia de los blancos. Canek, desnudo con los pies clavados en el suelo, se dispone a resistir. El Padre Matías contempla la capilla que con sus manos estaba fabricando. La derriba y amontona las piedras en el suelo. Le ha dado un plazo a la muerte” (p. 137).

Más cruel se vuele la persecución contra los indios y más queda en evidencia la hipocresía de los perseguidores:

“El Gobernador de la provincia comunicó a quien debía que la rebelión de los indios fue cruel y que sus jefes despreciaron, llevados de sus instintos animales, la fe, la razón y las costumbres cristianas; y que por esto y, como escarmiento aconsejado por la prudencia, se procedía a castigar a los promotores con energía acorde con la caridad” (p. 139).

Los episodios de la inútil resistencia, del apresamiento y ejecución de los indios sublevados constituyen una epopeya de intenso heroísmo en que la única nota grotesca es dada por la maldad y fingimiento de los aprehensores:

“Los dragones regresaron cantando canciones devotas. Detrás de ellos, atados con cadenas, cubiertos de polvo y de sangre, arrastrando los pies, caminaban los indios prisioneros en Sibac. Delante de los indios, Canek parecía un escudo y una bandera: el pecho cubierto de sangre y el cabello agitado por el viento” (p. 141).

Canek había enseñado: “En la fe el espíritu descansa; en la razón vive; en el amor goza; sólo en el dolor adquiere conciencia” (p. 99). Aguijoneado por el dolor y próximo a ser ejecutado, es cuando adquiere su más alta dimensión; sublimidad que podía ser comprendida cabalmente sólo por el Padre Matías, que había sido bueno con él y había compartido uno por uno todos los sufrimientos: “Lo visitó en la cárcel, conoció su inocencia y le hizo quitar los grillos. Mientras Canek recordaba al niño Guy, Fray Matías lloraba sobre las rodillas del indio” (p. 143).

Tras la escena del patíbulo, la obra culmina con la visión de Canek, libre ya de su cuerpo y de sus penas, camino a la región de los justos:

“En un recodo del camino a Cisteil, Canek encontró al niño Guy. Juntos y sin hablar siguieron caminando. Ni sus pisadas hacían ruido, ni los pájaros huían delante de ellos. En la sombra sus cuerpos eran claros, como una clara luz encendida en la luz. Siguieron caminando y cuando llegaron al horizonte empezaron a ascender” (p. 144).

1 Canek, historia y leyenda de un héroe maya, por Emilio Abreu Gómez, México, Ediciones Oasis, 1974, 27a edición. A esta edición corresponden las páginas que se citan en este capítulo.

2 Una nota de Ermilio Abreu Gómez: “Por vía del juego en la historia de Canek va algo de mi vida y de otros sujetos. El niño Guy es mi contrafigura; soy yo, convertido en gentil esqueleto a causa del paludismo. Exa es el recuerdo de una niña que se llamaba Ofelia. El Padre Matías es la evocación del Padre Ávila, cura de la parroquia de Santa Lucía”.

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Published in: on 15 abril, 2010 at 1:53  Dejar un comentario  

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