Los números de 2010

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Lugares de interés en 2010

Estas son las entradas y páginas con más visitas en 2010.

1

LA PERSONA DEL CURA EN LA NOVELA “EL INDIO”, DE GREGORIO LÓPEZ Y FUENTES junio, 2010

2

EL PADRE RENTERÍA EN PEDRO PÁRAMO DE JUAN RULFO mayo, 2010

3

A SALVO EN EL “AGUA ENVENENADA”, DE FERNANDO BENÍTEZ junio, 2010

4

LOS ECLESIÁSTICOS EN “EL PERIQUILLO SARNIENTO” DE JOSÉ JOAQUÍN FERNÁNDEZ DE LIZARDI (“El Pensador Mexicano”) mayo, 2010

5

LA FIGURA SACERDOTAL EN “LAS BUENAS CONCIENCIAS”, DE CARLOS FUENTES mayo, 2010

Published in: on 2 enero, 2011 at 19:40  Dejar un comentario  

LA PERSONA DEL CURA EN LA NOVELA “EL INDIO”, DE GREGORIO LÓPEZ Y FUENTES

Indio que labras con faliga

tierras que de otro dueño son:

¿Ignoras tú que deben tuyas

ser por tu sangre y tu sudor?

¿Ignoras tú que audaz codicia,

siglos atrás te las quitó?

¿Ignoras tú que eres el amo?

-iQuién sabe, señor!

José Santos Chocano

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

1935 es una fecha histórica para las letras mexicanas: ese año fue establecido y se concedió por primera vez el Premio Nacional de Literatura. El autor a quien se otorgó el galardón fue Gregorio López y Fuerites; la obra triunfadora:  El indio.

El narrador premiado en 1935 no era un escritor novel o desconocido; contaba ya con una producción literaria respetable: El vagabundo (1922), El alma del poblacho (1924), Campamento (1931), Tierra (1932) y ¡Mi general! ( 1934 ). Con todo, ninguna de las obras habia logrado aportar a la narrativa mexicana entonces en boga un elemento nuevo y original. Con El indio, en cambio, introdujo en la Novela de la Revolución la problemática indígena, un tema esencialmente vinculado con los objetivos de la lucha armada que estalló en 1910.

“El reconocimiento de que el indio estaba separado de la scciedad fue uno de los efectos del despertar de la Revolución”, dice John S. Brushwood, y subraya el valor testimonial de la novela de Gregorio López y Fuentes: “En la literatura anterior, cuando el indio hacía su aparición, figuraba en una idealización que exaltaba las virtudes del primitivismo y le, daba al indio un número sufficiente de normas ‘blancas’ como para que el bianco lo pudiese aceptar. Esta ficción no podía mantenerse indefinidamente”.[1]

Por su parte, Antonio Magaña-Esquivel, buen conocedor de la Novela de la Revolución, dice de El indio, que “debe considerarse como uno de los primeros libros mexicanos que revelaron al extranjero lo que era México en prcceso de desarrollo y como fruto directo de la Revclución”.[2]

Ese proceso de desarrollo requería la integración de todas las clases en una ùnica sociedad nacional. Para ello era necesario partir del reconocimiento de las injusticias perpetradas largamente contra los indígenas, admitir que se les tenia marginados y promover Ias iniciativas adecuadas para su participación en los destinos del pais.

El fenómeno de una lenta, dramàtica incorporación de Ios indios en la esfera de una convivencia nacional plena, es lo que describe la novela de López y Fuentes a través de los cuadros episódicos que la componen. De ninguna manera presenta esa “incorporación” como un hecho ya consumado; antes bien, parece presagiar el fracaso del indigenismo y termina mostrando una fundada desconfianza por parte de los indios:

“…sólo saben que la gente de razón quiere atacarlos; que en la sierra y en el valle, los odios, en jaurías, se enseñan los dientes; y que el lider goza de buena situación en la ciudad”.[3]

DE QUÉ TRATA LA OBRA

La materia anecdótica de El indio es muy escasa y está distribuida en una serie: de estampas o escenas más o menos breves que presentan aspectos varios de una misma situación: la de una comunidad indígena en la época de la Revolución e inmediatamente después del conflicto.

Hay también un delgado hilo narrativo: tres exploradores llegan a la ranchería llevando consigo un mapa que señala la existencia de oro escondido por esa zona. Dominados por la codicia, atormentan a un joven indígena para que les revele el escondrijo, pero sólo obtienen que la comunidad los persiga y tome venganza de ellos. Cuando las autoridades del pueblo cercano deciden castigar a los indios, nada pueden contra ellos, que han abandonado la ranchería para refugiarse en el monte. Así termina la primera parte de la obra. La segunda da comienzo cuando un emisario de las autoridades propone el regreso de los fugitivos garantizándoles no reclamar ya ningún castigo. La verdadera causa es que se necesitan semaneros que trabajen en los trapiches y gentes que desempeñen a bajo costo faenas arduas. Esa segunda parte abraza mayor número de escenas costumbristas, que son también un intento de penetrar un poco en el ser del indio.

En la tercera: parte se alude a la instalación de los revolucionarios en el pueblo a que pertenece la ranchería. Surge un lider, aparentemente a favor de los indios; al final se revela como un manipulador más de la comunidad indígena, de la que se sirve para sus propios intereses de partido politico, Este último detalle es lo que hace afirmar a un comentarista, que El indio no es, en fin de cuentas, sino “la historia de una gran traición, la de la mentira organizada para explotar y mantener en servidumbre a los indígenas, que fueron en gran parte motor de la revolución.. Para mayor dolor, es uno de ellos mismos, el maestro indio, el que los lleva una vez más a servir como carne de cañon para los intereses de los grupos políticos de la ciudad. Y el mas duro sarcasmo cierra la novela”.[4]

Desde este punto de vista, se intensifica el carácter testimonial de la obra, que se transforma así en una denuncia de la infame traición a una de las metas de la Revoiución Mexicana, a pesar de las momentáneas esperanzas despertadas en el ánimo de los indios.

Otra nota peculiar en esta obra de López y Fuentes es que sus personajes no poseen nombre propio: se alude a cada uno de ellos por su ocupación, por su función social o por sus rasgos fisicos. Nunca por su nombre individual. Este recurso, que produce el efecto de una caracterización de grupo, es una técnica que el novelista ya había ensayado en dos libros precedentes: Campamento y ¡Mi general! En la primera de esas dos obras encontramos incluso una explicación del recurso al anonimato de los personajes para poner de relieve la presencia del pueblo, la masa popular y sus problemas como categoria social. Oímos al coronel que dice : “No hacen falta nombres. Los nombres, al menos en la Revolución, no hacen falta para nada. Sería lo mismo que intentar poner nombre a las olas de un rio, y somos algo asi como un río muy caudaloso… ¿Para qué son los nombres? No importa el nombre del general. No importa el nombre del soldado. Somos la masa que no necesita nombres ni para la hora de la paga, ni para la hora de la comida; vaya ni para la hora de la muerte…”

LA TESIS INDIGENISTA DE LÓPEZ Y FUENTES

No obstante el trasfondo amargo de El indio y su carácter de denuncia, muy marcado en la parte final de la obra, en ella encontramos también la tesis indigenista de Gregorio López y Fuentes. La percibimos desde la primera parte de la novela, en las palabras de un profesor que —en contra de las ideas del presidente municipal, que considera a los indios salvajes y dignos de ser exterminados—, opina que la causa remota e inmediata de la tradicional desconfianza de los indígenas es la explotación sistemática a que han sido sometidos, y se declara seguro de que podrán ser incorporados al progreso nacional cuando se les beneficie sinceramente sin traicionarIos en ninguna forma:

—”Mi teoría radica en eso precisamente, en reintegrarles la confianza. ¿Cómo? A fuerza de obras benéficas, pues, por fortuna, el indio es agradecido; tratàndolos de distinta manera; atrayéndolos con una protección efectiva y no con la que sólo ha tenido por mira conservarlos para sacarles el sudor, como cuidamos al caballo que nos carga; y, para ello, nada como las vías de comunicación, pero no las que van de ciudad a ciudad, por el valle, sino las que enlacen las rancherias; las carreteras enseñan el idioma, mejor que la escuela; después el maestro, pero el maestro que conozca las costumbres y el sentir del indio, no el que venga a enseñar como si enseñara a los blancos. Con ello labrarán mejor la tierra, la que ya tienen, o la que se les de” (p. 31).

En lo que sigue de la narración nos damos cuenta que las ideas del profesor no tuivieron eco, y que continuó la obra de explotación y de traición a la causa de los indígenas, tanto de parte de las autoridades civiles como de las eclesiásticas…

EL PAPEL DEL CURA

La persona del sacerdote es mencionada muy pocas veces en El indio, pero son suficientes esas pocas referencias para mostrar que López y Fuentes sitúa al cura en la fila de los explotadores. La primera vez que nos topamos con la presencia del sacerdote, lo hallamos en una de sus anuales visitas a la ranchería, casi como un elemento más de la feria que se describe en el capitulo correspondiente: “Mùsica, danza y alcohol”. Se advierte una gran disposición de los indios ante el fenómeno religioso, en contraste con un evidente abandono pastoral por parte del sacerdote. “Más que por la danza, frente a la casa se aglomeraba la multitud porque el cura había comenzado a oficiar. Sólo cada año visitaba la ranchería y eran muchos los padres que deseaban bautizar a sus hijos y muchos los jóvenes deseosos de contraer matrimonio” (p. 56).

Volvemos a encontrar al cura en la última parte de la obra, en una actitud muy inoportuna, requiriendo la construcción de un tempio cuando los indios ya han sido embaucados para trabajar en la construcción de una carretera (que, por cierto, en nada los beneficiará, pues no va a cruzar por la ranchería).

“Cuando estaban preparándose los trabajos de la carretera, surgió una grave dificultad para la ranchería, al igual que para otras de la comarca. El cura, recorría la sierra aconsejando que los naturales procedieran a levantar iglesias, pues que la pasada epidemia de viruelas habia sido precisamente por su impiedad, como un castigo.

“El cura no habló de la carretera. Era asunto que a él no le interesaba. Lo que dijo fue que los trabajos para levantar la iglesia deberian comenzar cuanto antes, porque, de aplazarse, quién sabe qué otra desgracia llovería sobre los naturales” (p. 101).

Los viejos se reúnen para discutir el problema y, presionados por un doble temor, optan por una solución extrema: la comunidad trabajará dos días para la autoridad y dos dias para… la otra autoridad. Cuatro días sin descanso y sin salario, a la semana” (p. 101).

En situaciones inhumanas, ponen manos a la obra, aunque no dejaban de preguntarse “¡còmo se le habia ocurrido al señor cura la construcción de la iglesia cuando  estaban tan atareados con la construcción de la carretera!” (p. 104).

“Pero lo mas curioso era que el señor cura, una vez que dejó tirados los hilos para la construcción, se marchó sin ocuparse mas de la obra, como si tan sólo hubiera querido distraerlos de los trabajos encomendados por la autoridad” (p. 105).

La tercera y última intervención del cura en esta novela, tiene lugar inmediatamente después de que los naturales han terminado su fatigosa participación en los trabajos de la carretera y acaban de recibir la orden de colaborar en la construcción de una escuela.

“Apenas iniciada la obra, otra disposición vino a entorpecer los trabajos y a retardar la terminación del local: el cura habia recorrido todas las rancherías de su jurisdicción, diciendo que no podía seguir tolerando que el tiempo pasara sin cubrir una deuda, una deuda sagrada contraida por él a nombre de sus fieles.

“Les había explicado que, cuando la pasada epidemia estaba en su apogeo, él hizo la promesa de que todos los supervivientes irían en peregrinación a dar gracias a un santo milagroso, al que los encomendara pidiendo el alivio. Los naturales —les dijo— ignoraban aquella plegaria dirigida por él, a la que sin duda alguna se debió que las viruelas no acabaran completamente con ellos. Se los hacia saber deseoso de que se pagara la deuda, porque de lo contrario nada difícil sería que al repetirse la epidemia el santo ya no le prestara oídos” (p. 106).

El cumplimiento de tan absurda manda ocupa todo un capítulo (“Los peregrinos”), que llega a ser grotesco por el relieve de arrogante ignorancia y notoria ambición que asume el sacerdote. Léanlo directamente los interesados. Me limito a transcribir el último párrafo, cruel en su concentrado simbolismo:

“A cambio del dinero y de los presentes entregados, los naturales recibieron reliquias que se colgaron a los cuellos quemados por un sol que apareció más allá del éxodo, culminó en los días coloniales y aún sigue quemando. Por la noche, la tribú durmió en el atrio, como un rebaño” (p. 109).

CONSIDERACIÓN FINAL

Sobre todo para quienes han leído la obra, resulta claro que son muchos los prejuicios y es muy marcado el furor anticlerical de Gregorio López y Fuentes. Tampoco hace falta insistir en los numerosos detalles que hacen manifiesta la escasez de conocimientos del autor en materia religiosa y en cuanto a la conducta pastoral de los sacerdotes. Ciertamente estos límites le roban mérito a la obra, pues aquí la figura del cura es presentada con perfiles más propios de una caricatura grotesca que de un personaje bien trazado. Con todo, es preciso admitir que aun parodias sacerdotales  como la que encontramos en El indio de López y Fuentes tienen un parcial fondamento en errores individuales que la historia ha registrado y que reclaman una total superación

Hay aquí como una voz de alarma para que el sacerdote se empeñe en vivir con ejemplaridad su misión de servicio a los hermanos, a partir de Ios más menesterosos.

Tanto en la narrativa mexicana como en la novela de otros países, las figuras eclesiásticas más admirables son de sacerdotes fervientes, muy comprometidos con el pueblo. La imagen que hoy proyecten los sacerdotes, de algún modo emergerá en las novelas que leerá mañana nuestra gente.


[1] Brushwood, J.S. México en su novela. Una nación en busca de su identidad, F.C.E., México, 1973, p. 367.

[2] Magana-Esquivel, Antonio, La novela de la revolución, Ed. Porrúa, México, 1974, p. 175.

[3] Lopez y Fuentes, Gregorio, El indio. Novela mexicana. Premio Nacional de Literatura 1935. Ed. Porrúa, México, 1972, p. 123. Otras citas textuales de la novela que se emplean en este trabajo, corresponden a esta misma edición.

[4] Castellanos, Luis Arturo, “La novela de la Revolución Mexicana”, en Cuadernos Hispanoamericanos Voi. 62, Madrid, 1905, pp. 141-142.

Published in: on 10 junio, 2010 at 3:02  Comments (1)  

LOS SACERDOTES EN LA NOVELA “AL FILO DEL AGUA” DE AGUSTÍN YÁÑEZ [Segunda parte]

EL PADRE CHEMITA, O LA EXPERIENCIA TRAGICA DEL ANGELISMO

“Una religión triste, una ascética equivocada y heterodoxa que proscribe la alegría, la naturaleza tal como Dios la hizo. Una atmósfera de sexo, creada a fuerza de querer reprimirla, hasta en sus fines lícitos… ¿Dónde fue a buscar esos curas Agustín Yáñez, como el párroco o el padre Chemita, de corazón jansenista, calvinista o lo que sea, pero no católico? Y si encontró algo, hiperboliza…”

Con estas palabras, Valenzuale Rodarte[1] expresa su desacuerdo con al menos dos de los personajes de Al filo del agua: el señor cura Martínez, del que ya nos ocupamos, y el padre Chemita, de quién hablaremos en seguida.

Absolutamente novelesco, en el mal sentido de la palabra, el padre José María Islas se presenta como un caso patológico, expresión de una corriente espiritualista tan equivocada que se diría imposible… pero que se registra alguna vez, aunque no con los extremismos que vemos en el padre Chemita. Me refiero al angelismo, postura ascética deforme que menosprecia los valores naturales de la persona, y aun profesa horror al cuerpo y a los sentidos, considerando únicamente su inclinación al pecado.

Oigamos una frase cualquiera del padre Islas y nos daremos cuenta de su aberrante obsesión:

“– No es la miseria económica, ni siquiera el peligro de las ideas religiosas lo que amenaza de muerte a la vida espiritual del pueblo. Es la sensualidad creciente –y cínica ya en algunos casos– lo que debemos combatir sin cuartel…” (p. 173). Tal es la advertencia que lleva ante el señor cura, con carácter de urgente, alarmado por las ligerezas de la viuda Victoria.

¿Quién es este padre Chemita tan angustiado por los pecados que se pueden cometer contra el sexto y noveno mandamientos? Agustín Yáñez lo describe detalladamente en el capítulo once de su novela. Desde su mismo título (“El Padre Director”), ese capítulo está dedicado al padre José María Islas, ministro de la parroquia y director de la Asociación de las Hijas de María Inmaculada. Notamos inmediatamente que este último cargo es el que le confiere esa “poderosa influencia que lo hace respetable y temible aun a sus malquerientes” (p. 217).

Su personalidad exterior contrasta con su poder de influencia: su figura estilizada y seca muestra en la cara las señales de una permanente tansión interior: párpados y labios que tiemblan, quijadas que se mueven nerviosamente, exaltamiento de una vena a mitad de la frente… Su voz chillona es de escaso volumen y no hay en su rostro asomo de cordialidad. En suma, una figura deplorable. Sin embargo, sus devotas le reconocen encantos sobrehumanos: califican la santidad del “Padre Director” como indiscutible y le atribuyen, con desenfreno de la fantasía, mil y un profigios que luego divulgan por el pueblo. Credulidad o escepticismo frente a tales visiones, todo contribuye a que aumente la fama del padre Chemita… y a que se acreciente también su oculta soberbia, pues ésta es, en el fondo, la culpa del padre Islas.

No destella en este sacerdote el fulgor de la caridad; lo que en él impera es la rigidez de la exigencia. Sus estados de misantropía espiritualista llegan a ser alarmantes aun para el párroco.

“A excepción del párroco, apenas si saluda a sus compañeros de ministerio y extrema distancia con el ‘tolerante’ y ‘modernista’ padre Reyes, y con el padre Rosas, más atento éste a sus negocios que a la salvación de las almas” (pp. 228-229).

Por ningún motivo recibe dádivas, ni en dinero ni en alimentos, y sus compras son tan miserables que apenas se puede creer que con ello vivan él y las dos tías (viejecitas y sordas) que le hacen la casa… Esta frugalidad impresiona la fantasía popular, y más todavía su obsesión contra todo lo sexual. La postura del padre Islas a este respecto es tan radical que alcanza extremos de ridiculez. Es notoria, por ejemplo, su poca simpatía por la figura de San José, que considera estorbosa junto al halo radiante de la Inmaculada. Le molesta la tradición de las “Posadas” y del “Nacimiento”, y evita tocar temas como el del noviazgo y el del matrimonio.

El señor cura ve las consecuencias que provoca la tirantez del padre Chemita, pero no es capaz de analizarlas objetivamente, porque también en él influye la equivocada mentalidad de ese sacerdote al que tiene por virtuosísimo; se limita a tildarlo de escrupuloso y se consuela pensando: “después de todo, el escrúpulo acrisola la vida parroquial y es un perpetuo toque de alarma, que hasta ahora nos ha sido útil: ¡con que no agoste la virtud de la esperanza!” (p. 218).

Demasiado tarde el señor cura reconocerá en toda su gravedad las consecuencias del clima impuesto por su colaborador en la guía de las almas. En el mismo padre Islas se mostrarán los fatales resultados de una falsa ascética. Acababa de consumir el cáliz y todavía no daba muestras de extender la mano para que le sirvieran las abluciones, cuando prorrumpió en alaridos espantosos, cayó entre convulsiones y fue imposible sujetarlo; se mordía la lengua, se llenó la cara de espumarajos, se abotagó y sus gemidos parecían cosa del otro mundo, pavorosos, mientras las manos estremecidas y fuertes trataban de hacer daño; muchos fieles corrieron, otros al acercarse no pudieron resistir el espectáculo de la lengua retorcida, de los ojos en agonía, del espumarajo, de los gritos inauditos…” (pp. 343-344).

Tras el ataque, vino la parálisis y como el enfermo se negaba a salir del pueblo, fue necesario que la Mitra se lo mandara, ofreciendo pagar los gastos de su curación en Guadalajara.

“Pocos vecinos fueron a despedirse. Faltaron muchas Hijas de María. El ataque había matado la fe popular en la santidad del padre director. No se recataron miradas de satisfacción por la salida del enfermo. Mas el grupo adicto guardó fidelidad. Treinta mujeres enlutadas que plañían fueron a pie junto a la parihuela, cruzaron el río, caminaron media hora, echáronse al suelo para recibir la postrera bendición y regresaron llorosas. La pública indiferencia las irritaba” (p. 360).

Esta pública indiferencia no era más que el reflejo de una intuición colectiva que con mucha anterioridad había dado su fallo al calificar así al padre Chemita: “presbítero solitario que a cada paso siente amagos de un demonio tal vez ya dentro de él y contra el cual se retuerce y no se harta de clamar” (p. 234).

EL PADRE REYES, O EL SENTIDO DEL MINISTERIO

Vicario en Zapotlán el Grande, el padre Abundio Reyes despertó  pronto la suspicacia y después aversión de su primer cura, quien lo consideró revolucionario e imprudente e hizo que lo removieran de su lado. “Con dedicatoria especial” llegó, pues, a las órdenes del padre Martínez, el párroco de nuestra novela. Hay que decir que éste lo recibió con benevolencia y supo tratarlo con suficiente tacto, aun en contra de sus propias tendencias rigoristas. El padre Reyes, por su parte, sin dejar que su primera experiencia lo hundiera en la pasividad, procuró usar en adelante mayor cautela y sensatez. Esto, unido a su natural don de gentes, le ganó la simpatía de casi todo el pueblo, incluido su nuevo párroco; tanto es así que, cuando se pretendió trasladarlo a Lagos, el señor cura y varios vecinos fueron hasta Guadalajara para obtener que se renovara la orden.

La fama de “alocado” que tiene el padre Abundio, la viene arrastrando desde sus años de seminarista. Es una fama gratuita. Lo único cierto es que posee bríos juveniles y madera de líder. En realidad es conciliador y muy humano. Sus palabras son eficaces, lo mismo cuando se trata de mover a los indiferentes, como en aquellas ocasiones en que se requiere templar excesos. Por ejemplo, ante las extravagancias que acostumbra hacer Luis Gonzaga Pérez cada Semana Santa, el padre Abundio interviene “para que la imaginación del muchacho no se desmande” (p. 83). A este mismo ex-seminarista, le advierte con franqueza: “tu eres un católico a lo Chateaubriand; de la religión te gusta lo externo, que halague los sentidos. Apuesto que aspirabas al sacerdocio para lucir los ornamentos, para que te besaran la mano, etc. Hiciste bien destripando” (p. 119).

Estas palabras ponen de manifiesto que el padre Abundio busca lo esencial de las cosas y no se conforma con las apariencias ni se deja engañar por ellas. Al mismo tiempo, procura tener los pies apoyados en la realidad en que vive; es, por lo tanto, el menos propenso a creer en los infundios que tan fácilmente se propagan en los ambientes populares.

Un jueves santo, cuando circula la falsa alarma de que el Gobierno ha enviado tropas para impedir que haya en el pueblo manifestaciones religiosas, es él quien sale al encuentro de las imaginarias tropas, acompañandose sólo por una comisión de cuatro vecinos; más que un acto de valentía, fue una prueba de sensatez inspirada por la íntima convicción de que aquellas voces no podrían ser ciertas. En otra ocasión, cuando el pueblo se está dejando llevar por el pánico ante la supuesta aparición del comenta Halley, calma los ánimos azorados demostándoles a las gentes que aquello no es sino el lucero de la tarde. Después del parricidio cometido por Damián, acompaña al criminal hasta dejarlo en Teocaltiche; de ese modo logra evitar un linchamiento por parte del pueblo. Más tarde, cuando la indignación popular se levanta contra María, porque ésta ha defendido al asesino, obtiene que la población se recoja temprano en sus respectivas casas.

En contraste con la actitud general que mira con malos ojos a los braceros que regresan del Norte, el padre Reyes se aproxima a ellos, les manifiesta confianza y escucha con atención sus observaciones acerca del atraso, injusticia y cerrazón en que está viviendo el pueblo. Un amplio análisis de esto lo escuchamos de boca de uno de los “norteños” (pp. 152-154) y es suficiente para explicar la resolución del padre Reyes de organizar a los repatriados y comenzar con ellos una tarea de reforma social que juzga indispensable. Circunstancias adversas echan por tierra sus intentos de formar una liga religioso-social entre los norteños; pero él no desmaya y pronto vuelve a la carga planteándole al señor cura la urgencia de una organización sobre bases económicas, “por ejemplo, una caja refaccionaria pra agricultores y aun para artesanos, una cooperativa de producción y consumo, un seguro de vida” (p. 172). Ha comprendido que la usura y la explotación constituyen el mayor mal social de la comarca, y se ha convencido también de que el sacerdote está obligado a cooperar, con su experiencia y autoridad moral, en las reformas sociales exigidas por los tiempos.

Pero estas convicciones y esta participación no apartan al padre Reyes de sus tareas estrictamente religiosas; antes  bien, conociendo el rigorismo a que propenden el señor cura y el padre Islas, procura neutralizar los efectos de esa rigidez poniendo en su propio ministerio una nota de alegría, frescura y renovación. Es la nota que distingue su trabajo en la obra de catequesis infantil y en la animación de los jóvenes, con quienes organiza el coro parroquial, y ya tiene planes para “aerear un poco el alma de las mujeres” (p. 219). En breve, sabe que el ministerio es un servicio y que este servicio nace del amor y tiene que ser, por lo tanto, jubiloso y liberador: “¡Qué diera por desatar en risas la tristeza del poblado y romper las costumbres del aislamiento y proponer a la religiosidad un ritmo alegre!” (p. 219).

Con la figura del padre Reyes, Agustín Yáñez adelantó una imagen del sacerdote que hoy se considera la más genuina, a partir sobre todo del impulso renovador dado a la Iglesia con el Concilio Vaticano II:

  • La imagen del sacerdote que es anuncio y praxis de liberación, cuyo principio y fin es Cristo Resucitado.
  • La imagen del sacerdote que devuelve a la existencia humana el sentido de la esperanza.
  • La imagen del sacerdote que es, primordialmente, administrador de la Gracia, mas no por eso insensible a las realidades humanas; antes bien, promotor de una liberación integral de la persona.

OTRAS FIGURAS SACERDOTALES EN LA NOVELA

Hay otras figuras sacerdotales en la novela de Yáñez, pero son muy secundarias en la trama y desarrollo de Al filo del agua. Haremos, no obstante, una rápida mención de las mismas. Veamos, por ejemplo, cómo nos presenta el juicio del señor cura Martínez acerca de algunos de sus propios colaboradores.

Han terminado los Ejercicios de Encierro narrados en el tercer capítulo de la novela. Ha caído la noche, pero ésta no rinde con su cansancio al señor cura, “quien después de cenar vuelve al confesionario, termina con los demandantes, reza la última parte del oficio y del rosario, viene a su cuarto, se postra, se disciplina…” (p. 69). Comienza entonces una interminable plegaria, impetrando gracias por esta o aquella intención, por tales y cuales personas, por sus fieles en general, por las mujeres, por los adolescentes, por los niños. Por sus ministros, “para que se conserven puros y celosos: el Padre Reyes (con los peligros de su juventud y carácter), el Padre Vidriales (con sus arrebatos), el Padre Meza (con sus rutinas), el Padre Rosas (con su poca diligencia), el Padre Ortega (con su timidez). La propia flaqueza e ineptitud es el morivo final de la meditación y ruegos del párroco” (p. 69). Estas ideas que el padre Martínez se ha hecho de sus vicarios parecen tener fundamento en la realidad, según lo que leemos en varios episodios menores de la novela.

Del padre Rosas, sabemos que –a juicio del padre Islas– vive “más atento a sus negocios que a la salvación de las almas”. Es claro que el famoso “Padre Director” no le tiene ninguna estima; él, por su parte, tiene al padre Islas como principal objeto de sus bromas: le ha puesto el apodo de “San Chemita, virgen y mártir” y le atribuye todo género de extravagancias para poderse reír a sus costillas.

El conformista padre Meza y el envidioso Vidriales son personas detestables; como casi todos los mediocres, son murmuradores permanentes (léanse las páginas 154-156). Del padre Ortega sólo conocemos el calificativo de tímido que le da el señor cura.

Hemos querido terminar nuestro recorrido por Al filo del agua con la mención de algunas figuras secundarias, para poner en evidencia la variedad de matices con que Yáñez maneja la figura del sacerdote. Bien sabe el narrador jalisciense que, por excelso que sea el don del sacerdocio ministerial, está sujeto a la condición humana y se ve supeditado al mayor o menor grado de fidelidad con que lo vive cada uno de los ministros.


[1] Alberto Valenzuela Rodarte: Historia de la Literatura en México e Hispanoamérica, Ed. Jus, México 1967, p. 257.

Published in: on 7 junio, 2010 at 3:01  Comments (1)  

LOS SACERDOTES EN LA NOVELA “AL FILO DEL AGUA”, DE AGUSTÍN YÁÑEZ [Primera parte]

ACTO PREPARATORIO

La lectura de esta novela equivale a sumergirse deliberadamente en una atmósfera de opresión, en un ambiente regido por el peso de tradiciones sociales y religiosas que muestran apariencia de estaticismo, debajo de la cual proliferan las úlceras de frutos marchitos que se van volviendo siempre menos clandestinos, en demanda de cambios y aires de renovación.

Los episodios de Al filo del agua[1] suceden entre la cuaresma de 1909 y el mes de noviembre del siguiente año, fecha en que estalló la Revolución Mexicana. El pueblo cuya radiografía espiritual se nos da a conocer es un lugar anónimo del Estado de Jalisco, “un luegar del Arzobispado”, donde se vive bajo “el antiguo régimen”, según indica una nota introductoria escrita por el propio Yáñez.

Ese “antiguo régimen” a que alude el novelista jalisciense tiene a los sacerdotes como árbitros principales. La religiosidad tradicional es el elemento de mayor influjo en las costrumbres, ya sea para bien, ya sean para mal, y esto último es lo que más acentúa la novela, a partir del “Acto Preparatorio” con que da comienzo.

Las doce páginas del “Acto Preparatorio” están preñadas de alusiones religiosas, todas ellas sombrías, revelando que la vida del pueblo trascurre sin brillo ni alegría como en un permanente oficio de tinieblas. Solemnidad para los entierros; vergonzoso apresuramiento para los matrimonios: celebrados a oscuras, en las primeras horas de la madrugada. El miedo y los deseos reprimidos ocupan el sitio de la libertad y el júbilo. Pueblo de mujeres enlutadas: palidez en los rostros, oscuridad en los vestidos. Pueblo de templadas voces, de anhelos amordazados. Pueblo de campanas que rigen con severa precisión la monotonía colectiva y reservan sus mejores acordes para tocar a duelo. Pueblo hermético, temeroso, alienado.

“La voz narrativa comienza mostrando al lector el vivir de la comarca, bajo una visión panorámica del conujunto, y la hace sentir desde su apariencia externa. Es la base fundamental desde la cual contemplamos la parte ambiental, pero esa base no se percibe, en un comienzo, al mismo nivel del pueblo; la visión es panorámica. Lentamente Yáñez se enfrenta hacia una gradación descendente hasta llegar al nivel pueblerino”.[2]

Frases y rasgos del “Acto Preparatorio” se repetirán a lo largo de los 16 capítulos de la novela, confirmando el carácter de obertura que la crítica reconoce en esa peculiar modalidad que escogió el escritor para introducirnos en su relato-análisis.

Al calificar como “relato-análisis” esta novela de Yagustín Yáñez, no pretendo empañar los méritos del narrador, sino señalar una de sus características, tal vez la más valiosa. Acertadamente comenta Joseph Sommers: “Yáñez es el primer mexicano que aplica los principios freudianos a la novela. Él introdujo el monólogo interior, incorporó los sueños a la fibra de la narración, trató más plenamente las motivaciones sexuales, examinó el papel del subconsciente y exploró la represión, la expresión, el simoblismo y la sublimación. En cada uno de sus personajes importantes, el entrecruzamiento del mundo consciente y subconsciente determina la significación última dentro de la novela”.[3]

EL PADRE MARTÍNEZ, O EL FRACASO DEL PATERNALISMO

Se ha dicho que el ambiente mismo del pueblo es el personaje principal de Al filo del agua. Sí lo es, como protagonista colectivo. Pero, si pensamos en individualidades concretas, el papel más importante lo cumple el presbítero Dionisio María Martínez, cura del pueblo. Es el primer responsable de aquel ambiente. Su culpa mayor es un paternalismo sacerdotal de tipo rigorista. La íntima convicción de haber recibido en sus manos los destinos eternos de sus feligreses, lo ha vuelto suspicaz y exigente, obsesionado por la idea de ahuyentar cualquier peligro espiritual y de borrar todo pecado. Es un pastor de almas que vive a la defensiva de su grey, con la espada de la intransigencia desenvainada; riguroso consigo mismo y con los demás. Un cura que practica el maquiavelismo ascético: el fin justifica los medios y, si el objetivo es la salvaguardia de la virtud, no importa si pasa por encima de la libertad individual, si proscribe las alegrías y ve con malos ojos las legítimas satisfacciones de la existencia humana…

“El confesionario es el centro de sus activiades, el punto desde donde dirige la vida –las vidas– de la comarca” (p. 42). Recurre también a actitudes de investigador (“Hoy he comenzado a trabajar en el descubirmiento de esas novelas” p. 70). Toda alteración del orden establecido, la ve como una amenaza contra sus fieles, a los que vigila con la suspicacia de un papá celoso. Acostumbra cada noche dar una vuelta por el poblado, y aun en medio de la postración física, “no hace sino preguntar qué pasa en el pueblo, quiénes llegan, quiénes salen, quiénes están enfermos, quiénes alborotan, quiénes dejan de comulgar” (p. 62). De buena gana pondría una muralla alrededor del pueblo, su pueblo, el campo de su exclusiva competencia. “¿Qué forasteros vendrán este año a sembrar inquietudes durante los días santos? – el señor cura se derrumba en esta preocupación, sobre la que desfila el recuerdo de otros años y los trabajos que le cuesta –en meses– podar la cizaña de unos días” (p. 84).

En sus largas horas dedicadas al ejercicio de la piedad individual no abundan los minutos de auténtica meditación, y esto hace más explicable que, a pesar de su indiscutible rectitud de intenciones, el anciano cura no haya comprendido verdades tan radicales como las siguientes:

A – El paternalismo es crueldad

Eso puede afirmarse de todo paternalismo ya sea que se manifieste como tiranía afectiva ya sea que se revele como vigilancia extremada. Y don Dionisio María Martínez es cruel, acaso sin saberlo, en contra de su voluntad.

Es cruel con la colectividad, a la cual veda las manifestaciones esponsáneas del regocijo popular, manteniendo la idea de que son profanidades y motivos de disipación. No quiere ni que el pueblo participe en la peregrinación de la Arquidiócesis a la Villa, y así, año tras año, se guarda la circular sin mencionar siquiera el argumento. Hasta el adorno de los “Monumentos” del Jueves Santo le despierta sospechas, haciéndolo cavilar: “Paganismo de la sensualidad que busca el adorno de los altares” (p. 105).

Es cruel con los individuos, mayormente con las personas a él más allegadas, como se percibe en su dureza con Gabriel y con sus propias sobrinas María y Marta. Los tres fueron recibidos en el curato desde que eran pequeños. Crecieron al amparo del sacerdote, casi como hijos suyo. Pero él nunca les manifestó más cariño que vigilancia. Jamás permitió que Gabriel familiarizara limpiamente con Marta y María, y cuando una intrusa –Victoria– despertó en el muchacho la sed de ternura, el sacerdote reaccionó con acritud privándolo de su oficio de campanero. A sus dos sobrinas, nunca les permitió salir del pueblo ni les dejó libertad para entablar amistades; puras prohibiciones y obstáculos. Su mayor acto de crueldad con relación a sus allegados consiste en su silencio cuando Gabriel le manifiesta, por carta, que es María y no Victoria a quien ama realmente; en vano solicita la mediación del cura, que se mantiene terco en su silencio y nada comunica a su sobrina. Esta omisión culpable ocasionará la desesperada ruina de Gabriel y, más tarde, la escandalosa fuga de María, que se adhiere a un bando revolucionario. Este nefasto celo de don Dionisio tiene parcial explicación en sus propias experiencias infantiles; el narrador advierte: “Fue grave crisis para don Dionisio el de su personal ortandad –siempre se sintió niño junto a su madre– …” (p. 71).

Es cruel con su propia persona. Obsesionado por la idea de la omnipresencia de la culpa, el Padre Martínez se considera a sí mismo como sujeto y objeto de expiación. A su régimen de vida, de suyo agobiante, añade la diaria pentencia de flagelaciones despiadadas y el empleo del cilicio. Coherente con su propio rigorismo, evita todo lo que considera debilidad o peligro, sin permitir siquiera que afloren sus más legítimos sentimientos. “La violencia con que trata de disimular el cariño que les tiene (a sus sobrinas) es el mejor testimonio de la profundidad con que las quiere. ¿Qué haría humanamente si le faltaran aquellos retoños de su sangre, casi criaturas suyas, qué haría sin ella el anciano?” (p. 73). Esta violencia contra sí mismo es producto de una mentalidad maniquea que exalta lo espiritual y reprime lo que atañe al cuerpo. Por eso las más agudas preocupaciones pastorales del Padre Martínez se refieren a los pecados carnales que pueden comenterse en el pueblo, y así se constata que en los Ejercicios de Encierro que organiza anualmente, “la especialidad del señor cura es la execración del vicio lujurioso, para que cada uno de los ejercitantes mire su retrato y miseria; irresistible también es la manera con que predica sobre las penas del infierno, ayudándose con azufre y brea, cuyo hedor llena la capilla esa noche” (p. 65).

B – El paternalismo nace del orgullo y la desconfianza

El propio orgullo y la desconfianza en los demás son las raíces profundas del paternalismo, tanto del que asume las formas de un control rigorista (lo más habitual en Dion Dionisio), como del que se manifiesta con apariencias de blandura.

Hay en este párroco un trasfondo de soberbia, no disuelto ni por sus flagelaciones ni por su constante reconocimiento de flaqueza; un sutil orgullo porque se sabe al centro de la vida del pueblo, capaz de influir en los destinos individuales, llamado a intentarlo con todos los medios… “Algunas veces quisiera don Dionisio saber el fin de éste y el otro, quisiera conocer por anticipado el desenlace de conflictos que lo preocupan, la resolución de pasiones, la fortuna de virtudes: precipitar el rodado de las canincas. Instantáneamente abjura de esta temeridad, contra la Providencia; le toca sólo a él influir en el ejercicio del albedrío” (p. 163).

Su mayor satisfacción es convencer a los reacios y duros, y es en tales casos cuando utiliza el recurso de la blandura y el sentimiento. Al parricida Damián Limón lo visita en la cárcel, en busca de su conquista espiritual. El preso no le da oídos; al contrario, lo acusa de ser el culpable del aire irrespirable que hay en el pueblo. El sacerdote continúa su asedio:

“–¿Cómo piensas eso? Yo quiero ser ahora tu padre; lo quise ser contra tu voluntad, por designio de Dios, y si hay alguien que sienta lo ocurrido, ten por seguro que si se puediera, yo cambiaría las cosas” (p. 272).

La intentona fracasa y la conciencia de inutilidad sume al cura en la postración interior: “Pobre de ti, pastor lleno de flaquezas, pobre de ti; las ovejas que se te confiaron van descarriadas; los lobos aúllan por todas partes; una solo que se te pierda –¡cuántas ya se te habrán perdido!–  ¿qué cuentas vas a darle al Señor” (p. 272). Paradójicamente, hasta este soliloquio de su derrota es un testimonio de su oculta soberbia.

C – El paternalismo es autodestructor

El aprente estaticismo denunciado desde el “Acto Preparatorio” como distintivo del pueblo es, en realidad, una frágil e inconsistente capa que va resquebrajándose, desmoronándose ante la sacudida con que se anuncian los tiempos nuevos. También el régimen pastoral mantenido por don Dionisio reclama urgentemente aires de renovación. Desde el primer tercio de la obra, el novelista expresa tal urgencia, en una interesante práfrasis de los “Improperios” del Viernes Santo, en boca del exaltado Luis Gonzaga Pérez. A la retórica pregunta: “Pueblo mío, ¿qué te hice o en qué te contristé?”, sigue un elenco interminable de los pecados del pueblo, y la advertencia: “Pueblo mío, yo venceré tu obstinación, yo venceré la obstinación de tu cura y tu ceguera” (p. 117).

El caso del mencionado Pérez, ex-seminariste que acada por volverse loco, constituye uno de los remordimentos del señor cura. Se perfila en su ánimo “el escrúpulo de juzgar hasta dónde le cabe culpa en lo acaecido a Luis Gonzaga, bien sea por extremado celo, bien por negligencia en aconsejarlo, bien por ignorancia del método con que debió dirigirlo rectamente; porque de una cosa está seguro: la vesania del joven estalló a causa de una mala dirección espiritual, que rompió los diques de la cordura” (p. 334).

El Padre Dionisio es víctima de su proprio paternalismo rigorista. Al mismo tiempo que lo atormenta la constante preocupación por su peublo, su espíritu se va llanando de remordimientos por las trágicas consecuencias de su método pastoral. El capítulo décimo es fundamental a este respecto. En él se describe con maestría la explosión de esos remordimientos; en una terrible pesadillo, el cura contempla a Gabriel dominado por el desenfreno sexual, y a sus sobrinas mancilladas; tanto ellas como el muchacho, apostrofan al cura echándole la culpa. Gabriel: “Usted tiene la culpa, señor cura. Primero, porque nunca me ha querido revelar quién es mi madre. Padezco una sed implacable de ternura, y de ternura femenina. Después, usted ha impedido astutamente que yo me acerque con tranquila confianza a María y a Marta, como un hermano que se entrega a los limpios afectos. Finalmente, usted tiene la culpa por haberme quitado el único cariño que poseía: mis campanas, en las que cifraba y con las que compensaba mi sed inmensa” (p. 210-211). Y ellas: “Usted tiene la culpa, usted que nos dejó solas, distraído por sus trabajos y preocupaciones. Quiso ignorar que éramos mujeres y, como mujeres, flacas, dispuestas a caer, encerradas en la oscuridad, ansiosas de luz, torturadas de deseos” (p. 212).

La infernal pesadilla asume carácter de realidad al final de la obra: Gabriel se pierde, y María –la sobrina predilecta– huye del curato y escapa con las tropas revolucionarias. Es el golpe mortal para el sacerdote; las cuerdas sensibles del viejo cura se rompen: “A ninguno pudo defender. No pudo defender a Luis Gonzaga, ni a Mercedes Toledo, ni a Micaela Rodríguez, ni a Rito Becerra, ni al Padre Islas, ni a la viuda de Lucas, ni a don Timoteo, ni a Damián. ¡Miserable pastor que se ha dejado robar las ovejas! ¡Miserable pastor que ha dejado rodar las canicas y no ha podido enderezarles el camino! Año con año se frustran más y más vocaciones de jóvenes que habrían de trabajar la viña del Señor. Con más horrendo escándalo ha ido a la perdición, creciente número de doncellas. Aquello que más deseó, aquello por lo que más trabajó, es lo primero que arrastra la furia adversa. Muchas veces lo halagó pensar que trabajaba bien: Dios castiga su soberbia con derrota espantosa, hiriéndole la más vulnerable afección. Por siempre será ludibrio de sus fieles: ni a la oveja que traía contra el pecho pudo salvar, antes la perdío con mayor escarnio” (p. 385).

Y SIN EMBARGO…

El anciano sacerdote, a pesar de su derrota, no obstante sus radicales errores, posee cualidades que no debemos callar. Fundamentalmente, es un hombre de rectas intenciones. Joseph Sommers no duda en calificarlo como mártir. “En efecto Yáñez ve la autenticidad del catolicismo de su personaje con compasión, inclusive cuando penetra en la fragilidad de sus soportes sicológicos. A medida que la novela sigue su curso, don Dionisio aparece como un mártir genuino, buscando con cada fibra de su ser lograr lo imposible, cambiar el movimiento de la naturaleza y de la historia humana. Al final, queda roto”.[4]

Esa fundamental rectitud de intenciones lo hace comprensivo con el Padre Reyes, su innovador vicario, y al final –tal vez demasiado tarde– partidario incondicional de un nuevo régimen pastoral. En cambio, con relación al neurótico Padre Islas, promotor del más extremado angelismo, al principio es condescendiente e incluso lo tiene como su confesor: después reconoce los fatales errores de ese colega.

Cuando se declara irreversible la locura de Luis Gonzaga Pérez, el angustiado párroco se plantea decididamente “la conveniencia de templar el rigor en la guía de almas, limitar la jurisdicción del Padre Islas, hacer que participe más el Padre Reyes en el gobierno de la parroquia y ponga en práctica sus ideas innovadoras. El anciando ha venido rindiéndose a la evidencia de que hay un cambio al que no escapará su feligresía; es casi una sensación, como la del viento caliente y terroso que anuncia la Cuaresma, como el olor de humo en el tiempo de cosechas…” (p. 335).

También en orden al trato riguroso que les ha dado a sus sobrinas, se despieta en él una tardía voluntad de cambio. Cuando muere la hija primogénita de Justino Pelayo, se recrudece en el sacerdote un sentido de culpa con respecto a sus sobrinas, sobre todo con respecto a la más querida e incomprendida de ellas. Tras el entierro de la pequeña, corre al curato “sin otra idea que buscar a María, encontrarla y arrancarle una sonrisa, una de aquellas deliciosas sonrisas de niña, olvidadas tanto tiempo. Pero María no está en el curato cuando él llega” (p. 347).

¡Llegar demasiado tarde! Otro aspecto de la tragedia de don Dionisio. Llegar a destiempo, tardíamente, a la comprensión de su equivocado rigorismo: “su estéril celo por la pureza, su casa de ejercicios espirituales, los largos años inútiles de severidad contraproducente. ¡Si hubiera dejado que la ternura se derramara!” (p. 385).

En un postrer esfuerzo por impedir que el fracaso de su método arrolle también el sentido de su sacerdocio, esconde a todos el rostro de su amargura. “No. Nadie metería su sadismo en la llega del ejecutado” (p. 384). Se refugia en su habitación, “como un hombre que trae puñales clavados y se esfuerza en vencer el vértigo, en acallar los alaridos de la carne, la rebeldía del corazón” (p. 384).

Noche de postración y flagelo. Noche de evidencias desconcertantes: “él mismo ¿no ha predicado que las calamidades deben aceptarse como azotes de la justicia divina? ¿Por qué no ha de ser la revolución el instrumento de que se sirve la Providencia para realizar el ideal de justicia y pureza, inútilmente perseguido por este decrépito cura?” (p. 386).

Al romper alba, entra en la sacristía y se reviste los ornamentos. Con aparente calma igual que todos los días, desafiando así la mortificante curiosidad de sus fieles, comienza la celebrazión de la misa:

Introibo ad altare Dei…

Ad Deum qui leatificat juventutem meam…

“A Dios que alegra mi juventud”, repite las palabras del ayudante, mientras una ola de amargura invade su garganta de anciano.


[1] Agustín Yañez terminó de escribir Al filo del agua el 24 de febrero de 1945. Dos años después se hizo la primera edición de su novela, que se sigue considerando como la mejor de sus obras, y una de las más valiosas expresiones de la novelística mexicana. La referencia de páginas, en el presente trabajo, corresponde a la octava edición, Editorial Porrúa, México, 1968.

[2] Arango L., Manuel Antonio: “Aspectos sexuales y sociológicos en el ‘Acto Preparatorio’, en la novela Al filo del agua, de Agustín Yáñez”, Cuadernos Americanos XXXVI, 1977, No. 6, p. 174.

[3] Sommers, Joseph: Yáñez, Rulfo, Fuentes: la novela mexicana moderna. Monte Ávila Editores, C.A., Caracas, Venezuela, 1969, pp. 75-76.

[4] Sommers, op. cit., p. 74.

Published in: on 4 junio, 2010 at 2:58  Comments (4)  

A SALVO EN EL “AGUA ENVENENADA”, DE FERNANDO BENÍTEZ

Fernando Benítez, siempre tan preocupado por escrutar la realidad mexicana, traza en El agua envenenada[1] la versión novelesca de un hecho acontencido en 1959: la rebelión de un pueblo contra las arbitrariedades de un cacique.

El escenario de los acontecimientos es Ciudad Hidalgo, poblado importante del Estado de Michoacán; en la novela aparece con su antigua denominación de Tajimaroa. Los nombres de las personas que tuvieron parte en los hechos, en algunos casos están ligeramente camuflados (por ejemplo, don Aquiles de la Peña se transforma en Ulises Roca); en otros casos los personajes llevan el nombre de las figuras en que se inspiran. Y hay también personajes totalmente ficticios, como es natural en una novela aun cuando se basa en hechos reales.

La estructura de la obra es lineal, no dividida en capítulos, sino en pequeños cuadros o secciones, 53 en total. La narración es ágil e intensa, con un marcado crescendo a partir sobre todo de la sección 34, cuando comienza a difundirse el rumor de un envenenamiento del agua por parte del cacique.

Tres son los protagonistas principales de la novela:

Ante todo un personaje colectivo: el pueblo mismo de Tajimaroa, que se deja arrastrar por el infundio y desahoga con violencia su exasperada condición de oprimido. Nos encontramos aquí con una moderna interpretación de Fuenteovejuna.

Otro protagonista es el ya mencionado Ulises Roca, el aplastante señor de la comarca, que impone su voluntad mediante la inicua política de las tres “pes”: “plata para los amigos, palo para los descontentos, plomo para los enemigos”. Derribado finalmente, paga con su sangre la deuda contraída por sus propias atrocidades.

Y es también protagonista el señor cura de Tajimaroa, en quien descubrimos el dramático conflicto del sacerdote que debe salvaguardar los derechos naturales del hombre sin traicionar los principios del Evangelio. En boca de este sacerdote pone Benítez la narración. Las cuatro escenas con que comienza la obra nos lo presentan después de los hechos, llamado por su Arzobispo para que dé cuenta de tales sucesos: si ha tenido o no parte en el azuzamiento del pueblo; si ha obrado con valentía y prudencia para impedir el derramamiento de sangre; y, en fin, si tiene algo que exponer en su propio descargo, puesto que el pueblo se queja de él, como se quejan los familiares de las víctimas, y aun las autoridades civiles…

¿QUÉ SUCEDIÓ EN TAXIMAROA?

De la sección quinta hasta la decimosexta, la novela nos ofrece una relación supuestamente autobiográfica en la que el sacerdote narra las experiencias de su vida hasta la fecha de su nombramiento como cura de Tajimaroa. Esta relación nos revela un carácter fuerte, fraguado desde la infancia por la vicisitudes de un México en perenne agitación, un México creyente pero ignorante; ansioso de libertad y de progreso, pero maniatado por la injusticia y la superstición.

“Cierto, son dóciles, incluso excesivamente dóciles. Aceptan trabajos y dolores con un desdén pasivo y casi estoico que los hace invulnerables. Sin embargo, destrás de esa corteza, de esa resignación con que aceptan su destino, de esos ojos cargados de enigmas, se esconde una sensibilidad enfermiza, un sentimiento mágico de la vida y un fondo de rebeldía capaz de estallar en un segundo con violencia inaudita.

“Creen ciegamente en la eficacia de los amuletos, en las profecías, en los tesoros ocultos, en los milagros y en las apariciones sobrenaturales, y yo me pregunto a menudo con angustia si no recae en nosotros la responsabilidad de fomentar estas supersticiones” (pp. 43-44).

Este sacerdote cosciente de la obligación de la Iglesia ante los problemas de la ignorancia y la superstición, llega a Tajimaroa para encontrarse con otro gran escollo contra el progreso del pueblo: la fuerza del caciquismo, representada allí por don Ulises. Sus primeros contactos con èl y las confidencias de los feligreses lo llevan pronto a la conclusión: “En donde hay un cura rural hay siempre un cacique y el dilema es éste: o se le acepta o se le combate, o se es conformista o se es un cristiano verdadero” (p. 85).

Sobre esta última línea sitúa Benítez una implícita acusación contra el cura, al que hace confesar: “Sabía ya lo que debía saber acerca de don Ulises. No corrí a enfrentármele. No defendí a las ovejas acosadas que Su Ilustrísima me había confiado al nombrarme cura de Tajimaroa” (p. 57). Veremo que no se reduce a ello la dimensión conflictiva que el novelista confiere a su personaje. Anticipándonos un poco, podemos mencionar en seguida la valerosa intervención de este sacerdote en el intento de apaciguar los ánimos e impedir un absurdo derramamiento de sangre. No aprueba la conducta del cacique, pero tampoco está de acuerdo con la enconada violencia que se depierta en el pueblo. Los remordimientos que expresa al decir que no fue capaz de enfrentársele al cacique, se refieren más que nada al grado de su propia firmeza y determinación, puesto que en realidad sí hay un momento en que se enfrenta al cacique: cuando lo visita para hacerle saber que el descontento del pueblo no es infundado, y que a él, don Ulises, más le valdría modificar su política o retirarse de Tajimaroa. En aquella ocasión no obtuvo del cacique sino graves recriminaciones contra la Iglesia, y la interrupción del diálogo declarándose irreconciliable:

“–¿Es que nunca llegaremos a entendernos?

“–Resulta difícil. Su reino, en todo caso, no es de este mundo. El mío está aquí, en este pueblo, y sé la manera de gobernarlo” (pp.- 95-96).

El primer golpe contra la arbitraria autoridad de don Ulises lo constituye el triunfo de la Asociación Estudiantil de Tajimaroa, al frente de la cual está Manuel Espino, uno de los personajes más definidos de la novela. Los jóvenes obtienen que el pueblo pueda escoger a sus propias autoridades.

Un segndo golpe contra el cacique es la venganza que los jóvenes toman contra Avelino, el principal entre los matones de don Ulises. El ex-comandante de la policía es rapado por los muchachos, arrojado en la fuente pública y amarrado en un  árbol con un infame cartel en el cuello: “Por traidor a Tajimaroa”. Este grotesco episodio marca el comienzo de la tragedia. Alguien comenta, al caer Avelino en la fuente: “¡El agua ha sido envenenada!” El rumor se difunde, primero vago, luego invasor e inquietante, al fin incontenible y preciso: el cacique ha resuelto aniquilar al pueblo envenenándolo.

“Sé muy bien lo que va a preguntarme…, y me adelanto a responderle: don Ulises no envenenó el agua…Don Ulises debe ser visto como un pequeño criminal, como un delilncuente sin imaginación, como un mediocre en el bien y en el mal a quien su mediocridad le vedaba la grandeza necesaria para decretar la condenación en masa de quince mil seres humanos” (p. 122). Pero, ¿quién puede detener un rumor desatado? ¿Quien puede frenar las voces que atañen a lo más querido y ponen en entredicho el bien más indispensable para un pueblo en tiempo de secas? “Para esta gente, Monseñor, el agua es preciosa…Todavía hace dos años debían ir por ella a la fuente pública…La guardan, empleando cuidados exquisitos, en los sitios más frescos de sus casas y cuando beben, cierran los ojos, echan la cabeza hacia atrás, y la paladean gota a gota, porque relacionan el placer de calmar la sed al dolor del hombro dejado por el palo con que la acarrean de la fuente” (p. 117).

Dos casos de personas con supuestos síntomas de envenenamiento eliminan cualquier duda en las mentes del pueblo, y se enciende la mecha: todos hacia la casa de don Ulises, ¡a exterminar al enemigo!

Es en este punto –sección 38 – donde comienza la intervención del cura. El y sus vicarios actúan con ejemplar valentía y, aunque no logran impedir la muerte de don Ulises, quedan a salvo los familiares del cacique, como también los hombres de su confianza (a excepción de Avelino, que muere víctima de un atroz linchamiento).

En las seis o más horas de asedio a la casa de don Ulises (con todo lo que eso significó de exaltación, gritos de injuria, bombas molotov, pedradas, disparos, etc.), la obra del cura fue la de un desesperado arbitraje: aunque incomprendido y aun agredido por ambas partes, obtuvo que no se llevara a cabo la espeluznante matazón en que aquello hubiera terminado.

Solidaridad de los vicarios

Digna de nota es la actuación de los tres vicarios según aparecen en la obra: se advierte en ellos un loable espíritu de solidaridad con el cura y una conducta juvenil y valiente. Suárez, Villaverde y Miranda son los apellidos con que se les presenta.

Especial interés suscita la figura del padre Suárez, al que la novela atribuye algo de aquel arrojo que fue característico en San Pedro, el vicario de Cristo.

Es el padre Suárez el primero en solicitar la intervención del señor cura en el lugar de los dramáticos sucesos. Otra muestra de su carácter emprendedor y generoso es la decisión con que atraviesa las llamas del incendio para poner a salvo la bicicleta de un muchacho. Pero no se piense en un héroe ajeno a las comunes flaquezas: cuando percibe el riesgo que corre quedándose en medio de la refiega, titubea y pide al señor cura: “–Déjeme regresar al curato. No debo exponerme. Yo sostengo a mi madre y a mis hermanos, y si les faltara…” (p. 41). Temor muy humano y comprensible, mas no definitivo: en efecto, cuando este vicario reaparece, lo vemos enfrentándose a los asediadores que pretenden acabar también con la familia del cacique:

“Inesperadamente, el padre Suárez se interpuso, y empleando una energía de la que yo no lo hubiera creído capaz, hizo retroceder a los atacantes” (p. 165).

“Un joven gritó:

“Don Ulises nos acusaba de ser un pueblo de gallinas. Ha llegado la hora de demostrar lo contrario, de terminar con ese nido de víboras.

“–Ven si te atreves –estalló el padre Suárez dirigiéndose al joven–, pelea tú solo.

“–Quítate la sotana –respóndió el joven dando un paso adelante– y pelea como los hombres.

“El padre se quitó la sotana, y antes que yo pudiera impedírselo, derribó al joven de un seco golpe en la quijada.

“Sus ideas acerca de los sacerdotes deben haberse modificado. El padre Suárez, en lugar de ofrecer ambas mejillas, ponía a su enemigo fuera de combate con un golpe que hubiera enorgullecido a su maestro de gimnasia en el seminario, y ante mi sorpresa, el empleo de la violencia los apaciguó, lejos de enardecerlos” (P. 166). En la siguiente página recogemos otro rasgo de esta simpática figura sacerdotal:

“–Es necesario mantenernos firmes –le dijo al padre Suárez que había vuelto a ponerse la sotana–. Los soldados pedidos a Zitácuaro no tardarán en llegar y habrá concluído esta pesadilla.

“–Sólo me preocupa que usted me perdone.

“–¿Perdonarlo? ¿De qué debo perdonarlo?

“–Lo abandoné a usted en la hora del peligro.

“–No hablemos más de eso  –le dije ocultando la emoción…” (p. 167).

Y al final de la obra, cuando el señor cura es llamado por el Procurador del Estado, será el padre Suárez el que proponga con vehemencia:

“–No, señor cura…, usted no debe ir solo. Ha llegado la hora de las represalias y no sería remoto que lo acusaran de haber incitado a los feligreses. He oído algunos rumores en ese sentido” (p. 171).

Exigencias de Benítez respecto al sacerdote

Volvamos a la persona del señor cura. Repasando los hechos de su conducta según los plantea El agua envenenada, se tendería a decir que la figura del párroco queda en bastante buena luz; que no se habla mal de él ni se le hace objeto de críticas acerbas. Sin embargo, ya hemos visto que el señor cura de esta novela se muestra insatisfecho de su propio compartamiento: su espíritu se ve ensombrecido por la duda y el remordimiento, precisamente en aquellos momentos en que debiera ser más luminosa la satisfacción de quien ha cumplido con su deber. ¿Es que Fernando Benítez pretende decir que el cura de su novela falló en su misión como sacerdote? Sí y no, como trataré de explicar.

Cuando Ulises Roca cae muerto en el umbral de su casa, centenares de hombres se aproximan al cadáver dispuestos a vejarlo. El señor cura interviene con energía: “¡No toquen a ese hombre, ya está juzgado por Dios!”

“Por qué lancé ese grito? –se pregunta el personaje de Benítez– ¿Por qué defendía a don Ulises muerto y no lo defendí cuando aún era tiempo de salvarle la vida? ¿No era el odio, la cólera reprimida contra el cacique, un deseo inconsciente de venganza lo que me paralizó reduciéndome a la impotencia? Había sido un juguete en manos de la muchedumbre, un hombre indeciso, acobardado, y de golpe recobraba la voluntad y me erguía dispuesto a luchar por un despojo, por los restos de un hombre que abatió la violencia contra la cual creí luchar aunque en realidad formaba parte de ella” (p. 148).

Queda así planteada una nota de ambigüedad en la dimensión interior del sacerdote.

En la última sección de la novela son aún más intensas –y en cierto sentido contradictorias con varios datos de la obra– las recriminaciones que el señor cura hace contra sí mismo; lo vemos salir del Ayuntamiento (a donde ha sido llamado a declarar), detenerse en el jardín y reclinarse en el tronco de un árbol. Son las dos de la mañana y aún no parecen del todo terminados los dolorosos sucesos de un día febril. Mientras sus ojos vagan en la sombra, su mente se llena de recuerdos: entonces se contempla a sí mismo recién ordenado sacerdote, llegando al sitio de su primera destinación como vicario, premetiéndose con resolución: “Mi deber es salvar al mundo, y si no lo salvo, ésa es mi culpa”. ¿Qué ha sido de tales propósitos?

“No quedaba ya nada de ese ardiente deseo de lucha. La tierra de México, la tierra abrumada bajo el peso de la miseria y de las injusticias, nuestra tierra que para ser salvada reclama el sacrificio de los héroes, me había destruído, porque fui un santo a medias, un héroe a medias, un pobre ser que no tuvo fuerzas para vencer esa corriente hecha de ira, de esperanzas frustradas y de limos sangrientos en que se resolvió la lucha armada, la persecución religiosa y la reforma agraria. El cacicazgo había significato mi última oportunidad y la perdí con las otras. En vez de acaudillar a los jóvenes y de sufrir las consecuencias de la rebelión, la había fomentado sin riesgo, al amparo de mi claustro. Manuel, el héroe, estaba muerto y el procurador elegía, viéndose las uñas manicuradas, a las víctimas que habrían de cargar las culpas de todos nosotros” (p. 177).

¿Qué significa todo esto?  ¿El fracaso de su ministerio, o más todavía, el fracaso del sacerdocio mismo?

Respondo negativamente. Si esta novela de Benítez encierra un juicio acerca del sacerdocio, no es por cierto una idea de menosprecio e inutilidad, sino, en todo caso, un concepto de exigencia profunda y radical. Esa exigencia a la que no puede sustraerse ningún sacerdote; exigencia de integridad y heroísmo, de claridad y firmeza, por encima de mediocridades y posturas intermedias, a costa de impopularidad y sacrificio.

¿Y cuál fue la opinión del efectivo señor cura de Tajimaroa?

Hasta aquí nos hemos mantenido dentro de los límites del planteamiento novelesco. Mas no olvidemos que El agua envenenada se basa en hecho reales. La figura del párroco que allí aparece también se inspira en un personale real.

Entrevistado por mí, este sacerdote –padre José Reyna Muñoz–[2] me proporcionó una relación objetiva de los hechos acontecidos en Ciudad Hidalgo (antes Tajimaroa) el año de 1959. Dicha relación me permite afirmar que los hechos no sufrieron una modificación sustancial al pasar de la realidad a la novela. En cuanto a las pautas que la novela da para la interpretación de tales hechos, el asunto es distinto.

En primer lugar, es completamente ficticio que este sacerdote haya tenido motivos para pasar por una crisis de remordimientos después de su actuación en los acontecimiento de 1959. Por el contrario, en él fue muy clara y sin complicaciones la convicción de haber cumplido con su deber sacerdotal, de acuerdo con las circunstancias:  Mire, mi vida la he pasado contento, porque he tratado de cumplir con mi deber. En aquella ocasión, aquí algunos se enojaron conmigo porque no los dejé que mataran a todos. Otros decían que yo había sido el que movió el levantamiento. Pero, ya se sabe, nunca se puede quedar bien con todos. Uno no tiene más que cumplir con su obligación ante Dios. Unos lo entenderán, otros lo tomarán a mal…

–¿Fernando Benítez lo entrevistó antes de escribir su novela?

Sí, vino aquí y se entrevistó conmigo. Le platiqué todo, tal como se lo he narrado a usted.

–¿Es verdad lo que aparece al principio de la novela: que usted fue llamado por su Arzobispo para que diera una explicación sobre su conducta en los hechos del 59?

No, eso de que me haya llamado el Señor Arzobispo es pura ficción. Jamás me preguntó nada ni me ordenó que fuera para un diálogo o algo así. Ahora, en cuanto a lo que dice la novela de mi infancia y de otros períodos de mi vida, sé que Benítez anduvo preguntando aquí y allá. Con eso se imaginó mi infancia y mi juventud, a su manera…Por eso esa novela casi no la conozco: apenas le vi algunas tonteras, la dejé…

–Así que no la ha leído toda…

No, a pesar de que siempre he tenido ejemplares, pues me los pedían constantemente.

–¿Qué hubo detrás de la muerte de don Aquiles?

Eso todo mundo lo sabe. Las cosa comenzaron a manejarse desde arriba. Ciertamente don Aquiles ponía y quitaba autoridades a su antojo, y eso, claro está que les fastidiaba a algunos que no hallaban cómo quitárselo de encima. Lo del envenenamiento del agua no fue sino un pretexto… Aquel día estaba yo atendiendo a una señora que me trataba un asunto de matrimonio y llegó un fulano al curato para decir que no tomáramos agua porque estaba envenenada. Yo entonces envié rápidamente a que vieran quién era, pero ya el muchacho iba saliendo a la carrera, para allá, por donde iba una camioneta anunciando lo mismo. Yo lo que quería era pescar a aquel fulano y preguntarle de dónde había sacado aquello…Y no pasó mucho tiempo cuando me llega uno de los vicarios y me dice: “Señor cura, ya se prendió la mecha” “¿Cuál mecha?”, le dije yo. “¿No oye los balazos? Están incendiando la casa de don Aquiles; ha habido balazos y puede ser que haya heridos”.

No es verdad que el padre Reyna haya tenido alguna relación, siquiera indirecta, con los manejos que condujeron al pueblo hasta la muerte de don Aquiles. Tampoco es verdad que haya titubeado ante la posibilidad de salvarle la vida, una vez que se desató la violencia: Dios lo sabe, y es la verdad, que yo nunca tuve participación en esos levantamientos. Y, vuelvo a decir, creo que con la ayuda de Dios y un poco de esfuerzo que puse, libré del asesinato a las gentes de don Aquiles. Y hubiera podido librarlo también a él, si me hubiera hecho caso y seguido mis indicaciones…

Ya sabemos que estos esfuerzos del padre Reyna no fueron bien interpretados por todos. Eso no se puede evitar. Los que mueven las cosas tienen a veces sólo una mira política. Los sacerdotes debemos tener además un pensamiento religioso. ¿Quién me puede decir que hago yo mal defendiendo incluso al más criminal? Dios es el único autor de la vida, su único dueño, y no tenemos derecho a quitársela a nadie…, ni a tomarnos venganza con nuestra propia mano…

Lo que acabo de apuntar basta para poner en claro que el padre Reyna no podía tampoco estar de acuerdo con las arbitrariedades de don Aquiles, arbitrariedades que llegaron al extremo de cortar vidas. Pero tampoco juzgó jamás que el camino para resolver la situación fuera el de la violencia; en cambio, creyó siempre que el único camino acertado está comprendido en el Evangelio.

Siempre he sido enemigo de los levantamientos…Si antes de Cristo el Señor parece aprobar los ejércitos, y hasta se le llama ‘Señor de los ejércitos’, eso sería por las circunstancias de los tiempos antiguos; pero con Cristo nos viene la enseñanza del amor, del diálogo, de la búsqueda de la paz. Es muy distinto, aunque a veces a uno le crujan las tripas…, pues uno es humano. Pero no hay que darle rienda suelta a la naturaleza. También la Gracia tiene sus derechos…

Todo prueba que en los hechos del 59 los agitadores se valieron mucho de esos instintos de la naturaleza; que aprovecharon como principal recurso la tendencia del pueblo a la exaltación y al fanatismo. Un episodio muy significativo (también parafraseado en la novela) fue el momento en que Aquiles chico se vio herido.

Parece ser que se le arrojó violentamente y se le hizo caer, y éste cayó como atarantado y se dio con la cabeza en la banqueta, bañado en sangre. Corrí hacia él y tomé un sombrero que estaba por allí tirado y se lo puse debajo de la cabeza. El, todo atarantado, hacía esfuerzos como de querer tomar la pistola, pero ya no la traía. Y yo le dije al oído: “Aquiles, hazte el tonto, para que no te pase nada. A ver… Y le empecé a decir el acto de arrepentimiento, y hasta saqué un crucifijo y se lo puse en la mano. Le dije: “Mira, encomiéndate a Dios y no te pasará nada”; al momento reaccionó y se veía mejor. Y yo lo seguí exhortando, como corresponde a nuestra obligación sacerdotal. Cogí el santo Cristo y le dije: “Aquiles, pídele a Dios que te perdone, pero tú no dejes de perdonarlos a ellos”. Y cuando le recé el ‘Yo pecador’ y el ‘Señor mío, Jesucristo’, fuerte, en voz alta, entonces me di cuenta que me rodeaban los fulanos que andaban con palos y navajas, rezando juntos conmigo, todos hincados y con las manos cruzadas. Eso me causó mucha lástima, pues vi muy retratado lo que es la ignorancia religiosa…

–¿Le parece que la instrucción religiosa del pueblo ha mejorado desde entonces?

Mire, en eso veo yo muchos factores. En primer lugar, existe hoy día una especie de manifestación de liberación: todo mundo quisiera sacudir leyes, lo mismo humanas que divinas. Por otro lado, perdura la dificultad que han creado las estructuras mismas; la ignorancia religiosa persiste en grado notable, y además se ve mucha decidia, quizá entre los mismos sacerdotes…Añádale a eso otras causas, como puede ser la misma dificultad que hoy se registra en la formación de los sacerdotes, y el hecho de que tenemos ciertamente nuestros defectos…La Iglesia está compuesta de humanos. Ahora que, le diré, eso de la ignorancia religiosa es un mal de todo México. Que sea nuestro catolicismo superficial, es un hecho; que haya apatía, también. He conocido a gentes que se glorían, por ejemplo, de haber pertenecido a la A.C.J.M. del tiempo de la persecución, y de haber ayudado en otra forma a los sacerdotes. Les digo: “Bueno, señores, si se consideraban tan fervientes católicos, ¿por qué entonces no educaron a sus hijos en un cristianismo profundo, a base de la Palabra de Dios, a base de la caridad?” Sí, hay mucho qué hacer en esta tarea, y Dios nos ayude a progresar más y más…

–Señor cura, ¿han cesado ya las recriminaciones contra usted?

–Sí, ya todo ha pasado. Muchos me están agradecidos y así me lo han expresado. Claro, de vez en cuando me llega alguna voz en contra, ya sea porque interpretan mal las cosas o, en fin, porque –como dice la Escritura– el número de los tontos es infinito…Nada menos hace no mucho tiempo una revista –Impacto– sacó cosas contra mí, diciendo que yo era el nuevo Aquiles, que había resucitado Aquiles…Se me acusaba incluso de haberme robado la campana mayor que pesa cerca de una tonelada, y de habérmela llevado para mi tierra. ¿Usted cree? Ni que fuera de azúcar…Ya sé más o menos quién mandó esa falsa noticia o ese artículo…En cuanto a los acontecimientos del 59, ¿por qué nunca han logrado hacerme algún escándalo ni nada semejante? Sencillamente porque no hay bases para ello. Si las hubiera, ya lo hubieran hecho…


[1] La primera edición de El agua envenenada se hizo en 1961, dos años después de los acontecimientos. Las referencias de página de este artículo corresponden a la cuarta reimpresión, Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[2] Entrevistado el 7 de enero de 1978, en su despacho parroquial, en Ciudad Hidalgo, Michoacán.

Published in: on 1 junio, 2010 at 2:56  Comments (4)  

EL “PATER WHISKY” DE “EL PODER Y LA GLORIA”

Como caso único, incluyo en esta serie una obra no mexicana, pero que por su tema y fuentes de inspiración entra con absoluto derecho en esta galería de sacerdotes creados por la literatura.

El poder y la gloria de Graham Greene está ambientada en Tabasco, en los terribles años treintas, cuando gobernaba en ese Estado el que fuera calificado como el  “más fanático de los desfanatizadores”: Tomás Garrido Canabal. Disolver desde sus raíces todo sentimiento religioso fue uno de los objetivos que buscó con más ahínco ese gobernante a quien no le importaba ni la violencia cruel, ni la arbitrariedad, ni el ridículo, si con ello favorecía sus fines de bolchevique a la mexicana.

El novelista inglés de El poder y la gloria estuvo en México en la primavera de 1938; en su recorrido por Tabasco se percató directamente de la situación creada en ese Estado sureño por obra de Garrido Canabal. Un año después apareció uno de los libros de viaje de Graham Green: The Lawless Roads (“Caminos sin ley”). Estas anotaciones del novelista llevan un subtítulo esclarecedor: A Mexican Journey; son esenciales para quien desee investigar la génesis de la novela que aquí tratamos. En la tercera edición de aquellas memorias de su viaje a México, Graham Greene advierte a sus lectores: “Los interesados podrán encontrar en la página 129 y siguientes la fuente de mi historia El poder y la gloria”. Esa fuente parece condensada en el párrafo donde Greene consigna: “En Tabasco, todos los sacerdotes estaban perseguidos o fueron fusilados, menos uno, que durante diez años vivió en el bosque o en las marismas, saliendo sólo por la noche; sus pocas cartas –me dijeron– revelan un sentido pavoroso de impotencia; vivir en peligro constante y, sin embargo, poder hacer tan poco; casi no parecía valer la pena sufrir tanto horror”.

El informante a que alude el narrador fue el Dr. Fitzpatrick, emigrado irlandés establecido en Tabasco; por él conoció Greene otras figuras de las que tomaría algunos rasgos para elaborar los personajes de su novela. Tuvo conocimiento, por ejemplo, de un sacerdote que había caído en el vicio de la bebida: “lo que en Irlanda llaman un ‘Whisky Priest’”, le informó el Dr. Fitzpatrick. Y ya veremos que el protagonista de El poder y la gloria es un sacerdote víctima de la persecución y víctima también de su afición a la bebida. Otra figura real de que tuvo conocimiento Greene fue la de un tal Padre Rey, “que vivía con una mujer y con su hija”. También este sacerdote contribuyó a la creación del personaje central, que tiene una hija; al mismo tiempo sirvió como fuente de inspiración para otra figura de la novela: el Padre José, que aparece como el único sacerdote que, sometiéndose a las leyes persecutorias del Estado, tomó mujer y quedó inscrito como pensionado del Gobierno; Graham Greene no le atribuye en su novela paternidad física alguna.

Lo anterior puede llevar a suponer que Graham Greene conoció, entre los sacerdotes mexicanos, sólo figuras problemáticas. No fue así. En The lawless Roads hace mención de buen número de eclesiásticos conocidos personalmente o por directa referencia y que dejaron en su memoria una imagen muy luminosa y digna. Entre las figuras que cita se cuenta el celebérrimo Padre Pro. Recuerda también a un sacerdote de Orizaba con quien tuvo ocasión de confesarse, recibiendo de él una profunda sensación de paz y de bondad. A otro sacerdote con quien se entrevistó en San Luis Potosí, lo menciona como ejemplar en la enseñanza; la misma cualidad admira en un padre al que califica como “el encarcelado feliz” porque, además de sus dotes para la enseñanza, era una persona de excelente buen humor, que platicaba con mucha gracia las peripecias de su encarcelamiento durante la persecución. De un sacerdote más –a cuya Misa participó en Las Casas– habla con auténtica veneración recordando su rostro desfigurado por las torturas que había sufrido… Los ejemplos podrían continuar, confirmando la admiración de Graham Greene por los sacerdotes mexicanos.

¿Por qué, entonces marcó a sus personajes sacerdotales de El poder y la gloria con el sello de la culpa? Respondo indirectamente señalado dos de los méritos de Graham Greene en esta novela: 1. El de romper con la tradicional idealización del sacerdote, poniendo de relieve que, aun en los ministros más indignos, prevalece el carácter sacramental que los hace instrumentos de la Gracia. 2. El de ofrecer una versión moderna y viva de la perenne lucha entre la luz y las tinieblas, conflicto que no ha de plantearse sólo como el enfrentamiento de dos bandos, debiéndose reconocer que cada individuo en particular constituye, el campo donde traban batalla el bien y el mal, la Gracia y el pecado.

LA COMPLEJA PERSONALIDAD DEL “PATER WHISKY”

El ambiente en que se desarrollan los hechos de El Poder y la Gloria nos es presentado desde la primera página de la novela: calor, polvo, abandono, muerte; los zopilotes como símbolo de una presencia que acecha; la sensación de que nada pasa y todo puede suceder de un momento a otro. Es el tiempo de “secas”, cuando el sol es calcinante y su reverbero en la tierra resulta enceguecedor.

Con la habilidad del novelista experimentado, Graham Greene comienza su narración introduciendo de imediato a su personaje principal, pero sin revelar su identidad. Lo hace aparecer como un misterioso forastero que mira con interés hacia el barco que ha llegado a Villahermosa y que zarpará con destino a Veracruz.

Una conversación ocasional que entabla con Mr. Tench (dentista inglés radicado en Tabasco), proporciona nuevos datos sobre la compleja personalidad del “forastero”: es un hombre instruido –estudió algunos años en los Estados Unidos–, y revela una fina sensibilidad humana, a pesar de su manifesta afición por la bebida. Cuando un muchacho interrumpe la conversación pidiendo los servicios del médico, pues su madre está en agonía, Mr. Tench explica que nada puede hacer, ya que no es más que un dentista. El hombre forastero se presta a ese servicio, a sabiendas de que perderá el barco en que se disponía a partir. Como sabemos, no era médico sino sacerdote. Una enferma a quien tal vez no le servían ya los recursos médicos, necesitaba ciertamente los auxilios espirituales…

Es así como el protagonista de El Poder y la Gloria pierde la ocasión de abandonar el Estado donde las leyes persecutorias lo han mantenido en constante huída.

El resto de la novela completa el retrato del personaje: no era un ministro ejemplar, sino pecador. El orgullo de ser el único sacerdote que se había quedado en Tabasco lo había puesto en la pendiente de una progresiva decadencia. La propia soledad lo había llevado al alcoholismo; la embriaguez había dado al traste con su continencia y, una noche de angustia y desequilibrio, había cometido una grave falta. El resultado de aquella culpa era una niña, que el novelista nos presenta como la imagen misma del pecado: saturada de malicia incipiente pronta para estallar. “El mundo ya se alojaba en su corazón como el germen de la podredumbre en una fruta” (p. 108).

EL ACOSO IMPLACABLE

Por encima de cualquier otra nota distintiva, el protagonista de El Poder y la Gloria tiene la de ser un perseguido, un hombre doblemente acosado: por sus enemigos, que traman su muerte, y por Dios, que le habla desde el fondo de la conciencia recordándole su vocación sacerdotal y la magnitud de sus faltas. Ganar la frontera con Chiapas y encontrar a otro sacerdote para poderse confesar, se vuelve en él una obsesión aun mayor que el afán angustioso con que evita los pasos de sus sabuesos. Y acontece que apenas ha dejado atrás los límites de Tabasco, cuando le hacen creer que un moribundo reclama sus auxiios espirituales. Está seguro de que, volviéndose atrás, caerá en manos de sus perseguidores: hay una trampa de por medio. Lo sabe bien y, sin embargo, la conciencia de su deber sacerdotal se impone. La estratagema funciona, y el sacerdote, aprendido por los esbirros, muere fusilado.

He mencionado dos actos de suprema caridad por parte de este anónimo sacerdote. No son los únicos que cumple, pero bastan para demostrar que, tras las apariencias de la mediocridad y de la culpa, ardía en su persona la llama de un genuino celo sacerdotal; el fuego de amor que, aunque parecía sofocado por la degradación moral, se mantenía vivo gracias al esfuerzo que él hacía por no desesperar complemantamente y seguir apuntando hacia las fuentes de la misericordia; su fidelidad a pesar de todo; su arrepentimiento tenaz; la postración y el dolor físicos; el abandono, la humillación y la renuncia a todo consuelo…

CUATRO ENSEÑANZAS DEL “PATER WHISKY”

1. La soberbia, semilla de corrupción. En sus horas de soledad –tan abundantes por su condición de perseguido–, el “Pater Whisky” revisaba los procesos de su propia decadencia, reconociendo que el origen de su personal desastre había sido el orgullo: “Incluso sus intentos de fuga habían sido tibios a causa de su orgullo, el pecado por el cual cayeron los ángeles. Cuando se quedó como único cura en el Estado, su orgullo fue tanto mayor, creía ser un héroe porque trasportaba a Dios con riesgo de la vida; algún día sería recompensado… Rezó en la penumbra: ‘¡Oh Dios, perdóname! Soy un hombre orgulloso, lujurioso y voraz. He amado con exceso la autoridad’” (p. 126). Cuando así se expresa, ha vencido ya el pecado de que se acusa. Ya está del otro lado, merecedor de perdón porque ha recuperado la humildad.

2. La rutina, más grave que la culpa. Otra consideración del “Pater Whisky” se refiere a las nefastas consecuencias de la rutina, al reisgo de la costumbre que todo lo desvirtúa y vuelve insípido. “Dios puede personar la cobardía y la pasión, ¿pero era posible perdonar la devoción maquinal?” (p. 215). El protagonista de El Poder y la Gloria sabe, porque lo ha experimentado, cuán débil es la resistencia humana, tan fácil para alvidar. Sí, aun las realidades más excelsas, como la oración o el ofrecimiento de la Misa, pueden transformarse en un hábito, en una formalidad vacía de significado.

3. Lo que importa es amar. En las últimas horas de su vida, próximo al fusilamento, el “Pater Whisky” extrae de su amargura las más definitivas conclusiones. Recuerda a la pequeña Brígida, su podre hijita: sin gracia, ni protección, ni encanto que abogaran por ella. Siente un arrebatado amor hacia la niña y reza: “¡Oh Dios! Ayúdala. Condéname a mí: lo merezco; pero que ella disfrute de la vida eterna”. “Este era el amor que debió sentir por todas las almas del mundo: todo el temor y el ansia de salvar concentrados injustamente sobre una solo niña. Se puso a llorar como si la viese ahogarse lentamente desde la orilla, sin poder ayudarla porque se le hubiera olvidado el nadar. Pensó: ‘Esto es lo que siempre debí sentir por todos’” (p. 266). De esta autoacusación –tal vez excesiva – de haber amado poco, surge su convicción de haber sido inútil: “no he hecho nada por nadie”: y la tristeza de haber desperdiciado la oportunidad más valiosa de todo creyente: santificarse. “Sentía una desilusión inmensa por tener que ir a Dios con las manos vacías, ya que no había hecho nada en absoluto. En aquel momento le parecía que hubiera sido muy fácil ser santo. No hubiera hecho falta más que un poco de dominio sobre sí mismo y un poco de valor. Sentíase como quien ha perdido la felicidad por llegar unos segundos tarde al lugar de la cita. Ahora comprendía que al final sólo cuenta una cosa: ser santo” (p. 269).

4. Dios, el Amor indestructible. Francois Mauriac, otro escritor católico, hace esta luminosa observación: “La importancia de Greene para la generación de Sartre y de Camus se deriva de que, a la profesión existencialista del absurdo universal, opone el misterio del Amor infinito”. El mundo que parece abandonado por Dios, está habitado por Él; el aparente fracaso de lo sacro, escarnecido por la mediocridad de sus ministros, oculta a los ojos de los incrédulos el verdadero triunfo de Dios, único a quien corresponde el poder poder y la gloria. En la importante discusión del cura con el teniente que lo apresa, aquél proclama con acierto y vigor la indestructible fuerza de la Gracia redentora, la imborrable imagen de Dios que está en todos los hombres y que ningún régimen ateo logrará disolver. Más aún: hasta para impulsar las revoluciones ateas es preciso que estén en la vanguardia hombres buenos, idealistas; pero eso no basta para transformar a los demás hombres; pronto se filtrarán en las filas directivas de esa revolución individuos codiciosos y malos, y todo deberá comenzar de nuevo. La obra de Dios sigue otros caminos y, aun cuando todos sus minstros fueran malos, el triunfo divino prevalecería y, a través de servidores indignos, Dios seguiría dándose a los hombres. Sin embargo, el “Pater Whisky” hace justicia a la Iglesia y declara: “no debe usted pensar que todos sean como yo” (p. 245).

A PROPÓSITO DEL TENIENTE

El militar que dirige la persecución contra el “Pater Whisky” y que al final lo apresa y ordena su fusilamiento, merecería un estudio aparte. En cierto sentido, encarna la profecía de Cristo: “Tiempo llegará en que quienes os den muerte, creerán ofrecele a Dios un acto de alabanza” (Jn 16, 2). En realidad, el teniente se declara ateo, pero no cabe dudar de la rectitud de sus actos. Es un convencido, está seguro de que cumple con una labor de purificación social persiguiendo al último sacerdote que ejerce sus ministerio en Tabasco. ¿Qué fue de la educación cristiana que este militar había recibido en su infancia y adolescencia? Quedó desplazada por un adoctrinamiento laico mucho más sólido y consistente que la escasa materia religiosa que pudo recibir en la primera etapa de su vida. El fracaso a que está destinada toda catequesis insuficiente tiene en este militar una demostración viva, un ejemplo que lleva a pensar también en otras cuestiones de la incredulidad reinante en el mundo. Por ejemplo, el antitestimonio de los ministros –también alegado por el teniente–, las incoherencias de los creyentes, el limitado compromiso social de muchos practicantes, etc.

¿Y EL PADRE JOSÉ?

No vale la pena dedicarle muchas líneas a esta figura, pues no es fundamental en la novela, aunque sí la más despreciable; por algo Graham Greene la somete a burlas y rechiflas por parte de los niños. Con todo, cabe anotar que, aun en esta caricatura de hombre y de ministro del Señor, nada logra cancelar el carácter indeleble del sacerdocio. Hasta podría afirmarse que el tema más relevante de El poder y la gloria consiste precisamente en el reconocimiento de la grandeza que tiene el sacerdocio, a pesar de la miseria y bajeza de las criaturas en que se encarna.

UNA OBRA INQUIETANTE

A muchos ha escandalizado, desde su aparición en 1940, esta novela de Graham Green. Los más han superado el escollo, reconociendo en El poder y la gloria una de aquellas narraciones que no pueden dejar indiferentes porque circula por sus páginas una corriente de pensamiento vivo y profundo. “Desde el punto de vista de la fe –afirma Charles Moeller– es el libro más grande de Greene”[1]. No es una casualidad que así sea, ya que nuestro autor, convertido al catolicísmo en 1926, antes y después de esa resolución tranformadora, ahondó en la teología católica y, por supuesto, también en la teología del sacerdocio.


[1] Literatura del Siglo XX y cristianismo. Tomo I, pág. 380.

Nota. Las referencias de página de El poder y la gloria corresponden a la edición hecha por Luis Caralt Editor, S. A. Barcelona, 1976. Traducción del inglés: Guillermo Villalonga.

Published in: on 29 mayo, 2010 at 2:32  Dejar un comentario  

EL CURA RURAL DE JOSÉ REVUELTAS EN LA NOVELA “EL LUTO HUMANO”

SIN UN MOMENTO DE VICTORIA

“Entonces, de rodillas, el agua tumultuosa arriba de la cintura, y sin que se lo propusiera, la resignada frase cristiana vínole a los labios:

–“Todo está consumado…

“No era un capitán de navío el que se abandonaba a la muerte, de rodillas sobre la cubierta sin tiempo. Era un pecador humano, antiheroico, transido por el mal, derrotado para siempre, caída la cabeza hasta lo más profundo del desconsuelo y de la pena.

“¿A dónde, cómo, por qué caminos demoníacos su gran equívoco? Ya por delante no había nada qué vivir. Apenas algunos minutos u horas de desesperada angustia, vacíos e inútiles. Porque ocurría que, próximo a la muerte, se le revelaba la esterilidad monstruosa de su existencia sin sentido. Todo su pasado era una error triste donde no hubo un solo momento de victoria” (pp. 99-100).

Con estas aplastantes palabras anuncia José Revueltas la muerte del cura, uno de los personajes fundamentales de su novela El Luto Humano. Y más que anunciar la muerte de un individuo, proclama la inutilidad absoluta, la suprema derrota y la necesaria desaparición del sacerdocio católico. Es el comunista quien escribe, y lo hace coherentemente con su ideología y con sus propias perspectivas historico-filosóficas. Por eso es importante que analicemos el papel y significado que otorga José Revueltas al cura de su novela. Lo llamaremos así, simplemente “el cura”, porque el escritor se refiere a él con esa denominación genérica, sin darle nombre ni apellido, como si se hubiera propuesto acentuar la dimensión simbólica que le confiere.

¿Quién es ese sacerdote y cuál el significado de su figura? ¿Cómo ha llegado hasta el punto pavoroso en que lo encontramos? Para comprenderlo, necesitamos partir de una somera visión de la novela en lo que constituye su contendo anecdótico, su estructura formal y el tono dominante en la narración.

POCAS COSAS, PERO TERRIBLES

Tremenda y dolorosa como su propio nombre, El Luto Humano es una novela donde suceden pocas cosas, pero tan terribles que de ellas emana una como atmósfera densa, oscura, irrespirable, donde la muerte es el único personaje omnipresente, con su secuela de sufrimiento, ruina y desesperanza.

La muerte de una niña –Chonita– es la circunstancia por la que se ven juntos siete protagonistas de la novela: Ursulo y Cecilia (papás del “angelito”), Jerónimo y Marcela, Calixto y su mujer, y el sacerdote cuyo nombre no conocemos. Lluvias torrenciales han hecho que el río desborde su cauce anegando las tierras, y las aguas penetran en la miserable casita aislada donde está tendido el cadáver de la pequeña. En la más negra oscuridad, el grupo se dispone a huir en busca de salvación. La Calixta enloquece y es la primera en perecer. Los demás comienzan su angustioso éxodo llevándose el cuerpo de Chonita, y cargando también a Jerónimo, que durante el velorio se ha emborrachado perdidamente; será la siguiente víctima; luego sucumbirá el sacerdote. Los cuatro sobrevivientes continuarán su marcha torpe y desesperada, prolungando así la propia agonía, arrastrándose hacia una muerte absurda, desprovisa de toda solemnidad. Exhaustos y al borde de la locura, tras infinitos pasos en medio de ls aguas, vuelven a toparse con los muros de la casa de donde habían partido. Llenos de horror al certificarlo, aún les quedan fuerzas para trepar hasta la azotea, donde soportan varios días en espera de una muerte que al fin se les revela en la presencia atroz de los zopilotes. La conclusión resulta espeluznante: “Ellos (los zopilotes) parecieron meditar por un instante, pero luego, sin vacilación alguna, arrojáronse encima de sus víctimas” (p. 299).

El desarrollo circular de la novela abraza otra serie de episodios dramáticos, expuestos a través de visiones retrospectivas que nos permiten enterarnos de cuanto ha sucedido en esa región durante los años anteriores.

LA DESESPERANZA DE REVUELTAS

El procedimiento técnico empleado por Revueltas no es nuevo en la literatura al aparecer su novela; ya lo había empleado, por ejemplo, el norteamericano William Faulkner en Mientras yo agonizo. Tampoco hay novedad en la temática de El Luto Humano que, aunque se publica en 1943, bien puede sitarse dentro de lo que llamamos convencionalmente “novela de la Revolución”. La novedad de El Luto Humano es otra. Hay que buscarla en el afán consciente y constante de Revueltas de dar a los acontecimeintos narrados nuevas claves de significación. “El propósito evidente de Revueltas –escribe Jorge Ruffinelli– consiste en superar, dento de la propia novela, la significación que se desprende usualmente de los hechos: de ahí el conjunto de desplazamiento –símbolos, metáforas, imágenes– dispuestos con la función de construir un nivel denso de sentido”[1].

Ese nuevo sentido que Revueltas da a los episodios que narra es la aplicación de su propia filosofía de luchador desesperanzado y cultor de la desesperanza. Es bien sabido que el extremismo y rigor de su personal ideología le provocó choques radicales incluso con el Partido Comunista, a pesar de que había comenzado a militar en él desde los 14 años.

“Aparte de su materialismo fatalista y estático –observa James East Irby– la filosofía del autor se define por su concepción agónica y desesperanzada del mundo, según la cual el hombre sólo alcanza su verdadera calidad humana a través del dolor y la soledad, el reconocimiento de la ausencia de verdades absolutas y de una razón de vivir, y la responsabilidad en lo invidual, por todas las culpas de todos los hombres. De ahí la prefencia de Revueltas por los bajos fondos, por las criaturas de la miseria, por los ‘ofendidos y humillados’ de que hablara Dostoievski, por la vida del oscuro campesino y del anónimo habitante citadino, sumergidos en la pobreza, condenados a una lenta descomposición moral y física o una muerte repentina y violenta”[2].

La afirmación anterior pudiera tomarse como una apreciación arbitraria, si no lo dijera, casi con las mismas palabras, el propio Revueltas:

“El hombre se martiriza buscando verdades absolutas. Pero lo importante no es que tales verdades no existan, sino que exista esa propensión del hombre a buscarlas. ¿Qué significa esa propensión? Que el Hombre necesita una asidero para defenderse del Infinito. Cuando descubre esas falsas verdades absolutas que son el Amor, la Justicia, la Libertad, etc…, respira descansadamente y con el placer de un cerdo que ha terminado de hozar en el lodo. ¿Por qué?, porque ya tiene una esperanza y una razón de vida; porque ha dejado de ser un hombre verdadero. El hombre debe vivir sin esperanza. Debe saber vivir sin esperanza alguna, de ninguna especie. Eduquémonos para esa vida totalmente desesperanzada”[3].

He querido aludir a esta filosofía de la desesperanza –radicalmente opuesta al cristianismo–, porque así será más fácil entender el tratamiento aniquilador y cruel que José Revueltas le da a su personaje sacerdotal.

INCAPAZ DE SALVARLOS

No obstante que Chonita ya esta muerta, Cecilia obliga a su marido a que vaya en busca del sacerdote, el cual vive lejos, al otro lado del río. Ursulo llega primero a la casa de Adán, su rival, y obtiene que éste lo acompañe, olvidando por el momento sus rencores.

“–Venimos por usted” –fue Adán el que habló cuando se encontraron frente al cura. El sacerdote sintió el impulso de negarse, le parecía absurdo acompañarlos. “Iba a oponer ya su objeción: ‘Perdónenme hijos míos…’, pero la sencillez abrumadora de aquellos hombres salidos de la noche impedía cualquier esfuerzo” (pp. 27-28). Decidió que era preciso ir con ellos: si sus propios pies le hacían recordar los de Cristo –clavados sin remedio– allí estaban también, como un símbolo más, los de Adán, humildes y los de Ursulo. Ya en camino con ellos, el padre recordaría que Jesús fue herido también en las manos. “Y de las manos sale el trabajo, la dura azada, el varonil martillo” (p. 34). Al recibir de aquellos hombres un trago de mezcal, pensó en el vinagre que bebió Cristo antes de su muerte: “Porque el hombre tiene sed junto a la muerte. Y podía explicarse entonces, con una claridad iluminada, que estos dos seres y los centenares y millares que poblaban la tierra contradictoria de México, juntos a sus muertos, silenciosamente, amorosamente, bebieran siempre su alcohol bárbaro e impuro, sus botellas de penas” (p. 34). El país entero, ¿qué era sino un país de muertos caminando, hondo país en busca del ancla, del sostén secreto? (cfr. p. 31). El, el sacerdote, así lo sentía, experimentando su inutilidad ante aquella muerte sin esperanza. “Su iglesia estaba ahí caminando con aquellos hombres. Su iglesia viva, sin ubicación, junto a la muerte mexicana que iba y venía, tierna, sangrienta, trágica” (p. 37).

Agobiado por una culpa misteriosa que luego se nos revelará, el sacerdote penetró en la casa de Ursulo, y allí, junto a Chonita, percibió más intensa que nunca la sensación de su incapacidad. “Dábanle pena aquellas pobres gentes reunidas por la fe. Pobres gentes que creían en la pobre capacidad de él para salvarlos” (p. 59).

Minutos más tarde, ante la inminencia del éxodo (el agua había invadido la casa), Marcela se dirigió al sacerdote: “ –¿Cómo salvarnos?”, y él no pudo proferir más que un vago e inconsistente consuelo. “Ella me hablaba –pensó luego– de cómo slavarnos, y yo no he podido contestar nada” (pp. 6-67).

Emprendido ya el éxodo, “algo quiso decir el cura, porque volviendo el rostro por última vez, abrió los labios y con voz trémula, transido por el llanto, intentó alguna palabra, pero un gesto colérico de Ursulo lo contuvo. Temblaba el cura y sus pequeños ojos eran de infinito desconsuelo” (p. 81).

Hacia el final de la novela comprenderemos los motivos profundos de aquel gesto indignado de Ursulo.

El capítulo sexto (son nueve en total), nos da cuenta de la muerte del cura. Una descripción que al mismo tiempo va reviviendo episodios del pasado, descrifrándolos, intensificándolos. De ese modo nos enteramos de lo que ha sido la vida del sacerdote, siempre entre la duda y el anhelo, la entrega y el desengaño, la audacia y la cobardia, sedimentándose cada vez más, en el fondo de su espíritu, la convicción del fracaso, la evidencia de su inutilidad.

“Palpándose el pecho, hasta su mano llegaba la sequedad del alma. Alma amurallada con círculos infinitos, del uno al mil, del mil al millón, sin luz dentro, con tinieblas atroces qeu no dejaban ver, que no dejaban respirar. Era terrible darse cuenta de la derrota, y la satánica inteligencia repetía ahí la verdad indudable: corazón amurallado, sin luz, que transcurrió por la vida inútilmente, estérilmente, como sobre un desierto, no dejando huellas, ni rama, ni sombra, ni abrigo” (p. 100).

En la cadena de sus recuerdos, algunos se le presentaban con demoledora intensidad. Aquella primera duda, por ejemplo, allá en Santo Domingo de Oaxaca, “uno de los templos más vivos de la tierra”. Era todavía seminarista la vez que, mientras subía las escaleras que dan al coro, escuchó lo que parecía un canto en doloroso falsete. “Al dirigir su vista hacia las naves distinguió, allá abajo, a un hombre arrodillado junto al reclinatorio, los brazos en cruz. De aquel hombre partía la voz desafinada y monorrítmica, triste como el silbar de una flauta de barro. Pero no era un canto. El hombe lloraba de rodillas, los brazos en cruz, con su pantalón de manta y la deshecha cobija. Lloraba en su lengua zapoteca lágrimas viejísimas. ‘Patroncito’, decía en español, y después las voces de su pueblo” (pp. 103-104). Después de tanto tiempo, una voz con lenguaje común le traducía al sacerdote las palabras zapotecas que entonces no había comprendido: “Patroncito, hay muchas lágrimas. Sólo lágrimas, patroncito. Mi gente se enferma y muere. Llora mi mujer. Lloran mis hijos. Yo estoy llorando para que tú me veas” (p. 104). No las había comprendido aquella vez, pero desde entonces llevaba consigo la que había sido su primera duda: “‘Lo amarás sobre todas las cosas’. ¿Y por qué caminos? ¿Con qué herramientas de amor, si el amor era un sentimiento vedado para el hombre” (pp. 104-105).

Otros recuerdos denunciaban la flaqueza de su carne, como el de aquella noche en que sucumbió a medias ante la seducción de una mujer que lo había llamado con el pretexto de los sacramentos. Tras esa media caída, sucumbió de lleno con Eduarda, la prostituta del pueblo, a pesar de que ella sólo le había ofrecido abrigo contra la lluvia, y aun se había cuidado de no inquietarlo: “Yo aguardaré aquí afuera para no tentarlo…”, le había dicho.

Más demoledor era el repaso, en su memoria de moribundo, de los episodios sangrientos que se registran durante la guerra cristera. Reviviéndolos ahora, sentía ahogarse por la certificacion de su soberbia e indiferencia. “Quieren crucificar otra vez a Jesús”, le había dicho a las gentes de su pueblo, y alguien le contó más tarde la historia de un pobre campesino, ignorante y desharrapdo (ni huaraches tenía) a quien los federales mataron porque andaba en la lucha. “Por qué ha de ser –había respondido el infeliz cuando lo interrogaron– si quieren matar a Diosito…” (p. 117). Episodios así aumentaban ahora la congoja del sacerdote, que recordaba con pena cómo entonces las mujeres “le besaban la mano otorgándole una dignidad ilegítima de jefe armado, de jefe sangriento, mientras los campesinos morían” (p. 116).

El recuerdo más atroz, el más cercano, ya no pudo concretarse en su memoria, pues la petrificación de la muerte se aproximaba al corazón.

“Era preciso gritar una palabra expiatoria, la misma que antes intentase gritar junto a Ursulo y sus compañeros.

–“¡Adán! –pensó decir entonces.

“Pero se recostó blandamente para desaparecer en el agua” (p. 121).

¿Cuál es esa culpa tremenda que no nos ha sido revelada? Lo sabemos al final del capítulo octavo, cuando ya sólo quedan cuatro sobrevivientes y están en la azotea de la casa de Ursulo. Desde allí descubrieron, flotando sobre las aguas, el cadáver de Adán. “Abrió los ojos desmesuradamente… Ahora recordaba al cura asestando la bestial puñalada y escondiendo después los ojos en la noche” (p. 168).

Es el episodio más sobrecargado de tinta, definitivamente grotesco, aunque el último capítulo de la obra, donde están las claves interpretativas, le proporciona una cierta lógica terrible dentro del significado total que Revueltas le da a su novela. entonces comprendemos que se trata de una cobarde venganza por cuanto ha hecho Adán contra los cristeros durante el conflicto religioso.

NATIVIDAD, EL HOMBRE NUEVO

El último capítulo de El Luto Humano representa, como número de páginas, una tercera parte de toda la obra. Es desproporcionado, y produce en los lectores la impresión de que, en realidad, la novela se divide en dos grandes secciones: la primera (ocho capítulos), donde se narran los acontecimientos más cercanos en el tiempo, y la segunda (un único pero largo capítulo), que refiere sucesos pretéritos. Esos hechos pasados, sin embargo, no pueden desvincularse de cuanto se narra en los primeros capítulos, porque dan las claves principales para la interpretación total de la novela.

Los acontecimientos de la última parte de la obra giran alrededor de una huelga organizada por un grupo de inspiración comunista, entre los campesinos de un Sistema de Riego. Nos encontraríamos, por lo tanto, en el período inmediatamente posterior a la Revolución, cuando “el Gobierno central, preocupado vivamente de imprimir a la Revolución Agraria un sentido moderno y avanzado, había establecido en el país diversas unidades de riego, en tierras expropiadas al latifundismo” (p. 207).

Hay en la novela un explícito enjuiciamiento del modo como se llevó a cabo la Revolución Mexicana y a las circunstancias por las que se malograron muchos de los anhelados frutos de la misma. “La destrucción erige su voluntad y adelante no hay nada, pues la ceguera lo ocupa todo y hay un insensato placer en que el sembrado se convierta en pavesas y la semilla se calcine. La Revolución era eso: muerte y sangre. Sangre y muerte estériles: lujo de no luchar por nada sino a lo más porque las puertas subterráneas del alma se abriesen de par en par dejando salir, con un alarido infinito, descorazonador, amargo, la tremenda soledad de bestia que el hombre lleva consigo” (p. 245).

Pero acontece que el animador de la huegla mencionada –una tal Natividad – tiene fe en otra lucha. “¿Qué nueva Revolución eran sus palabras, su forma de situar las cosas, su amor?” (pp. 245-246). Obviamente, la revolución comunista.

“–Queremos, no la felicidad de un sólo niño, sino la felicidad y la salud de todos los niños del mundo…” (p. 249). Esta proclamación de Natividad no coincide con la filosofía de Revueltas; de hecho, no es más que un grito de euforia. En el pasaje donde se registran esas palabras, la narración continúa así:

“El entusiasmo no deja oír sus últimas palabras. Ha dicho una barbaridad. La huelga pretende, tan sólo, un aumento de salarios y la reducción de la jornada. Después de la huelga los niños pobres continuarán siendo enfermos y tristes y pobres. ¡Pero qué fuerza y qué extraordinaria y prodigiosa insensatez! Sus palabras son inmaculadas y puras, y la verdad que encierran no puede ser más grande. Son los pasos. Ahí está la bandera roja que pronto, con el sol y el aire, perderá color volviéndose tan humilde y desagarrada como los hombres que cobija” (pp. 249-250).

Natividad muere asesinado. Pero su figura permanece viva como símbolo del hombre nuevo postulado por Revueltas. El nombre de Natividad alude al nacimiento, a un nuevo comienzo.

Adán, el asesino, el hombre bárbaro e impenetrable, es símbolo de un pasado destinado a desaparecer por completo.

De Cecilia, el novelista dice expresamente que simboliza la tierra de México; por eso el verdadero amor de Cecilia había sido Natividad.

En cuanto al cura, queda al margen de toda significación que no sea el sentido de una institución sin sentido. La fe sobrenatural no tiene cabida en la mentalidad de Revueltas, y su personaje sacerdotal tampoco es un verdadero creyente. En la valoración que hace el novelista, la Iglesia misma es ya un pasado, la memoria de una aspiración que no llegó a prosperar, y el espectro de una persistencia terca y absurda: “El pueblecito tuvo sus altas y sus bajas, hasta la baja final, cuando ya no había remedio y emigraron todos, huyendo, en busca de otra tierra, y solamente el cura silencioso, hermético, quedó en la iglesia, muriéndose de hambre, abandonado por su grey” (p. 264).

La crítica que hace Revueltas del proceso de evangelización en México es directa y despiadada:

“Hiciéronlo mal los españoles cuando destruyeron, para construir oros católicos, los tempos gentiles. Aquello no constituía realmente el acabar con una religión para que se implantase otra, sino el acabar con toda religión, con todo sentido de religión. La Colonia Española, muy rápidamente hecha a las trapacerías –tal vez a partir del ejemplo establecido por Cristóbal Colón, casuístico y chapucero–, pudo engañar con facilidad relativa a los altos dignatarios de la Iglesia, tanto en Roma como en la Península, mediante informes desmesurados a propósito de la ‘conversión’ de infieles. A los juristas teológicos de la Colonia importábales más el canon que los espíritus y si la letra era respetada, bien podían los índigenas continuar indólatras en el fondo” (pp. 272-273).

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Nota: Las referencias de página de El Luto Humano corresponden a la primera edición hecha por la Editorial Novaro, S.A., México, 1967.


[1] Jorge Ruffinelli: José Revueltas. Ficción, política y verdad. Universidad Veracruzana, Xalapa, Ver., México 1977, p. 58.

[2] James East Irby: La influencia de William Faulkner en cuatro narradores hispano-americanos (Tesis Escuela de Verano), U.N.A.M., México, 1977, p. 114.

[3] “Libretas de apuntes” de José Revueltas, citadas por Jorge Ruffinelli, op. cit., pp. 74-75.

Published in: on 26 mayo, 2010 at 2:16  Dejar un comentario  

LA FIGURA SACERDOTAL EN “LAS BUENAS CONCIENCIAS”, DE CARLOS FUENTES

I. LA TESIS DE LA NOVELA

En 1968, en un ciclo de conferencias que tuvo lugar en la Habana, correspondió a Emmanuel Carballo exponer el panorama de la literatura mexicana de ese momento. Al referirse a Carlos Fuentes, lo definió como el “escritor mexicano que es responsable de todos los gustos, de todas las victorias y de toda la derrota de la prosa mexicana de estos últimos años”. Esa definición, aunque parezca peyorativa, era muy elogiosa para el escritor, pues lo situaba como el más connotado vanguardista de nuestra narrativa. De hecho, pertenecen a Carlos Fuentes varias de las novelas que –en cuanto a técnica y a  temática– han puesto más en evidencia la voluntad consciente de recorrer caminos nuevos (p. e.: La región más trasparente, 1958; La muerte de Artemio Cruz, 1962; Cambio de piel, 1967; Terra nostra, 1975). No me interesa comentar ahora el mayor o menor acierto de tales innovaciones, sino sencillamente señalar el prestigio de Carlos Fuentes, autor también de Las buenas conciencias. Por cierto, se trata de la única novela de Fuentes que no aporta ninguna novedad a las técnicas adoptadas por los narradores latinoamericanos.

Redactada según los cánones de la novelística tradicional, Las buenas conciencias ha sido calificada de galdosiana; Carballo la cataloga como “un juego literiario”, en tanto que Octavio Paz se refiere a ella diciendo que es “un intento poco afortunado de regreso al realismo tradicional”. Téngase presente que antes de que apareciera esta novela (en 1959), la crítica ya tenía señalado a Carlos Fuentes como el mejor representante de una corriente renovadora de las técnicas narrativas. Por tal motivo, a unos defraudó la estructura tradicional de Las buenas conciencias, y a otros les pareció una demostración internacional, por parte del autor, de que así como podía escribir novelas vanguardistas, también era capaz de escribir como los escritores que lo precedieron diez, veinte o cincuenta años.

Por mi parte, condivido la opinión de Manuel Durán, según el cual el escritor utilizó aquí la técnica que mejor convenía a los fines de su novela. si tenemos presente que detrás del narrador Carlos Fuentes se exconde el sociólogo y el moralista moderno, entonces ya no resulta inoportuno afirmar que en Las buenas conciencias “el sociólogo ha decidido experimentar como en un vasto y preciso laboratorio con la vida de su héroe, mostrar cómo y en qué forma las fuerzas sociales actúan sobre las decisiones del individuo, torciéndolas, venciéndolas, dándole al individuo, incluso, los argumentos necesarios para presentar esta derrota como una victoria, o en todo caso como un mal menos o una necesidad ineludible”[1]. El propio Carlos Fuentes declaró en una ocasión que el tema de la libertad es una de las “costantes” de toda su obra, y que en Las buenas conciencias aparece como un fracaso de la rebelión individual.

En otras palabras, nos encontramos frente a una novela de tesis. La afirmación de fondo sería la siguiente: el aburguesamiento social crea una atmósfera que no sólo es contraria a la escencia del cristianismo, sino que ahoga y disuelve los mejores anhelos de autenticidad. Tal es por lo menos el drama del protagonista Jaima Ceballos: educado en una atmósfera en que la religión es parte de las conveniencias sociales, comprende muy pronto la hipocresía que esto encierra y trata de rebelarse. Su reacción va tomando fuerza y hacia el final de la novela, parece inevitable su total rompimiento con aquella sociedad falsa. Inesperadamente, abandona la lucha y acepta la triste perspectiva de ser y de actuar como todos. “He fracasado –le dice a su mejor amigo–. Voy a hacer todo lo contrario a lo que quería. Voy a entrar al orden” (p. 189). Este “entrar al orden” no será otra cosa sino renunciar a su propósito de vivir un cristianismo radical. Para hacer llevadero su fracaso, se apoyará en la mediocridad de quienes lo rodean y, de paso, aprovechará las ventajas que le ofrece una vida de apariencias y conveniencias que acabará por adormecerle la conciencia.

II. FRUTOS MARCHITOS

La religión juega un papel determinante en esa atmósfera contra la cual Jaime Ceballos en vano trata de rebelarse. Es una religión mal entendida, basada en el intrascendente cumplimiento de algunas prácticas exteriores; vinculadas con una moral que es más bien salvaguardia de las apariencias; oropelada con los brillos de una postura social orgullosa y elitista.

Asunción y Rodolfo Ceballos son los últimos vástagos de una familia que ha labrado en Guadalajara su fortuna y su prestigio en la sociedad; pero, mientras Asunción ha contraído matrimonio con el heredero de otra familia acomodada, su hermano Rodolfo ha tomado como esposa la hija de un negociante advenedizo y opaco.

De Rodolfo Ceballos y Adelina López nace Jaime, el personaje central de Las buenas conciencias; pero él no será educado por sus padres: crecerá al amparo, o más bien bajo el dominante control de sus tíos Asunción Ceballos y Jorge Balcárcel, ya que éstos lograron posesionarse de él, recién nacido, tras obtener que Adelina fuera retirada del círculo familiar.

Llegando a la adolescencia, Jaime verá con claridad la cobardía de su padre y los mezquinos intereses psicológicos de sus tutores. “Hijo postizo de Asunción, pretexto para la autoridad patriarcal de Balcárcel, justificación –en aras de un destino superior que la madre hubiese estropeado– para Rodolfo, el muchacho crecía rodeado de una interesada devoción y de una normatividad farisaica” (p. 45).

Tan insistente es, sobre Jaime, esa “normatividad” que llega a despertarse en él una tendencia misticoide. En un momento de maduración, dicha tendencia, le provoca una reacción contra la hipocresía circundante. Pero tampoco ese fruto tendrá consitencia y Jaime –como ya fue señalado– renunciará al esfuerzo y se conformará con un cristianismo aparente.

III. EL PAPEL DE LOS SACERDOTES

Dos figuras sacerdotares maneja Carlos Fuentes entre los personajes de Las buenas conciencias. Las traza con habilidad, es preciso reconocerlo, dotándolas de una personalidad bien definida. Ninguna de esas dos figuras contrasta con el clima que impera a lo largo de la novela; antes bien, resulta espontáneo situarlas entre los principales responsables de tal atmósfera. Tanto el padre Lanzagorta como el padre Obregón (el autor sólo les da apellido) aparecen en la novela como muy amigos de la familia Balcárcel-Ceballos, a la que prestan sus servicios como ministros de culto y consejeros.

Al concluir la lecutra de Las buenas conciencias un lector atento se queda con la certeza de que Carlos Fuentes simpatiza con Cristo, pero no con sus sacerdotes, y menos aún con quienes viven un cristianismo sin compromiso. Juan Manuel, el amigo de Jaime Ceballos, expone así las convicciones del escritor: “Yo temo que la fe basada en el ejemplo de un solo individuo…a fuerza de repetirse se convierte en caricatura. El cristianismo ha sido caricaturizado por el clero y…la gente decente, los ricos…¿Soy explícito?” (p. 113). Para que sus personajes clericales no pierden validez como argumento vivos, Carlos Fuentes tiene cuidado de no cargar excesivamente las tintas, y se puede decir que logra salvar el peligro, sobre todo en el caso del padre Obregón, pues su otro personaje eclesiástico, el padre Lanzagorta, está puntado con menos interioridad, con menos verosimilitud.

En todo caso, es obvio que ni en Lanzagorta ni en Obregón quiso Carlos Fuentes ofrecer una imagen de sacerdote ejemplar, sino criticar en uno y en otro, respectivamente dos conductas equivocadas que pueden registrarse en el sacerdote.

1. El padre Lanzagorta sería prototipo del sacerdote que reduce la moral cristiana a la limpieza de costumbres en la esfera sexual, pero que carece de sensibilidad respecto a los deberes cristianos más esenciasles y urgentes, como son la caridad, la verdad y la justicia. Con ese enforque unilateral y obsesivo, el padre Lanzagorta arruina su propio carácter y la eficacia de su ministerio. Sus reacciones dentro y fuera del confesionario revelan un rigorismo absurdo y deshumanizado que hace explicables los calificativos de “energúmeno” (p. 145) y “buitre canalla” (p. 172) que le endilga Jaime Ceballos.

2. El padre Obregón, por el contrario, se muestra mucho más comprensivo y equilibrado. Es la impresión que se tiene después de las primeras escenas donde interviene, pero el desarrollo posterior de la novela demuestra que en realidad es un orgulloso, muy pagado de sí mismo y un conformista mediocre.

El paternalismo que despliega en su trato con Jaime Ceballos no es más que un recurso dictado por su afán de dominio sobre las almas. En el fondo, es un sacerdote duro que ha perdido la capacidad de diálogo. Por eso lo vemos dar de manotazos sobre la mesa cuando Jaime lo contradice (p. 147), y en su segundo encuentro con el muchacho (pp. 176-177) adivinamos un maligno regocijo al recibirlo con una perorata demoledora.

Como todos los orgullosos, el padre Obregón es también un inseguro. En su primera discusión con Jaime Ceballos, cuando el joven lo desafía a tomar en serio las lecciones de Cristo, el sacerdote experimenta la terrible sensación de no contar ya con palabras vitales sino repetidas y desgastadas. “El pobre padre Obregón, tan preparado, tan excelente estudiante en el Seminario, había perdido poco a poco, en el estancamiento de la provincia, el hábito de dialogo. Por eso, antes de seguir adelante, pensó que acaso ya no tendría la fortaleza interior para encontrar las palabras justas. Este muchacho que se presentaba armado de su insolencia tenía, por lo menos, la saludable seguridad de las palabras en que creía. ¿Cómo le respondería el pastor? ¿Contaba con palabras reales, ya no con las fórmulas gastadas que contentaban a los penitentes de todos los días, a los campesinos y a las beatas que le pedían consejo? Por esto sintió que el reto de Jaime no era inválido, que le afectaba profundamente” (p. 148).

Y en su segundo altercado con el joven Ceballos, cuando está por sentirse satisfecho de haber practicado su más fogosa retórica, vuelve a experimentar la duda desde lo profundo de su conciencia sacerdotal: “Dios mío, ¿He hecho bien o mal? Nadie me trae problemas; los pecados de esta pobre grey son tan monótonos y simples. He perdido la costumbre de los otros problemas. ¿He ayudado a este muchacho diciéndole la verdad? ¿O lo he frustrado? ¿He fortalecido o quebrantado su fe? Dios mío…” (p. 179).

La respuesta a tales dudas la da el novelista en cinco líneas saturadas de ironía:

“Pero al sentarse a cenar, el chocolate caliente le convenció de que había hablado bien, muy bien… Nunca había tenido oportunidad de hablar así, de demostrar que sus estudios en el Seminario no habían sido en balde. Muy bien, muy bien…” (pp. 179-180).

La mediocridad y conformismo del padre Obregón quedan más que probados en su propia argumentación cuando pretende controlar los arrebatos místicos de Jaime Ceballos, en la primera discusión que tiene con el muchacho; éste ha llegado al colmo de su hastío ante la hipocresía que lo circunda. Reclama autenticidad, cristianismo verdadero, tanto en los fieles como en los sacerdotes: “¿Por qué ustedes mismos no lo siguen en todo? ¿Por qué no nos sacrificamos como Él y vivimos en la pobreza y en la humillación?” (p. 151).

Su respuesta es con toda deliberación atenuante, niega la posibilidad de un compromiso radical: “Comprende, Jaime… Somos simplemente humanos y mediocres. Para toda esa gente que he confesado, para todos ellos vive el cristianismo, no para los seres excepcionales. El santo es una excepción” (p. 152).

El desafío del joven Ceballos brota candente, instando al sacerdote a practicar lo que predica: “¡Usted predica el compromiso! ¡Cristo no quería a los tibios!” (p. 152). Pero el padre Obregón no se inmuta; se atrinchera en el vaho disolvente de sus palabras conciliadoras, recurre a una vaguísima cita de San Francisco de Sales, y al fin apela a la política de Dios, como supremo argumento: “Dios prefiere que seamos fieles a las cosas pequeñas que su Providencia ha puesto a nuestro alcance. Somos mortales y débilies, y solo podemos cumplir con los deberes cotidianos de nuestra condición” (p. 152).

IV. LO QUE PARECE IGNORAR CARLOS FUENTES

A pesar de su atención para que sus dos personajes Lanzagorta y Obregón participen plenamente del realismo dominante, Carlos Fuentes incurre en un grave error que ningún lector entendido deja de percibir: la ligereza con que maneja lo referente al sigilo sacramental o secreto de la confesión. Tanto al padre Lanzagorta como al padre Obregón los pinta muy liberales en la observacia de ese sigilo que es algo sagrado muy por encima del simple secreto profesional.

Si en la historia de la Iglesia se han registrado muchos desórdenes e infidelidades al compromiso sacerdotal, no ha sido en contra del sigilo sacramental; se diría que en este campo Dios asiste a su ministros con especiales dones de fortaleza y discreción. Conocemos ejemplos de sacerdotes heroicos que han dado su vida como mártires del sigilo sacramental, pero no casos de ministros que hayan profanado el sacramento faltando al sagrado secreto.

El narrador tenía que haberse documentado mejor antes de esbozar los lineamentos de sus dos personajes eclesiásticos. La ligereza o malicia con que Fuentes trató lo concerniente a la confesión, además de empañar la dignidad sacerdotal, empaña su propia seriedad como novelista[2].


[1] Manuel Durán: Tríptico Mexicano. Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, SepSetentas No. 81, 1973, p. 77.

[2] Las referencias de página de Las buenas conciencias corresponden a la cuarta reimpresión. Fondo de Cultura Económica, México, 1969.

Published in: on 23 mayo, 2010 at 2:13  Comments (3)  

LOS SACERDOTES EN “LA FERIA” DE JUAN JOSÉ ARREOLA

Doblemente justifica su nombre la pintoresca novela en la que Arreola trazó el retrato de su pueblo natal. En primer lugar, porque el hilo conductor de la obra son los preparativos y realización de la feria de Zapotlán (Jalisco), en honor del santo patrono. Y también porque la técnica empleada en la novela –a base de pequeños cuadros– ofrece a los lectores la sensación de encontrarse en medio de una gran feria por la que circulan los más variados tipos humanos y se registran las más inesperadas situaciones.

Protagonista de La Feria es el pueblo mismo, con sus distintos personajes. Un papel importante lo desempeña el señor Cura; al lado de él –o en contra– hay otras figuras sacerdotales que también son determinantes en el desarrollo de la novela.

UN LÍDER EN CRISIS

No cabe dudar del empeño sincero con que este señor Cura procura cumplir con su ministerio. Las dudas pueden plantearse respecto a la eficacia de sus medidas pastorales. Muchos indicios dejan entrever que se trata de un líder en crisis, por no decir que en franca decadencia. Sus actitudes son reflejo de la inseguridad interior. Tomemos como ejemplo su actitud en el confesonario:

Es evidente su infructuoso afán por mantener un cierto control de las conciencias: ¿Dijiste todos tus pecados?” “¿Cada cuando te confiesas?” “Bueno. Desde ahora vas a confesarte cada ocho días. ¿Me entiendes? Ve a rezarle ahora un rosario a la Virgen…” (p. 13). A un penitente que tenía dudas sobre el significado de una palabra, lo interroga: “¿Dónde la oíste? ¿Por qué no has venido a confesarte?” (p. 126).

Más interesante es observar sus reacciones cuando los penitentes se acusan de pecados contra la pureza. La insistencia con que indaga preguntando detalles es obsesiva, no exenta de cierto interior solazamiento, por más que concluya con un gesto de alarma.

“–Me acuso Padre de que aprendí una canción.

“–¿Cómo dice?

“–Me da vergüenza…

“–¿En dónde te la enseñaron?

“–Los de la imprenta.

“–¿Cómo dice?

“–Soy como la baraja… Y luego una mala palabra

“–¿Cuál?

“–Caraja…

“–¿Qué sigue?

“–‘Como que te puse una mano en la frente, tú me decías –no seas imprudente…’

“–¿Y luego?

“–Otra vez ‘soy como la baraja…’

“–¿Y luego?

“–Otra vez ‘soy como la baraja…’

“–Sí, pero ¿después?

“–‘Como que te puse una mano en el pecho, tú me decías por ái vas derecho…’

“–¡Válgame Dios!” (p. 38-39).

Como en este ejemplo, hay otra decena de pasajes en que encontramos al señor Cura confesando, y su actitud es la misma: con insistencia morbosa pregunta detalles y al final muestra su desaprobación, acaso con aspavientos. En un caso en que se trata de una adivinanza sucia, él indaga: “Dímela” “¿Qué más?” ““–¿Quién te la enseñó?” (p. 16). Al penitente que confiesa haber compuesto un versito malicioso, lo interroga: “–¿Cómo dice?” (p. 42). Y al que se acusa de haber escrito un cuento indecente le pregunta con mucho interés: “¿De qué se trata?” (p. 142). Por el enfoque irónico con que están narrados esos episodios las circunstancias resultan a veces chuscas, como en aquel pasaje en que uno de los fieles se acusa de haber leído dos libros pornográficos:

“–¿Son de tu papá?

“–No. Estaban en unas cosas de un tío que se murió.

“–Ah… Tráemelos mañana mismo a la sacristia. Vas a rezar cinco rosarios de penitencia” (p. 58).

Dejando aparte lo que esos pasajes nos revelan del mundo interior del señor Cura, también son pruebas de una actitud pastoral malsana, condicionada por una evidente subversión de valores. El Zapotlán que describe Arreola es el clásico pueblo grande donde la corrupción prospera a pesar de la aparente religiosidad o tal vez a causa de la misma en cuanto que todo es apariencia, formalismo social y tradición sin compromisos vitales. Una religiosidad cuyo culto supremo es una feria y cuya moral vacía oscila alrededor de un solo mandamiento, el sexto.

Buen número de los fieles de Zapotlán, según aparecen en la novela, practican un cristianismo absurdo, sin relación con la caridad y la justicia social; vinculando el propio anhelo de salvación eterna al falso poder de unas cuantas prácticas pseudorreligiosas, al proyecto de arrepentimiento final y a una interesada beneficiencia a favor de la Iglesia. Aquel licenciado cuya muerte es mencionada en La Feria, se había echado el compromiso de los gastos principales para la fiesta del santo patrono; pero explotaba a sus deudores, y a las gentes que trabajaban con él les pagaba lo que quería (cfr. p. 47). El galán desenfrenado que sembraba niños “haciéndoles el favor a las que se dejaban”, es un cínico que aun le reza a Dios y trata de justificarse: “yo cumplí mi palabra y doy a la iglesia todo lo que puedo, a los pobres no, porque a lo mejor son unos sinvergüenzas…” (p. 86).

Tipos así son los que pueden hallarse en una sociedad que, no obstante los buenos inicios de su cristianismo (cuando el franciscano Fray Juan de Padilla, con la ropa hecha garras, catequizaba y promovía el progreso), no contó después con un clero abnegado e inteligente, sino superficial y conformista. Tal es la dura constatación del señor Cura de Zapotlán, que solía subir al cerro para mirar desde lo alto la tiera de promisión que Juan de Padilla había contemplado con ojos apostólicos y que ahora él veía transformada en un río de estulticia e iniquidad: “Juan de Padilla te prometió, Señor, las almas de sus moradores. Venía con el hábito raído y con las sandalias deshechas, y bendijo desde aquí la tierra virgen, antes de sembrarla con Tu palabra. Yo soy ahora el aparcero, y mira Señor lo que te entrego. Cada año un puñado de almas podridas, como un montón de mazorcas popoyotas…” (p. 15).

UN ACERCAMIENTO A LA LUZ

Un episodio casual hace que el señor Cura se aproxime a la luz de la verdad. Desde la primera página de La Feria se nos da a conocer un problema que existe en Zapotlán: la injusticia cometida contra los índigenas tlayacanques, a quienes se les ha despojado de sus tierras, pisoteándoles sus derechos incuestionables y bien documentados. Empobrecidos por el despojo sufrido desde los tiempos de la colonia, viven sin voz ni voto, perdiendo los paupérrimos bienes que les quedan en inútiles pleitos judiciales, padeciendo el menosprecio con que los miran las llamadas “gentes de razón”.

El episodio a que quiero referirme es narrado por uno de los tlayacanques:

“–…Déjeme que me acuerde… sí, fue un año de mucha seca. Desesperados ya de que no lloviera, sacamos al Santo Patrono sin permiso de las autoridades. Ya saben, nosotros siempre hemos sido muy creyentes… Un coronel que era Jefe de Plaza nos llamó la atención porque estaba prohibido sacar al Santo. Pero nos dio a entender que podíamos hacerlo si pagábamos una multa, cada que quisiéramos. Fuimos con el señor Cura para que nos aconsejara, y entonces a él se le ocurrió que a nombre de nosotros le reclamáramos al Gobierno la casa del curato. Se había quedado con ella desde en tiempo de los cristeros, y primero fue cuartel y luego oficina de los agraristas. Antiguamente, antes que de la iglesia esa casa del curato fue de nosotros. Y así nos fuimos a decirlo a México con los papeles en la mano, porque todas las casas y capillas que teníamos, también nos las quitaron. Las vendió el municipio como si fueran suyas. Y un señor allá en México nos atendió muy bien. No nos devolvió el curato, pero viéndonos indios nos preguntó que si teníamos tierras. Le dijimos que no, que nos las habían quitado, y cómo y cuándo. Entonces él nos dijo: ‘Píquenle por allí’. Y nos dijo que el gobierno estaba haciendo justicia. Dejamos lo del curato por la paz y resucitamos el pleito de 1909. Ya ven ustedes, la ocurrencia fue del señor Cura, pero yo creo que fue más bien de Señor San José” (pp. 31-32).

Está visto que fue una mera casualidad lo que puso al señor Cura en contacto con los tlayacanques; más aún, es claro que él buscaba sus intereses. Pero esa casualidad lo llevó a una saludable  modificación de su postura: aún cuando el asunto del curato no se resolvió, él siguió apoyando la causa de los indígenas; se puso de parte de ellos, comenzó a darles ánimos y obtuvo que también otras personas influyentes se pusieran a favor de los tlayacanques.

La novela termina sin garantias de triunfo para la causa de los indígenas; antes bien, todo hace suponer que una vez más quedarán sumidos en la desilusión y en el despojo. La colaboración del Señor Cura ha sido ineficaz y tardía; sin embargo, su figura de sacerdote ha recuperado parte de su genuina dimensión  de servidor y aliado de los más indefensos. Como veremos en seguida, pagará en carne propia el precio de su repentina toma de conciencia.

LA CALUMNIADA COMPAÑÍA DE JESÚS

Los tradicionales prejuicios contra la Compañía de Jesús hacen su aparición en La Feria dando lugar a una figura que es, indudablemente, la más desagradable de la obra: un padre jesuita por cuya acción intrigante es removido de Zapotlán el anciano señor Cura. La Compañía de Jesús, tantas veces agredida, a lo largo de la historia, recibe una estocada más por parte de Arreola; escotada venenosa, con el filo de la ironía. Leamos este párrafo:

“–Estábamos fritos, o como decía mi abuelo, peidos de la caifasa. Ya tenemos dos alcancías para llenar en este año. Estoy de acuerdo con la primera, que es un puerquito de barro que nos trajo el Jefe de Manzana: ‘Llénenlo aunque sea de puros centavos de cobre, es para la Función de Señor San José’. Pero ahora nos mandaron los jesuitas una cajita de madera que es para la reconstrucción del Seminario nuevo: ‘…de donde habrán de salir los sacerdotes que tanta falta nos hacen y que son el cuerpo vivo de la Iglesia…’ Yo le dije a mi mujer que no más le echara dinero al puerquito, al fin que es para la feria y todos la vamos a disfrutar. En la cajita de madera les voy a poner un recado a los jesuitas diciéndoles que se la llenen los ricos, al fin que ellos son los que más bien se llevan con el cuerpo vivo de la Iglesia…” (pp. 72-73).

¿Cuáles son los manejes del jesuita para provocar el retiro del señor Cura? No podía ser más breve y eficaz la forma como Arreola nos informa de esto: se limita a intercalar, como otros tantos fragmentos de la novela, unas pocas cartas que el religioso dirige presumiblemente a sus superiores, con una acusación cada vez más precisa contra el señor Cura, a quien acaban por tachar de locura senil, recomendando se provea secretamente para que lo retiren de Zapotlán. El estilo de esas cartas destila hipocresía y maldad refinada, dejando entrever el móvil de la envidia y el interés, fundamentalmente con el temor de que se altere un orden constituido. El lector puede certificarlo en las páginas 149-150; 155-156 y 169-171.

LO QUE SE QUEDA EN EL TINTERO

Es inevitable que se quede en el tintero una buena parte del material que ameritaría comentario. Concluyo con una somera relación de ese material, pues la simple enumeración de algunos detalles ayuda a que se comprenda mejor lo que este libro –o mejor dicho su autor– reprueba de los eclesiásticos: los abusos que se comenten al amparo de la profesión clerical (cfr. p. 29); lo pomposo de las ceremonias religiosas, en escandaloso contraste con la condición de los pobres (cfr. pp. 188 y 192); la postura política más en la defensa de los bienes materiales que de la libertad religiosa (cfr. p. 25); la oscura administración de las limosnas, origen de prejuicios (cfr. p. 172); el trato privilegiado para con los creyentes ricos (cfr. pp. 49, 52 y 197); el temor de lastimar la sensibilidad de los influyentes o adinerados (cfr. p. 190). Y todo lo que se deriva de los detalles enumerados; insensibilidad ante el deber de la justicia social; conservación de una religiosidad aparente sin una tarea de cristianización integral; conformismo; interés material; desunión e ignorancia.

Este profuso elenco podría llevar a la conclusión de que aquí a los sacerdotes “les va como en feria”, según una frase muy popular. La verdad es que no todo son vituperios para la profesión sacerdotal. Los detalles elogiosos también son abundantes, y todo deja entender que hay por parte de Arreola una sustancial estima de la genuina misión del sacerdote. De quien mucho se espera, mucho se critica.

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Nota: Las citas empleadas en este capítulo están tomadas de: Arreola, Juan José: La feria, F.C.E., México, 1975.

Published in: on 20 mayo, 2010 at 2:10  Dejar un comentario  

LOS ECLESIÁSTICOS EN “EL PERIQUILLO SARNIENTO” DE JOSÉ JOAQUÍN FERNÁNDEZ DE LIZARDI (“El Pensador Mexicano”)

En esta bulliciosa galería de tipos y circunstancias que es El Periquillo Sarniento –comienzo de la novela hispanamericana–, no podían faltar episodios en que los eclesiásticos ocuparan el lugar principal. Repasándolos, nos damos cuenta de la altísima estima con que Fernández de Lizardi, “el Pensador Mexicano”, miraba la misión del sacerdote. Por el mismo motivo emplea colores violentos cuando pinta la conducta de ministros tibios o relajados. A éstos no les agradará la novela, como tampoco a los médicos y abogados chapuceros, a los agentes ladrones, a los comerciantes usureros, a los padres de familia indolentes, y a toda clase de pillos cuyas culpas quedan al descubierto en El Periquillo Sarniento. Así lo dice el autor en el primer capítulo de su obra, y repite la advertencia al comenzar la segunda parte de misma.

I. SU DEFINICIÓN DEL SACERDOCIO

Si todavía hay quien catalogue a Fernández de Lizardi como anticlerical empedernido, lea esta definición que da del sacerdote, poniéndola en boca de don Manuel Sarmiento, padre del Periquillo:

“¿Tú sabes qué cosa es y debe ser un sacerdote? Seguramente que no. Pues oye: un sacerdote es un sabio de la ley, un doctor de la fe, la sal de la tierra y la luz del mundo… cuando vemos tantos sacerdotes sabios y virtuosos que ya viejos, enfermos y cansados, con las cabezas trémulas y blancas, en fuerza de la edad y del estudio, aún no dejan los libros de las manos; aún no comprenden bastante los arcanos de la teología; aún se oscurecen a su penetración muchos lugares de la sagrada Biblia; aún se confiesan siempre discípulos de los santos padres y doctores de la Iglesia, y se conocen indignos del sagrado carácter que los condecora, ¿qué juicio haremos de la dignidad del sacerdocio? ¿Y cómo nos convenceremos del gran fondo de santidad y sabiduría que requiere un estado tan sublime en los que sean sus individuos?” (p. 71).

Periquillo, entre las innumerables locuras de su vida, tuvo también la de intentar hacerse clérigo, “para tener dinero sin trabajar” (p. 73). Fallado este intento, probó la vida conventual, pensando –el incauto– que con hacerse fraile escaparía de las fatigas de quienes siguen un oficio manual, y desoyendo las graves observaciones de su padre:

“El mundo quiere que los que siguen la virtud sean muy perfectos; nada les dispensa, todo les nota, les advierte y moteja con el mayor escrúpulo, y de aquí es que los mundanos fácilmente disculpan los vicios más groseros de los otros mundanos; pero se escandalizan grandemente si advierten algunos en éste o el otro religioso o alma dedicada a la virtud” (p. 83).

Muy pronto se arrepintió Periquillo de aquella resolución desafortunada de hacerse fraile; resolución que no lo hizo feliz ni un solo día de los que pasó en el convento, donde –dice– “tomé el hábito, pero no me desnudé de mis malas cualidades; yo me vi vestido de religioso y mezclado con ellos, pero no sentí en mi interior la más mínima mutación: me quedé tan malo como siempre, y entonces experimenté por mi mismo que el hábito no hace al monje” (p. 88).

II. LO QUE “EL PENSADOR MEXICANO” RECLAMA DEL SACERDOTE

De los párrafos anteriores ya pueden deducirse las exigencias que Fernández de Lizardi pone a quienes siguen el camino del sacerdocio. Tres parecen ser las cualidades que mayormente reclama en los ministros de la Iglesia: que tengan vocación, que sean instruidos y que sobresalgan en caridad.

a) Que tengan vocación

El personaje que se menciona como “el trapiento”, le confía a Periquillo: “Mi hermano Antonio, como que entró en la Iglesia sin vocación, sino en fuerza de los empujones de mi padre, ha salido un clérigo tonto, relajado y escandaloso, que ha dado harto quehacer a su prelado” (p. 270).

Un asunto que Fernández de Lizardi juzga esencial en la realización de la persona es la vocación, y más en el caso de los sacerdotes y religiosos, por tratarse de vocaciones especialísimas. El hecho de que muchos sigan estos caminos sin verdadera vocación, “el Pensador Mexicano” lo cataloga entre las causas primordiales del relajamiento en los eclesiásticos: no sintiéndose felices en el género de vida que están siguiendo, se inclinan a buscar una compensación en las satisfacciones y vanidades del mundo.

Es chusco el episodio narrado en el capítulo X de la segunda parte de la obra: se está celebrando un baile para festejar el primer matrimonio de Pedro Sarmiento; dos caballeros que parecen muy decentes discuten a causa de una dama, y de las palabras pasan a los hechos. En aquel lance bochornoso, uno de los contendientes coge a su adversario por el pelo y, con escándalo de todos los comensales, se descubre que es peluca con la cual disimula su condición de religioso. “Y el contrincante apareció secular en todo el traje, y sólo fraile en el cerquillo”, es decir, en la coronilla rapada. “El religioso hubiera querido ser hormiga para esconderse debajo de la alfombra” (p. 289).

Otro religioso, pariente de la esposa y que participaba en la fiesta con mucha compostura, sin disimular su condición de fraile, reprende severamente al religioso anónimo echándole en cara su relajamiento y el mal que de eso se deriva para la religión y para la Iglesia en general. Valdría la pena leer por entero las observaciones, de absoluta actualidad si se quisieran tomar como norma para aquellas circunstancias en que los eclesiásticos se ven obligados a participar en festejos laicos. Los dos párrafos que siguen son un ejemplo:

“No soy tan rigorista que tenga por crimen todo género de concurrencia pública con los seglares. No señor; la profesión religiosa no nos prohíbe la civilización que le es tan natural y decente a todo hombre; antes muchas ocasiones debemos prestarnos a las más festivas concurrencias, si no queremos cargar con las notas de impolíticos y cerriles. Tales son, por ejemplo, la bendición de una casa o hacienda, el parabién de un empleo o la asistencia a su posesión, una cantamisa, un bautismo, un casamiento y otras funciones semejantes.

“En una palabra, en mi concepto no es lo malo que tal cual vez asista un religioso a estos actos, sino que sea frecuente en ellos, y que no asista como quien es, sino como un secular escandaloso” (p. 270).

La carencia de vocación, así como conduce a una vida relajada, es fuente de insatisfacción y continuas amarguras; la verdadera vocación, en cambio, general felicidad y hace  llevaderas  las  fatigas.   “Así discurría yo –dice el Periquillo metido a fraile– mientras subía agua y regaba los tránsitos con la pichancha, siempre triste y cabizbajo, pero admirándome de ver lo alegres que barrían los otros dos frailecitos mis compañeros, que eran tanto o más jóvenes que yo; ya se ve, eran unos virtuosos, y habían entrado allí con verdadera, vocación, y no por excusarse de trabajar, para holgarse como yo” (p. 90).

“Cuidado, hijos míos, –concluye el personaje– cuidado con errar la vocación, sea cual fuere, cuidado con entrar en un estado sin consultar más que con vuestro amor propio, y cuidado por fin, con echaros cargas encima que no podéis tolerar, porque pereceréis debajo de ellas” (p. 89).

b) Que sean instruidos

Cuando Periquillo, mal aconsejado, pretende hacerse clérigo, cándidamente le confiesa a su padre que se conformará con estudiar un poco de moral, “pues me dicen que para ser vicario o cuando más un triste cura, con eso sobra” (p. 70). Recibe como respuesta una seria reprimenda:

“¡Vea usted! Esas opiniones erróneas son las que pervierten a los muchachos. Así pierden el amor a las ciencias, así se extravían y se abandonan, así se empapan en unas ideas las más mezquinas y abrazan la carrera eclesiástica, porque les parece la más fácil de aprender, la más socorrida y la que necesita menos ciencia.

“En efecto, hijo, yo conozco varios vicarios imbuidos en la detestable máxima que te han inspirado de que no es menester saber mucho para ser sacerdotes, y he visto, por desgracia, que algunos han soltado el acocote para tomar el cáliz, o se han desnudado la pechera de arrieros para vestirse la casulla, se han echado con las petacas y se han metido a lo que no eran llamados; pero no creas tú, Pedro, que una mal mascada gramática y una  mal digerida moral bastan, como piensas, para ser buenos sacerdotes y ejercer dignamente el terrible cargo de cura de almas” (p. 70).

Y termina don Manuel Sarmiento con una cátedra sobre la instrucción que debe tener un sacerdote para cumplir con su ministerio ordinario, para dirigir las conciencias, para guiar a las almas deseosas de mayor perfección, para resolver los más diversos casos, etc. “Aún hay más. Ya te dije que los sacerdotes son los maestros de la ley. A ellos toca privativamente la explicación del dogma y la interpretación de las Sagradas Escrituras. Ellos deben estar muy bien instruidos en la revelación y tradición en que se funda nuestra fe, y ellos en fin, deben saber sostener a la faz del mundo lo sólido e incontrastable de nuestra santa religión y creencia” (p. 74).

“De todo lo dicho –puntualiza el padre de Periquillo– debes concluir, Pedro mío, que para ser un digno sacerdote no sobra con saber lo muy preciso; es necesario imbuirse y empaparse en la sólida teología, y en las reglas o leyes eclesiásticas, que son los cánones de la Iglesia” (p. 74).

En diversos pasajes de su obra, menciona Lizardi fatales consecuencias que se derivan de un clero impreparado: “Te decía, Pedro, que los pueblos padecen mucho cuando sus curas y vicarios son ignorantes o inmorales, porque jamás las ovejas estarán seguras ni bien cuidadas en poder de unos pastores necios o desidiosos; y todo esto te lo he dicho para probarte que la sabiduría nunca sobra en un sacerdote, y más si está encargado del cuidado de los pueblos” (p. 73).

Ciertamente, “el Pensador Mexicano”, perspicaz como era y preocupado por el bienestar de la nación, consideraba fundamental para el progreso de México que los ministros de la Iglesia fueran gente muy preparada, y en esto coincide con muchos otros autores injustamente acusados de radical anticlericalismo.

No faltan en El Periquillo Sarniento figuras sacerdotales que sobresalen por su erudición, que aparecen como buenos consejeros, como mediadores excelentes; en breve, como personas prudentes, generosas y fieles a su ministerio. Un caso sería el de aquel sacerdote que reprende a un maestro ignorante y lo lleva a la resolución de no continuar con un oficio para el que no esta preparado (cfr. p. 22). Otro caso sería el de ese religioso por cuyas instancias Periquillo logra verse libre de un profesor agrio y carente de pedagogía (cfr. pp 23ss). Más clara es la figura del padre vicario de Tlalnepantla, que corrige la petulancia de Periquillo cuando éste despotrica al hablar de cometas; la corrección es enérgica y suave al mismo tiempo, sin afán de humillar al ignorante. El carácter afable de este vicario conquista el ánimo de Pedro, que encuentra en él una útil y grata compañía.

También el señor cura de Tula da muestras de buena cultura; es él quien pone al descubierto la ignorancia de Periquillo que llega a ese poblado fingiéndose médico. Si en el caso de arriba mencionado se establece una sincera amistad entre el sacerdote y Pedro, aquí no hay sino rivalidad y acritud, pues el cura de Tula aunque muy intruido, no tiene el carácter amable del vicario de Tlalnepantla, y hace todo lo posible por humillar a Periquillo, no sin recibir el contragolpe de algunas puyas irónicas como esta: “señor cura, usted dispense, que si erré fue por inadvertencia y no por impolítica, pues debía saber que ustedes los señores curas y sacerdotes siempre tienen razón en lo que dicen y no se les puede disputar; y así lo mejor es callar y no ponerse con Sansón a las patadas” (p. 258).

c) Que tengan caridad

En diversas ocasiones reprueba Fernández de Lizardi la codicia y tacañería que se da en algunos ministros de la Iglesia, y expresamente la señala como lo más contrario al carácter sacerdotal, en que debe campear un amor desinteresado y generoso.

Para pintar con toda su fealdad los extermos a que puede llegar un eclesiástico codicioso, “el Pensador Mexicano” crea un personaje –el cura de Tixtla–, en que se ve a las claras que ni la instrucción ni las buenas maneras ni el aparente celo son virtudes suficientes cuando al sacerdote le falta el necesario desinterés.

“Él era bastantemente instruido, doctor en cánones, nada escandaloso y demasiado atento; mas estas prendas se deslucían con su sórdido interés y declarada codicia. Ya se deja entender que no tenía caridad, y se sabe que donde falta este sólido cimiento no puede fabricarse el hermoso edificio de las virtudes.

“Así sucedía con nuestro cura. Era muy enérgico en el púlpito, puntual en su ministerio, dulce en su conversación, afable en su trato, obsequioso en su casa, modesto en la calle, y hubiera sido un párroco excelente, si no se hubiera conocido la moneda en el mundo; mas ésta era la piedra de toque que descubría el falso oro de sus virtudes morales y políticas” (p. 316).

Su dureza y falta de caridad queda más en evidencia cuando se niega a darle sepultura a un pobre, porque la miserable viuda no tiene el dinero suficiente para cubrir los derechos. La impresión negativa que suscita esta figura de mal sacerdote quedaría demasiado grabada si Fernández de Lizardi no presentara, en contrapunto, otra figura sacerdotal, –la del cura de Chilapa–, que es modelo de caridad, genuina imagen de Cristo. Este buen sacerdote no sólo ayuda con generosidad a la infeliz doliente, sino que lo hace de manera discreta, encomendándole no revelar quién ha sido su benefactor.

Para una cabal comprensión de cuanto “el Pensador Mexicano” quiere indicar con este episodio, habría que leer íntegramente el capítulo XIII de la segunda parte de El Periquillo Sarniento.

III. EL PADRE MARTÍN PELAYO

Una mención aparte la merece Martín Pelayo, personaje original cuyo caso está bien expuesto literariamente; es interesante también porque  es un buen ejemplo de lo que podríamos llamar “trabajo de la Gracia” en la persona humana.

El caso es que Martín Pelayo, al comienzo de la novela, aparece como un vividor no menos pícaro que Periquillo: estudiando “para padre” sin sentir esa vocación, y más bien con intenciones de vivir holgadamente (de hecho se comporta como un vago: jugador, enamoradizo, flojo, bailador y malicioso); pero ese mismo Martín Pelayo –que había sido también el  pésimo consejero que sugirió a Pedro intentar la vida eclesiástica para que holgazaneara sin riesgos–,  a mitad de la novela, cuando ya lo encontramos dotado de ministerios, ha cambiado tanto que sus antiguos compañeros de correrías casi lo desconocen.  “Cuál fue nuestra sorpresa –dice Periquillo–,  cuando creyendo encontrar al Martín antiguo encontramos un Martín nuevo, y en todo diferente del que conocíamos, pues aquél era un joven tan perdulario como nosotros, y éste era un cleriguito ya muy formal, virtuoso y asentado” (p. 140).

La sorpresa mayor queda reservada para el final de la novela, en la última parte de la agitada existencia de nuestro pícaro mexicano: después de mil trapacerías, penurias, viajes, burlas, riñas, apresamientos, cambios de oficio, etc., tiene la suerte de pasar junto al templo de La Profesa, en la ciudad de México, y se resuelve a entrar; los argumentos que está exponiendo predicador, y más todavía el celo sacerdotal que manifiesta, preparan la conversión de Periquillo. Tras hacer una sincera confesión de todas sus culpas, reconoce en aquél fervoroso sacerdote nada menos que a Martín Pelayo, quien desde ese momento será su magnánimo benefactor hasta el término de sus días.

Ningún residuo persistía, en el buen sacerdote, de aquél Martín Pelayo al que habíamos encontrado joven cuando era un truhán y perdulario, incapaz de comprender siquiera la dignidad del sacerdocio. Algo debió existir que le abrió las ventanas del alma e hizo que penetrara en ella el torrente de las divinas misericordias. No lo dice asi Fernandez de Lizardi, pero lo deja entender, y más que entregarnos un personaje inverosimil, nos proporciona elementos suficientes para que vislumbremos el dinamismo de la acción divina en quienes corresponden a ella.

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Nota: La primera edición de El Periquilo Sarmiento apareció en México en 1816. Para las citas que incluyo en este artículo, empleo la 13a. Edición, hecha por la Editorial Porrúa, en la colección “Sepan cuántos…”, México, 1970.

Published in: on 17 mayo, 2010 at 2:08  Comments (1)  
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